
El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur —integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay— ha entrado en vigor este 1 de mayo después de más de dos décadas de negociaciones. Y aunque lo hace de forma provisional, en la práctica las empresas agroalimentarias de ambos bloques ya pueden comenzar los trámites para solicitar la reducción o eliminación de aranceles en sus exportaciones. Buena parte del sector agrario español y europeo mira el nuevo escenario con una mezcla de temor y escepticismo.
Sobre el papel, el tratado abre la puerta a un mercado de unos 720 millones de consumidores, una cifra que por sí sola explica el entusiasmo de buena parte del tejido exportador. En un momento especialmente delicado para el comercio internacional, España confía en que su potente industria agroalimentaria encuentre un balón de oxígeno en este acuerdo para eliminar impuestos.
Sin embargo, el arranque no será uniforme. La rebaja de aranceles comienza desde el primer día, pero la liberalización completa llegará de forma progresiva y con calendarios distintos según el producto. Así, el aceite de oliva tendrá que esperar hasta quince años para una apertura total, mientras que el vino embotellado lo hará en ocho y el porcino en un plazo que oscila entre ocho y diez años. Otros productos, como los espumosos, el azafrán o determinadas frutas, sí notarán el cambio de inmediato.
Una carrera contrarreloj para las empresas
El mensaje que ha llegado desde las oficinas comerciales es claro: hay que moverse rápido. El sistema de cuotas funciona bajo el principio de "primero en llegar, primero en servir", lo que obliga a las empresas a reaccionar con agilidad si quieren aprovechar las ventajas frente a otros competidores europeos.
Entre los sectores más optimistas figura el del aceite de oliva. La rebaja arancelaria, aunque inicial, ya permite anticipar precios más competitivos en mercados como el argentino, donde este producto soportaba cargas superiores al 30%. También el vino, el cava y los quesos empiezan a mirar con mayor interés hacia el otro lado del Atlántico.
Pero no todo son buenas perspectivas. En paralelo, crecen las inquietudes en el campo. Organizaciones agrarias advierten de que los efectos positivos tardarán años en materializarse, mientras que los riesgos podrían llegar antes. La entrada de productos como carne de vacuno, aves o etanol —aunque limitada por cuotas— genera inquietud en sectores que temen que la llegada de competencia provoque un desplome de los precios y un descenso de la rentabilidad.
Temor en el campo
Asociaciones agrarias como Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos han sido especialmente críticas y reprochan a la Comisión Europea haber acelerado la aplicación del acuerdo sin resolver las principales dudas del sector.
Y algunos países, como Polonia, ya han mostrado su intención de recurrir el acuerdo ante la justicia europea, mientras persisten las dudas sobre el sistema de gestión de cuotas, que podría favorecer a grandes operadores internacionales en detrimento de productores más pequeños.
En términos comerciales, España importa de Mercosur diez veces más de lo que exporta, lo que debería traducirse en una bajada del precio para los consumidores de productos como la soja, el café o los crustáceos. Por la otra parte, nuestras principales exportaciones son de aceite de oliva y fruta.



