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Llega el tsunami de la IA y Díaz amenaza con multas de 250.000 euros por tener becarios: ¿qué podría salir mal?

El anuncio de la ministra coincide con las noticias sobre un desplome de las contrataciones entre jóvenes recién licenciados.

El anuncio de la ministra coincide con las noticias sobre un desplome de las contrataciones entre jóvenes recién licenciados.
La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, este jueves, en Madrid. | EFE

Les vuelvo a poner el ejemplo práctico de lo que está ocurriendo en sus profesiones. Si una persona está haciendo prácticas no laborales, no podría publicarse ninguna pieza o ninguna imagen gráfica en un medio televisivo o redes sociales. Esto no lo digo yo, lo dice el Tribunal Supremo. No puede haber ningún tipo de lucro o beneficio mercantil respecto de las prácticas no laborales en las empresas.

Lo que hacemos, que es la gran novedad, es que otorgamos un elenco de derechos a las personas en formación; y de deberes. Los más destacados: que puedan ser compensados por los gastos que irrogue esa práctica no laboral en las empresas. Además, la Inspección de Trabajo eleva las cuantías de las sanciones en caso de vulneraciones, que podrán superar los 250.000 euros. Y obviamente, lo que estamos fomentando con esos cambios en el mercado de trabajo es que después de esa práctica no laboral en las empresas, vamos a incentivar a las empresas para que contraten de manera indefinida a esas personas. Es la reforma laboral de la gente joven: lo están esperando.

Yolanda Díaz no es la más dotada para la palabra de nuestros políticos. Tampoco lo considero especialmente necesario. Puedes ser una excelente ministra y una pésima oradora. Pero hay días en los que está especialmente sembrada. La de este martes, por ejemplo, podría entrar en el top 5 de sus intervenciones. Unir en dos frases consecutivas una amenaza de multa de 250.000 euros con el deseo de que los empresarios utilicen los mecanismos a su disposición para contratar más becarios tiene mucho mérito.

En realidad, lo que anunciaba era el Estatuto de las Personas en Formación Práctica No Laboral: esa norma que asegura que "los jóvenes" están esperando desde hace años. Nada de lo que dijo debería pillar por sorpresa a nadie. Está plenamente alineado con el resto de lo aprobado desde su llegada al cargo: rigidez en las relaciones laborales, control sobre los empresarios y amenazas de sanción si se saltan cualquiera de las normas. Luego, eso sí, se extrañan de que los salarios medios no despeguen o de la cortísima duración media de los contratos indefinidos.

Tiene toda la pinta de que esto sí lograrán aprobarlo. Es una de esas situaciones en la que nuestros políticos deciden que van a legislar contra la "ley de la gravedad". Como si un discurso, un artículo o una nota de prensa pudiera hacer que el objeto dejara de caer hacia el suelo. No pueden. Tampoco en economía. Como dijo hace muchos años Eugen von Böhm-Bawerk: en la lucha entre el poder y la economía, al final siempre triunfa la economía.

Eso sí, por supuesto, que el resultado sea el previsible no evitará que se apruebe y siga vigente dentro de unas cuantas décadas.

Multas y contratos

Aunque nuestra ministra no nos crea. Lo que los empresarios sacaron en claro de su comparecencia puede quedar muy lejos de lo que ella creía que estaba tratando de explicar a los periodistas.

Lo primero, amenazar con una multa encarece la contratación de los becarios. Y lo hace para todos. Para los empresarios pirata (aunque Díaz piense lo contrario, una minoría pequeña y más bien residual en el mercado laboral español) y para los que cumplen la norma a rajatabla. Para los que piensen en hacer algo ilegal y para los que no. Porque la posibilidad de una sanción es también la posibilidad de un litigio, de un conflicto, de judicialización y de pérdida de reputación (imaginen el impacto en la imagen de una empresa de la que se conociera que tiene un juicio con sus becarios). Y por supuesto, los empresarios saben que la Jurisdicción de lo Social en España no es la más comprensiva con el día a día del negocio. Vamos, que incluso haciéndolo todo bien, pueden estar en un lío. Que es justo lo último que quieres cuando coges a un becario.

El incremento de costes no termina ahí. Además, la norma impone nuevas obligaciones a las empresas. Por ejemplo, ese tutor que debe velar por el bienestar del becario, obligaciones de registrar por escrito todos los detalles de la relación, un acuerdo o convenio firmado con el centro educativo… Especialmente en el caso de las PYME, una barrera que muchos pensarán que no merece la pena saltar.

Si esto del coste (directo o implícito) es obvio, lo de que el becario no pueda hacer nada que suponga un "lucro o beneficio" para la empresa es directamente absurdo, aunque lo diga el Tribunal Supremo. Entonces, ¿qué puede hacer? Todos los departamentos de una empresa (hasta los que se dediquen al ESG o los RRHH o los procesos administrativos) están ahí para generar beneficios. No todos facturan, pero todos sirven para que esa compañía tenga números negros (ese es, al menos, el objetivo). Intuyo que lo que el Supremo y Díaz nos dicen es que lo que no pueden hacer los becarios es aquello que implique cercanía al público, o participación en el proceso de producción-elaboración-venta. Pues les pondrán a poner cafés: ¿y eso sí nos parece bien? No se me ocurre un escenario peor. Si el becario es poco espabilado, te toca cumplir con la burocracia, te lo tienes que quedar hasta que termine el convenio y cuidadito con lo que le encargas, que te denuncia. Si el chico o chica es listo y quieres darle una oportunidad algo más compleja, te lo prohíben (o, como mínimo, te hacen dudar si puedes hacerlo).

