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La FED, en la encrucijada: entre el algoritmo de la IA y el muro migratorio

El mercado financiero suele premiar la predictibilidad, y nada es menos predecible que un órgano del Estado intentando compensar los errores de otro.

El mercado financiero suele premiar la predictibilidad, y nada es menos predecible que un órgano del Estado intentando compensar los errores de otro.
Kevin Warsh, candidato propuesto por Donald Trump para presidir la Fed y sustituir a Powell | EFE

La salida de Jerome Powell de la Reserva Federal marca mucho más que un cambio de guardia en el edificio Eccles. Representa el agotamiento de una ficción educada que llevamos medio siglo aceptando sin pestañear: que un comité de catorce personas, por muy doctorados que estén, puede fijar el precio del dinero para una economía de 330 millones de seres humanos y que el resultado se parezca a algo que un mercado habría producido por su cuenta. Mientras Kevin Warsh se perfila como sucesor —con esa sombra de "politización" que en Washington asoma siempre que el inquilino de la Casa Blanca elige a alguien que pueda decirle que sí—, el mercado se enfrenta a un problema que ningún modelo econométrico previo puede resolver, porque el problema no está en los modelos sino en la pretensión de quienes los manejan: la colisión entre una revolución tecnológica que reasigna capital a una velocidad nunca vista y una política migratoria que pretende congelar la oferta de trabajo por decreto.

El ‘mismatch’ de la clase media

La situación del empleo en Estados Unidos es engañosa. Con una tasa de paro que flirtea con el 4,3%, el diagnóstico superficial diría que la economía resiste. Mire usted bajo el capó y lo verá: la IA generativa está reasignando capital y trabajo a una velocidad que el mercado laboral norteamericano, ablandado por la década larga que los tipos pasaron pegados al cero, no había tenido que digerir nunca. Analistas, programadores junior y administrativos están siendo desplazados, y conviene no engañarse: una parte nada despreciable de esos puestos no nació de la productividad real, nació del dinero barato de los años ZIRP. Cuando los tipos se normalizaron a partir de 2022 el empleo administrativo empezó a crujir; ahora la técnica está simplemente jubilando, sin contemplaciones, lo que ya estaba en proceso de ajuste.

Este "paro de cuello blanco" no se soluciona bajando tipos de interés; de hecho, fueron precisamente los tipos artificialmente bajos los que sembraron la burbuja de empleo administrativo que ahora se desinfla. Conviene matizar para no caer en la simplificación fácil: parte del capital barato de aquellos años sí fue inversión productiva en sentido estricto —capacidad de cómputo, salários de ingenieros desarrollando software, infraestructura digital—, y ahí están los frutos. Pero a tipos no intervenidos el volumen habría sido menor, la composición distinta y, sobre todo, otra parte nada despreciable se desvió hacia recompras de acciones, hacia vehículos de inversión cómodos para el gestor y hacia esa inflación del valor de los activos que infló expectativas y plantillas a partes iguales. Pretender corregir ahora ese ajuste con más manipulación del precio del dinero es repetir el error de manual: distorsionar la estructura productiva con la esperanza de que el ciclo no llegue.

El absurdo de los tipos de interés

Aquí es donde la lógica política choca con la aritmética, y pierde la lógica política, como suele. Si Estados Unidos opta por un cierre total de fronteras, no genera "inflación" en sentido estricto —la inflación, lo escribió Azpilcueta cuatro siglos antes de que naciera el primer econometrista, es un fenómeno monetario; pero la Universidad de Salamanca cae lejos de Washington— pero sí provoca un encarecimiento brutal en los sectores donde la oferta de trabajo se restringe por decreto. La IA puede escribir código, pero (aún) no pone ladrillos, ni recoge cosechas, ni cuida ancianos. Esos sectores dependen críticamente de mano de obra inmigrante, y cerrar la frontera es, en términos económicos, una intervención en el mercado laboral disfrazada de política de seguridad. La diferencia entre las dos, para quién cobra el sueldo mínimo y paga el alquiler, es ninguna.

