España se desliza peligrosamente por una pendiente de ingeniería social donde el esfuerzo individual ha dejado de ser el motor del progreso para ser sustituido por la tutela asfixiante del Estado. Los datos recientes no solo son alarmantes; son la radiografía de un sistema que está canibalizando al sector privado —el único capaz de generar riqueza real— para alimentar una estructura clientelar de dimensiones insostenibles.
La realidad es demoledora: más de 3,2 millones de personas dependen ya de prestaciones no contributivas. Hemos normalizado que una parte ingente de la población viva del esfuerzo ajeno, desincentivando la búsqueda de empleo y rompiendo el contrato moral basado en el mérito. Este asistencialismo crónico no es una red de seguridad, sino una trampa de pobreza que condena a millones a la dependencia del boletín oficial.
La distorsión del mercado laboral alcanza niveles surrealistas al observar que, en diez provincias españolas, ya hay más personas cobrando el subsidio por desempleo que parados registrados. Este desfase estadístico y económico es el síntoma de un sistema de protección que ha perdido el norte, donde la maraña de ayudas se solapa hasta el punto de hacer más rentable la inactividad que la aceptación de un puesto de trabajo.
Mientras tanto, la brecha entre quienes pagan la fiesta y quienes la gestionan se ensancha. Los empleados públicos perciben hoy, de media, un 25% más que los trabajadores del sector privado. Estamos ante una aristocracia burocrática blindada frente a las crisis que asfixian a autónomos y asalariados. El Estado no solo gasta más de lo que tiene, sino que paga mejor, drenando el talento y los recursos de las empresas para engrosar una administración cada vez más hipertrofiada.
Para colmo, la propaganda gubernamental sobre la "resiliencia" del empleo se desmorona al analizar la letra pequeña: la creación de puestos de trabajo se sostiene artificialmente sobre el sector público —85.772 nuevos empleos públicos en el último recuento— mientras el paro juvenil sigue siendo una herida abierta. Se está maquillando el fracaso del modelo económico con cargo a la deuda y al contribuyente.
España está sustituyendo ciudadanos libres por súbditos subvencionados. Si no frenamos la expansión de este Leviatán que todo lo interviene y todo lo sufraga, terminaremos por agotar la última gota de dinamismo de nuestra sociedad. Un país donde ser dependiente es más sencillo que ser emprendedor es un país sin futuro. Es hora de recuperar la soberanía económica y exigir un Estado mínimo que deje de ser el obstáculo para el bienestar que dice defender.