Por supuesto, cuando digo que es el "peor escenario" posible no pienso en la empresa (que también), sino en el propio becario. No sé lo que pensarían mis compañeros periodistas que estaban en Moncloa el pasado martes y a los que interpelaba Díaz (y con razón desde su peculiar punto de vista: falsos becarios y falsos autónomos en los medios de comunicación, los hay a patadas). Pero yo, cuando estaba de becario en prácticas en mi primer empleo en El Mundo, lo que estaba deseando es que me tratasen exactamente como la ministra dice que está prohibido: como a cualquier otro redactor. Todavía recuerdo lo orgulloso que me sentí cuando publicaron mi primer artículo en el periódico. Es fácil imaginar que si no hubiera podido escribir aquella pieza, el perjudicado habría sido yo, no El Mundo (al periódico le habría importado entre poco y nada). Es más, todos los que hemos sido becarios sabemos que lo mejor que te puede pasar es que te vayan dando cuantas más responsabilidades sea posible: cuando se termine tu período de prácticas, será mucho más fácil que te hagan una oferta de contrato si has estado desarrollando (y haciéndolo bien, claro) tareas de cierta relevancia que si llevas por allí seis meses haciendo fotocopias.

Es como cuando se dice aquello de que el becario no puede sustituir un puesto de trabajo normal. Una de esas frases bienquedas que parte del desconocimiento absoluto del día a día de una empresa. No hay tareas ni puestos de trabajo de empleados y becarios. Lo que hay son necesidades que cubrir. Un empresario al que se le pone malo un trabajador (y en la España de Díaz, esto ocurre cada vez más) o que tiene que cumplir con un encargo importante de un cliente no piensa en el estatus laboral de cada cara a la que mira en la oficina, sino en si podrán sacar adelante el encargo.

La IA y las creencias absurdas

Al final, todo gira en torno a una creencia absurda, pero que contamina toda la legislación laboral de Díaz: el convencimiento de que el empresario puede hacer (casi) lo que quiera con sus trabajadores. Y que si comienza no pagándoles nada, seguirá así por tiempo indeterminado. O pagándoles la mitad de lo que se merecen. Salvo que haya una norma que lo impida.

Tiene razón la ministra en que los empresarios estarían encantados de pagar la mitad (o nada) a sus empleados, becarios y no becarios, mientras estos mantienen su producción actual. Igual que los consumidores estaríamos encantados de no pagar nada por los bienes que compramos. El problema es que no podemos, porque nadie trabaja ni vende gratis.

¿Cómo encaja esta afirmación con la evidencia de que decenas de miles de jóvenes se emplean cada año sin recibir un salario? Con la misma lógica con la que ayer mismo, una de las empresas más poderosas del mundo me envió un mail ofreciéndome tres meses gratis (bueno, en realidad, me cobraba un euro) por uno de sus servicios más valiosos y demandados. Lo que el becario hace durante sus prácticas es lo mismo que la panadería nueva del barrio que pone una bandeja de palmeras gratis para probar sobre el mostrador: demostrar que merece la pena pagar por él. De hecho, en el caso del becario esta demostración va unida a la compra implícita de unos servicios inestimables y que sólo una empresa puede ofrecerle: conocimientos del mercado laboral, contactos, construcción de las primeras etapas de un CV…

De hecho, si la ministra quiere buscar jóvenes vulnerables, le recomiendo que mire este fin de semana a algunas de las empresas más conocidas del país. Multinacionales como el Real Madrid, el Barcelona o el Atlético de Madrid tirarán de los servicios de unos cuantos cuasi-adolescentes (llamados Lamine, Arda o Pablo): jóvenes sin apenas cualificación formativa, algunos de ellos inmigrantes o hijos de inmigrantes, la mayoría provenientes de familias de bajos ingresos… En la visión de Díaz, estaríamos ante la receta perfecta para la explotación más descarnada y los sueldos más míseros. Pero todos sabemos que la realidad es muy distinta. Porque la clave no es ni la edad ni la formación del trabajador, sino su productividad y el valor para la empresa que le contrata. Algo que también saben bien los becarios: en los dos primeros meses eres un bulto sospechoso; luego, poco a poco, al menos consigues no molestar más de lo que aportas; y quizás, al final de la beca, incluso puede que hagas algo útil.

Pensaba en todo esto porque el anuncio de la ministra se ha cruzado en mi camino con decenas de artículos en la prensa económica anglosajona sobre el impacto de la IA en el empleo de los jóvenes. Antes del comienzo de la guerra en Irán, no había ningún tema del que se hablase tanto este año en las grandes cabeceras internacionales como de éste. Y el enfoque era más o menos siempre el mismo: el tsunami de la inteligencia artificial no va a acabar con el empleo, pero sí va a hacer que determinadas ocupaciones-puestos lo tengan mucho más complicado. ¿Cuáles? Pues en el primer lugar de la lista aparecen los licenciados juniors: nuevos contratados en las grandes empresas, la mayoría con títulos universitarios y que hasta ahora comenzaban su carrera con las tareas menos apetecibles. El aprendiz de toda la vida en versión consultoría del siglo XXI. Pues bien, este perfil es del que todo el mundo habla ahora mismo: porque está en riesgo y no dentro de diez años, sino ya.

Las contrataciones para este tipo de empleos se han hundido en EEUU o Reino Unido. Los sueldos también están bajando. Y las búsquedas de empleo se disparan; el otro día leía un artículo que decía que están empezando a aparecer servicios de pago que te buscan un trabajo: es decir, el que paga ahora a la agencia de empleo no es la empresa que tiene una vacante, sino el licenciado desesperado por encontrar algo. En España, justo en este momento, hemos decidido encarecer la contratación de becarios: ¿qué podría salir mal?

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