Si se corta ese flujo, los costes de los servicios básicos se disparan. Y aquí reside el gran absurdo: ¿va la Fed a subir tipos para corregir una subida de precios que ella no ha causado y que no puede deshacer, porque su origen no es monetario sino regulatorio? La pregunta, naturalmente, es retórica: claro que va a hacerlo, porque es lo único que sabe hacer. La Fed, atrapada en su propia caja de herramientas, terminaría destruyendo la inversión productiva sana —la que sí responde al tipo de interés— para compensar una escasez fabricada por la política migratoria. Dos manos del Estado moviéndose en sentido contrario, cada una convencida de estar arreglando lo que la otra rompe, y la economía real pagando la factura de las dos. El nombre técnico de eso, en los manuales, es estanflación. El nombre llano es que el contribuyente medio acaba sosteniendo el coste de dos errores a la vez, porque no le han preguntado si los quería.

La salida sensata: libertad de contratación, no cuotas dirigidas

El mercado no necesita muros ni tipos asfixiantes; necesita lo que siempre ha necesitado y rara vez le dejan tener: libertad para contratar. La propuesta sensata —y quizás la más difícil de vender políticamente en 2026— no es que un comité ministerial decida cuántos albañiles entran cada trimestre, sino devolver al empresario y al trabajador la capacidad de firmar un contrato. Un visado vinculado a una oferta de trabajo verificada no es ingeniería social: es retirar una traba administrativa que hoy impide que la oferta y la demanda se encuentren. La intuición, por cierto, no es nueva: Vitoria ya defendía en el siglo XVI el derecho a comerciar y trabajar a través de las fronteras como condición del orden civilizado. Cuatrocientos años después, todavía nos cuesta.

  1. Precios sinceros: permitir que la oferta de trabajo responda libremente a la demanda en construcción y servicios deja que los precios cumplan su función —decir la verdad sobre la escasez, no disimularla— sin que la Fed tenga que intervenir para tapar una distorsión que ella no causó.

  2. Menos pretextos para la Fed: con los precios de servicios respondiendo a la oferta de trabajo real, el sucesor de Powell tendría una excusa menos para mantener tipos artificialmente altos —o artificialmente bajos— y el mercado podría ir descubriendo, sin tutela, qué tipo de interés necesita la economía para reasignar capital hacia los sectores que la técnica está abriendo. Menos discrecionalidad del banco central, más señales limpias para quien tiene que invertir.

Conclusión

El mercado financiero suele premiar la predictibilidad, y nada es menos predecible que un órgano del Estado intentando compensar los errores de otro órgano del Estado, sobre todo cuando ninguno de los dos está dispuesto a admitir que el error existe. Una Fed obligada a mantener tipos altos para compensar el cierre de fronteras es una Fed que terminará rompiendo algo —típicamente la parte productiva de la economía, que es la que paga el ajuste cada vez que dos políticas públicas chocan entre sí y nadie en una sala oval admite que estaban diseñadas, precisamente, para chocar.

Si el nuevo liderazgo de la Reserva Federal y la Casa Blanca no comprenden que el ajuste tecnológico y la escasez de mano de obra física son dos caras de la misma moneda —la moneda de unos factores de producción que necesitan moverse libremente, o el sistema entero se atasca—, Estados Unidos se arriesga a un escenario en el que la vida sea prohibitivamente cara para una clase media que, además, se está quedando sin trabajo. La lección es vieja y sencilla, y la escribió Bastiat: lo que se ve es el muro, el arancel, el comité que reparte cuotas; lo que no se ve es el contrato que no se firmó, la cosecha que no se recogió, el piso que no se construyó. Cada vez que el Estado fija un precio —el del dinero, el del trabajo, el de la frontera— acaba pagándolo el ciudadano que no tiene cómo escapar de la cuenta. Más vale dejar que las manos crucen la frontera que pretender que la estabilidad se decrete desde un comité.

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