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Japón y Reino Unido: las dos bombas de relojería en las economías desarrolladas

Japón y Reino Unido enfrentan alta presión de mercados por su deuda y políticas fiscales, buscando equilibrio entre gasto y credibilidad.

Japón y Reino Unido enfrentan alta presión de mercados por su deuda y políticas fiscales, buscando equilibrio entre gasto y credibilidad.
Londres Horizonte de la ciudad de Londres Distrito financiero Rascacielos Río Támesis Ciudad de Londres Reino Unido GB Europa - ID de la imagen: F5G5MT (RM) | Alamy

Los presupuestos de Japón y del Reino Unido han llegado este otoño en un momento de máxima sensibilidad financiera: un entorno global de tipos de interés bajos pero con niveles de endeudamiento elevados, curvas soberanas altamente volátiles y mercados especialmente atentos a los equilibrios fiscales tras años de estímulos extraordinarios. Aunque las trayectorias de ambos países son muy distintas, las reacciones de los inversores comparten un hilo conductor: el escrutinio cada vez mayor sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas y la necesaria coherencia entre la política fiscal y la monetaria.

En el caso de Japón, el Gobierno ha anunciado un amplio paquete de estímulos valorado en unos 21,3 billones de yenes en gasto directo, que asciende a cerca de 42 billones si se incluyen los efectos inducidos sobre el sector privado. Los objetivos son tradicionales en un contexto intervencionista: impulsar la transición energética y sostener la inversión empresarial en un contexto de inflación moderada y crecimiento frágil. Pero la magnitud del programa ha encendido las alertas en los mercados de bonos. Japón sigue teniendo la mayor deuda pública del mundo desarrollado, con niveles que superan ampliamente el 250% del PIB, y cada movimiento fiscal expansivo se interpreta a través de ese prisma.

Durante años, los inversores habían convivido con esta realidad gracias a una política monetaria que mantenía los rendimientos a raya. Pero en 2025 el Banco de Japón ha iniciado una normalización lenta y decidida por partes iguales: abandono del control de la curva, fin de los tipos negativos y fijación de un tipo de referencia en torno al 0,5%. Aunque sigue siendo extremadamente bajo comparado con otras economías avanzadas, el cambio ha permitido que las rentabilidades de los bonos japoneses respondan más libremente a la oferta y demanda.

El resultado es visible: la rentabilidad exigida a los bonos a 10 años ha subido hasta la zona de 1,8%, niveles no vistos desde el año 2007. Esa presión al alza se ha intensificado tras el anuncio del paquete fiscal, que implica un aumento adicional en la emisión de deuda. Y los inversores, acostumbrados a un mercado de bonos casi anestesiado por las compras del banco central, interpretan ahora cada publicación presupuestaria como una señal directa sobre el rumbo de la curva.

La presión también se ha trasladado al tipo de cambio. El yen se ha depreciado hasta niveles cercanos a 156 yenes por dólar, reflejo de la divergencia de tipos, del aumento de la oferta de bonos y de la debilidad estructural de la economía japonesa tras años de estímulos fiscales y monetarios. En este contexto, el Gobierno se enfrenta a un delicado equilibrio: sostener la actividad sin comprometer la credibilidad fiscal en un momento en que el banco central ya no actúa como comprador preferente.

El caso de Reino Unido

El panorama británico es distinto, pero la reacción de los mercados muestra un paralelismo interesante. El Presupuesto de Otoño 2025, presentado por el nuevo Gobierno británico, ha llegado tras meses de inestabilidad política. Sin embargo, la respuesta de los inversores ha sido sorprendentemente calmada. La rentabilidad de los bonos a 10 años, que cotizaban cerca del 4,5%, descendieron algunos puntos básicos tras la presentación del presupuesto, interpretando el paquete como fiscalmente responsable.

El Ejecutivo ha optado por aumentar el margen de maniobra fiscal que utiliza la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR) para valorar la sostenibilidad de las cuentas públicas. Según las cifras publicadas, este margen se situaría en torno a 22.000 millones de libras, ayudado por mayores ingresos tributarios previstos a medio plazo.

Esta buena reacción de los mercados, sin embargo, esconde una penalización estructural para la economía de Reino Unido. El presupuesto, además de renunciar a la revalorización de gravámenes en función de la inflación —deflactación—, incluye subidas de impuestos, como por ejemplo los impuestos sobre propiedades de alto valor, dividendos y ciertas actividades digitales. Además, se incrementan algunas partidas de gasto estructural, como son los incentivos a familias.

El movimiento era especialmente relevante porque Reino Unido vive aún bajo la sombra del episodio de septiembre de 2022, cuando la combinación de rebajas fiscales sin financiación y falta de credibilidad hundió la libra, disparó los rendimientos y obligó al Banco de Inglaterra a intervenir de emergencia. Desde entonces, cualquier desajuste fiscal se interpreta con sensibilidad. En esta ocasión, sin embargo, la libra se movió con estabilidad —cotizando alrededor de 1,32–1,33 dólares— y los inversores consideraron que el Gobierno había evitado errores de comunicación y diseño.

Un elemento clave en ambos países es la interacción con la política monetaria. En Reino Unido, el Banco de Inglaterra mantiene los tipos de interés en el 4%, con un comité dividido entre partidarios de empezar los recortes y quienes prefieren mantener los tipos en terreno restrictivo mientras la inflación no consolide su caída. Esa división introduce un componente adicional de incertidumbre, pero también transmite estabilidad: los mercados no esperan giros bruscos y consideran que la senda de tipos será relativamente predecible.

La pregunta central para ambos gobiernos es hasta qué punto pueden resistir la presión simultánea de mercados que demandan coherencia fiscal y bancos centrales que, por razones distintas, están limitando su capacidad de absorber deuda. Japón encara un desafío estructural: su política fiscal expansiva choca con una normalización monetaria tardía, pero inevitable. Reino Unido, por su parte, trata de reconstruir credibilidad fiscal en un entorno de bajo crecimiento y alta sensibilidad política.

Estos dos casos contrastan notablemente con lo que está ocurriendo en economías con monedas más sólidas, como es el caso de Estados Unidos, Francia o Alemania. Evidentemente, la capacidad de los mercados para evaluar los presupuestos es mucho más limitada en estos casos, pues sus monedas son las más usadas del planeta y, por lo tanto, en principio, más estables. Ahora bien, la tensión sobre las finanzas públicas derivadas del elevado apalancamiento suponen un riesgo estructural que debemos tener en cuenta y que se puede agudizar en cualquier momento ante una pérdida de confianza de los mercados. En el caso de Europa, además, se producirá un efecto dominó claro: En cuanto se produzca un episodio de tensión en cualquiera de las grandes economías, el resto también lo sufrirá de forma casi automática. Es cierto que somos una de las zonas económicas más estables desde el punto de vista monetario, pero eso también implica que si se quiebra la confianza en un eslabón de la cadena, el efecto dominó arrastrará al resto.

De ahí que Francia, Alemania o Italia estén cuidando mucho sus presupuestos, y que economías que conocen lo que son las tensiones financieras y la dificultad de financiación en los mercados —como es el caso de Grecia o Irlanda—, hayan enviado a Bruselas unas estimaciones presupuestarias que incluyen superávit desde este mismo año hasta 2027.

La estabilidad en los mercados financieros no es una cuestión baladí. Países como Japón o Reino Unido lo sufren cada año. Pero todos deben actuar de forma responsable, o la estabilidad financiera estructural quedará puesta en entredicho.

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