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De los bolcheviques al wokismo: así es cómo las revoluciones destruyen una sociedad

Pitirim Sorokin vivió la Revolución rusa y describió por qué el terror es inevitable cuando hay un afán de crear un hombre nuevo en un mundo nuevo.

De los bolcheviques al wokismo: así surgen (y arrasan con todo) las revoluciones

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Pitirim Sorokin vivió la Revolución rusa y describió por qué el terror es inevitable cuando hay un afán de crear un hombre nuevo en un mundo nuevo.
Libertad Digital

¿Pueden predecirse las revoluciones? ¿Qué tienen en común la Revolución francesa, la rusa y los procesos de ruptura que sacuden a las sociedades occidentales de hoy? ¿Por qué todas las revoluciones, sin excepción, acaban devorando a sus hijos? Pitrim Sorokin abordó estas cuestiones en su obra más importante, La sociología de las revoluciones, que acaba de reeditar Deusto en la colección Value School del Instituto Juan de Mariana. Y dejó un conjunto de lecciones que merece rescatar para entender cómo afectan en la actualidad a Occidente.

En Economía Para Quedarte Sin Amigos, contamos con Rubén Folguera, periodista de Libertad Digital, para analizar La sociología de las revoluciones, el clásico de Sorokin. Un libro que no ha perdido vigencia y que nos permite comprender cómo funcionan estos fenómenos tan nefastos.

Sorokin no fue un observador externo de las revoluciones. Participó activamente en el gobierno provisional de Kerensky y vivió en primera persona el proceso que describió con una lucidez inusual: la revolución no libera al ser humano, lo biologiza. En lugar de ampliar libertades, las destruye; y empeora la situación de las clases trabajadoras. Frente al gran mito de la fraternidad, la igualdad y el progreso que los revolucionarios siempre han vendido como promesa, la historia demuestra una y otra vez que lo que sigue a la ruptura es el terror, la tiranía y la demanda social de un cirujano de hierro que restaure el orden. Napoleón tras la Revolución francesa, Stalin tras la rusa. El patrón se repite, y la ambición de crear un hombre nuevo únicamente conduce a luchas contra el pasado, a través de la persecución a la religión, a las tradiciones y, en definitiva, a la historia.

Una de las tesis más relevantes del libro es que la civilización es, en esencia, represión: un conjunto de hábitos adquiridos, normas morales y lazos sociales que frenan los instintos primarios y hacen posible la convivencia. El proceso prerrevolucionario comienza, precisamente, por erosionar esos frenos: se cambia el lenguaje, se ridiculizan las costumbres, se cuestionan la familia, la propiedad y la religión como si fueran prejuicios burgueses.

La revolución en Occidente

La destrucción alcanza también al patrimonio estético: lo que tanto tiempo costó construir, como las catedrales, los monumentos o las obras de arte, puede ser arrasado en horas por la masa revolucionaria. Lo que Sorokin describe, además, para la Rusia de 1917 tiene un eco inquietante en muchos de los debates que protagonizan el espacio público occidental hoy.

Porque esa es quizás la idea más perturbadora que emerge, Occidente podría estar viviendo su propia revolución, solo que a cámara lenta. Sin guillotinas ni fusilamientos, pero con los mismos mecanismos de destrucción del tejido social, la misma inversión de valores, la misma tendencia a señalar colectivos enteros como culpables sin atender a la conducta individual. Lo que en Rusia ocurrió en dos años, aquí lleva medio siglo desarrollándose. Y precisamente por eso resulta más difícil de ver y más complicado de revertir.

Sorokin también identifica con precisión los perfiles que medran en ese caos. Tres tipos de líderes prosperan en las revoluciones: los sociópatas, que dominan la fase más violenta por su ausencia total de empatía; los militares profesionales, que imponen orden en la reacción; y los cínicos, los supervivientes al estilo de Fouché, capaces de adaptarse a cualquier circunstancia sin escrúpulos ni convicciones. La revolución borra la responsabilidad individual en un doble sentido perverso: el que actúa mal queda absuelto por sus circunstancias, mientras que el inocente puede ser condenado simplemente por pertenecer al colectivo equivocado.

Sorokin, fundador del Departamento de Sociología de Harvard y autor hoy injustamente olvidado, ofrece en La sociología de las revoluciones una herramienta intelectual de primer orden para entender tanto el pasado como el presente. Un clásico que mantiene una gran vigencia.

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