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Sobra electricidad, pero perseguimos al que la consume

España tiene todo para liderar la tecnología en Europa, pero el Gobierno prefiere poner trabas a quien viene a invertir y consumir energía.

España tiene todo para liderar la tecnología en Europa, pero el Gobierno prefiere poner trabas a quien viene a invertir y consumir energía.
Pedro Sánchez en el encuentro informal de la UE en Chipre. | Kay Nietfeld / dpa / Europa Press

Estamos inmersos en una revolución tecnológica, de esas que se estudiarán en los libros de historia. Como la estamos viviendo, no parece tan revolucionaria, pero las reglas del juego están cambiando drásticamente. Hay quien dice que la inteligencia artificial es el nuevo petróleo. Suena bien, tiene gancho, casi invita a imaginar un futuro limpio, incluso inmaterial. Pero basta rascar un poco para que la metáfora se venga abajo. La inteligencia artificial no es etérea. Es profundamente física. Y, sobre todo, profundamente eléctrica.

Cada modelo que se entrena, cada consulta que se lanza, cada servicio digital que crece necesita infraestructura detrás. Necesita centros de datos, naves industriales llenas de servidores que funcionan sin descanso. Necesita una industria tecnológica intensiva en energía que fabrica microprocesadores y tarjetas electrónicas. Y necesita un sistema eléctrico robusto, que suministre energía de manera continua y estable. Nada de magia. Pura electricidad.

Este apetito energético, sin embargo, llega justo en el momento más incómodo para el sistema eléctrico español. Tras años de incentivos y planificación entusiasta, hemos construido una capacidad de generación —especialmente solar— que supera con creces la demanda en muchas horas del día. El resultado es conocido: precios desplomados, ingresos insuficientes y un sector que empieza a vivir más pendiente de la refinanciación que de la expansión.

La transición energética prometía rentabilidades estables y un futuro ordenado. La realidad empieza a parecerse más a una carrera por sobrevivir. Hay plantas que no cubren costes, proyectos que no cuadran y balances que se sostienen con alfileres. El problema ya no es tecnológico. Es de demanda. Falta consumo en nuestro país. Los planes del Gobierno han fallado estrepitosamente.

Sobra oferta, falta sentido común

Y, de pronto, aparece una solución bastante obvia. Las grandes tecnológicas. Industrias que consumen mucha electricidad, de forma constante, predecible y creciente. Justo lo que necesita un sistema que puede producir mucho más de lo que se consume actualmente.

Aquí es donde uno esperaría cierta lógica. Si sobra oferta, deberíamos facilitar la entrada de quien quiera consumirla. Si el sector solar sufre por falta de ingresos, deberíamos poner facilidades para atraer demanda que estabilice el mercado. No parece especialmente complicado.

Una oportunidad que se desperdicia

Pero no. La respuesta política del Gobierno central va en sentido contrario a la lógica de la realidad. Restricciones de acceso, condicionantes injustificables, desprecio y sospecha permanente sobre los centros de datos. Como si fueran un problema que hay que contener en lugar de una oportunidad que conviene aprovechar.

La contradicción es difícil de explicar sin recurrir a algo más profundo que la mera torpeza regulatoria. Porque mientras se habla sin descanso de digitalización, de inteligencia artificial y de liderazgo tecnológico, se ponen obstáculos a la infraestructura que hace posible todo eso. Es como presumir de tener autopistas mientras pones trabas administrativas a la venta de coches.

Entre tanto, el sector solar sigue esperando pendiente de un hilo. Esperando demanda. Esperando precios que le permitan sacar la cabeza y respirar. Esperando que alguien venga a consumir para que ellos puedan producir más. Lo curioso es que esa demanda existe. Está ahí fuera, creciendo a toda velocidad, dispuesta a instalarse y a consumir. No pide subvenciones ni protección. Quieren venir a España porque tenemos ventajas competitivas enormes con respecto a otras localizaciones en Europa. Pero no les dejamos.

Nuestros principales competidores en este sector son Frankfurt, Londres, Ámsterdam y París. Tenemos el suelo más barato que ellos, los sueldos más baratos que ellos, la energía más barata que ellos, conexiones de fibra mejores que las suyas y un sistema universitario que forma a profesionales muy demandados. Lo tenemos todo para ser la referencia tecnológica en Europa, todo.

El miedo a invertir, el coste de ser pobres

A veces da la sensación de que el problema tiene raíces mucho más preocupantes. Parece que en este país seguimos desconfiando de quien viene a invertir, a crecer, a crear empleo y a cambiar las reglas de un sistema que algunos prefieren mantener bajo control. La realidad no encaja con el modelo intervenido que se ha construido, y por eso prefieren que sigamos siendo pobres antes de reconocer que sus planes energéticos –y de otra índole– son una quimera.

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