
Contra todos los pronósticos y las viejas estructuras políticas colombianas, Abelardo de la Espriella logró lo que parecía imposible: convertirse en el primer outsider que alcanza una segunda vuelta presidencial sin el respaldo de las maquinarias tradicionales que durante décadas controlaron el poder en Colombia. La proeza no se ve reflejada únicamente en haber alcanzado esa instancia decisiva, sino en la manera como lo hizo, al obtener una votación histórica de más de diez millones de votos, una cifra jamás alcanzada en una primera vuelta presidencial por un candidato.
Frente a él se encuentra Iván Cepeda, candidato del petrismo y representante de la izquierda marxista radical adscrita al nefando proyecto continental del socialismo del siglo XXI, que hoy opera en el llamado Grupo de Puebla.
Desde 1994, cuando se estrenó el modelo del ballotage, solamente Álvaro Uribe logró ganar en primera vuelta en 2002 y 2006, cuando obtuvo más de la mitad de los votos. En todos los demás casos, la disputa presidencial terminó resolviéndose en la segunda vuelta.
El pasado 31 de mayo, Abelardo de la Espriella obtuvo el 43,7% de los votos frente al 41% alcanzado por Iván Cepeda. El resultado fue amplio, claro y transparente. Todas las misiones internacionales de observación electoral desplegadas en Colombia, incluyendo la OEA, la Unión Europea y organismos estadounidenses de verificación, coincidieron en señalar la limpieza y legitimidad de las elecciones.
Sin embargo, apenas dos horas después del cierre de las urnas, Gustavo Petro reaccionó desconociendo el veredicto, sin presentar una sola prueba, sin evidencia técnica y sin sustento verificable, sembró dudas sobre el censo electoral insinuando un supuesto fraude.
La abusiva intervención de Petro no sorprendió a quienes conocen el modus operandi de los regímenes vinculados al bolivarianismo. La experiencia iberoamericana demuestra que muchos de esos proyectos llegan legítimamente al gobierno, a través de elecciones democráticas, para luego iniciar un progresivo proceso de captura institucional destinado a perpetuarse indefinidamente.
El caso venezolano resulta el ejemplo más evidente. Hugo Chávez alcanzó la presidencia de Venezuela mediante elecciones aparentemente normales a finales de los años noventa. Posteriormente fue colonizando tribunales, organismos electorales, instituciones y estructuras burocráticas hasta convertir las elecciones en simples liturgias formales. Cuando el pueblo venezolano votó mayoritariamente contra el régimen, este desconoció o distorsionó sistemáticamente la voluntad popular para consolidar ilegítimamente su hegemonía.
Enseña la historia que las democracias rara vez mueren de manera abrupta. Normalmente se degradan lentamente mientras todavía sobreviven los rituales electorales.
Por eso no es sorprendente la reacción de Petro y Cepeda frente a la victoria de Abelardo de la Espriella. Si el sistema electoral es legítimo cuando se gana, también es legítimo cuando se pierde. Por cierto, Petro alcanzó la presidencia bajo el mismo sistema que está operando actualmente en Colombia, y que él ahora cuestiona.
No está de más refrescar la memoria. Estas elecciones han estado marcadas por la sangre y la violencia. En agosto del año pasado fue asesinado Miguel Uribe Turbay, quien según las proyecciones demoscópicas aparecía como el candidato con mayores probabilidades de alcanzar la presidencia de la República.
A partir de la muerte de Uribe Turbay, el crecimiento de Abelardo de la Espriella fue vertiginoso. Millones de colombianos comenzaron a verlo como el líder llamado a impedir que Colombia termine absorbida por la maquinaria narcobolivariana que devora libertades, instituciones, economías, propiedad privada y hasta la propia fe de los pueblos en el futuro.
La campaña de Abelardo logró interpretar el cansancio de un país agotado por la inseguridad, la destrucción republicana, la lucha de clases estimulada por Petro y la corrupción de una vieja clase política cuya indolencia terminó facilitando la llegada del socialcomunismo al poder.
Hacía muchos años —quizás desde los tiempos de Uribe— que Colombia no veía un candidato capaz de despertar el entusiasmo popular. Una esperanza que convive con el miedo. La vida de De la Espriella corre peligro. Los colombianos han tenido que ver a un candidato presidencial realizando manifestaciones públicas detrás de cristales blindados debido a las amenazas permanentes contra su integridad física.
Y ahora comienza la segunda vuelta en medio de una tensión mucho más peligrosa.
Las encuestas muestran hoy una ventaja favorable para Abelardo. Pero faltan todavía tres semanas que estarán marcadas por una campaña ferozmente agresiva. La actitud asumida por Petro y Cepeda, después de la primera vuelta, deja en evidencia que el régimen no parece dispuesto a aceptar dócilmente un resultado adverso ni una transición pacífica del poder.
Por eso la elección del 21 de junio trasciende ampliamente una disputa electoral ordinaria. Los colombianos no solamente decidirán quién ocupará la presidencia. Están eligiendo entre dos modelos completamente incompatibles. Entre la libertad y la tiranía. Entre la democracia liberal y el autoritarismo comunista. Entre la libre empresa y la economía estatizada. Entre la prosperidad y la miseria. Es una elección radicalmente polarizada donde no hay espacio para los grises.
No es exagerado afirmar que, en un escenario en el que Cepeda se imponga, estas serían las últimas elecciones libres que se registren en Colombia.
