
El saludo nazi era una costumbre interna del partido hasta la victoria electoral de 1933. Nada más llegar al poder, los nazis obligaron a los funcionarios a emplearlo y de ahí se fue expandiendo como una mancha de aceite hasta ahogar a las formas de saludo tradicionales, que no regresaron hasta doce años después, aunque pervivían en ambientes más íntimos. Ya fuera por convencimiento o por miedo a ser señalado por un gobierno y una sociedad cada vez más totalitarios, los alemanes sustituyeron el saludo por una consigna política de sumisión al dictador.
El mismo mecanismo funciona hoy en todo Occidente. Al igual que hace una década en Estados Unidos era obligado arrodillarse y decir que las vidas negras importan, ahora hay que decir "Palestina libre" apretando muy fuerte los puñitos y clamar contra Israel, el sionismo y los judíos. Pero así como Black Lives Matter, salvo algunos gestos ridículos, pasó sin pena ni gloria por España porque, para qué engañarnos, aquí muchos negros no tenemos, el "Palestina libre del río hasta el mar" ha arrasado.
No obstante, la mecánica de estas campañas totalitarias es siempre la misma. Se coloca la opinión contraria fuera del discurso admisible bajo amables epítetos como "racista" o "genocida" y se declara fuera del ámbito legítimo de la libertad de expresión. Se niega incluso el derecho a permanecer en silencio, porque el tribunal del odio nunca ha respetado ni respetará a quienes no declaran públicamente su apoyo a la cruzada actual. No posicionarse es complicidad con el mal, siempre. Como le ha pasado a Ed Sheeran, a quien su empeño en dedicarse sólo a la música le ha convertido en diana de la izquierda internacional, afectando incluso a sus amistades y parte de su familia, que por supuesto han colocado la pertenencia a la tribu muy por encima de Sheeran.
Si además tienes la mala pata de ser judío, vaya por Dios, tendrás la obligación de declarar tu odio a Israel con mucho más ahínco y determinación, porque siendo judío ya eres culpable de un pecado original casi imposible de lavar. Como le ha sucedido a Ariana Harwick, a quien un montón de literatos mediocres han convertido en paria por atreverse a decir algunas verdades evidentes, como que en Gaza no hay ni ha habido genocidio. Porque eso sólo lo podemos hacer quienes estamos ya proscritos. Aquellos que viven en las instituciones antaño comunes de la sociedad no pueden ni siquiera refugiarse en el silencio sin verse atacados, acosados y cancelados; la condena al ostracismo es la moneda con que se paga a quienes no se suman a la turba de la soga y la antorcha.
"Palestina libre" es el nuevo eslogan político y sectario con el que hay que estar de acuerdo sí o sí. Pero pasará. Porque para la izquierda lo importante no es nunca ninguna de sus campañas, sino lo que llama revolución, que no es más que la destrucción de todo lo que es bueno y justo. Así que pasará de moda, sustituida por la nueva causa oficial, como ha pasado con todas las demás. Creadas por la repetición goebbelsiana en los medios, acaban muriendo por ausencia de combustible en la pira, sustituidas por la última mentira repetida mil veces. Quizá esté agonizando ya, al menos en España, reemplazada por el afán de destruir la propiedad privada de la vivienda. Cada pocos años nace un nuevo Heil Hitler, un eslogan de obligatoria repetición para que te inviten a los mejores festivales de censuras progres. Siempre parece distinto, pero siempre es igual.