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Mediocres, envidiosos y resentidos a la caza del discrepante

La polémica sobre Jon González reabre el debate sobre cancelación, acoso digital y libertad de expresión por parte de la izquierda.

La polémica sobre Jon González reabre el debate sobre cancelación, acoso digital y libertad de expresión por parte de la izquierda.
La cuenta borrada de Jon González. | X

Lo sucedido estos días con Jon González no fue solo una polémica. Fue algo bastante más revelador y mucho más nauseabundo. Fue una amenaza. Un aviso a navegantes. Una demostración en tiempo real de cómo actúa una izquierda totalitaria que, cuando no puede rebatir una idea, decide perseguir a quien la expresa hasta hacerlo desaparecer del espacio público.

No se trataba de discutir unos datos. Se trataba de castigar a quien los había puesto sobre la mesa. No se trataba de demostrar que estaba equivocado. Se trataba de intoxicar su nombre. Y, como siempre ocurre en estas operaciones de linchamiento, el proceso fue muy evidente: sacar la discrepancia del terreno dialéctico y llevarla al terreno de la intimidación personal y profesional.

Ahí está la clave. Porque una democracia sana puede soportar el insulto, la exageración, la caricatura e incluso la estupidez, que nunca escasea. Lo que no puede normalizar sin pudrirse hasta la médula es que una turba sectaria actúe con el propósito explícito de privar de voz a un discrepante mediante la amenaza directa a su trabajo, a su reputación o a su tranquilidad personal. Eso ya no es crítica. Eso es acoso.

Conviene llamar a las cosas por su nombre. Cuando alguien no responde a tus argumentos, sino que fabrica un relato sobre tu persona para invalidarte socialmente, está practicando la vieja falacia ad hominem. Impropio de intelectos evolucionados. Cuando además intenta involucrar a tu empresa, a tus vínculos profesionales o a tu vida privada para que el coste de hablar resulte insoportable, ya no estamos ante una simple bajeza retórica. Estamos ante una técnica más apropiada de los gulags que tanto añora esta gentuza.

No pretenden convencerte. Quieren que aprendas a callarte. La cabeza de caballo en la cama.

Lo más inquietante no es la camorra escuadrista de unos cuantos fanáticos en redes sociales, sino el clima moral que los legitima. Ese ambiente en el que el discrepante no es un adversario al que responder, sino un hereje al que marcar. Ese reflejo tan reconocible de los regímenes y movimientos de tufo totalitario. Son esos que van de antifascistas, pero si estuviéramos en el Múnich de los años 30 serían los primeros en afiliarse a las SS. Son los kapos de los campos de concentración, son esos que durante el covid-19 espiaban detrás de las cortinas a ver si alguien se quitaba la mascarilla.

Siempre empieza igual. Mediocres, envidiosos y resentidos investidos de superioridad moral. Fanáticos convencidos de que su causa les autoriza a arruinar vidas. Cobardes e ineptos que no discuten ideas porque se saben inútiles en cualquier discusión. Por eso necesitan otra cosa. La coacción, el miedo, la persecución, el ridículo y la humillación. No pueden ganar de otro modo.

Lo grave no es sólo lo que ha ocurrido con Jon González. Lo grave es el mensaje que envían y que recibe alto y claro cualquiera que lo observe: si humillas intelectualmente al sectario, el sectario procurará destruirte a toda costa. Pero lo hará fuera del debate y hará lo que haga falta para ello. Ese es el verdadero objetivo. No convencer. No debatir. No razonar. Silenciar.

Cuando una parte del país empieza a aceptar eso con naturalidad, es mejor no hacerse trampas al solitario. El problema ya no son sólo los inquisidores. El problema es que tenemos una sociedad abyecta que asume la lógica de la Inquisición y permite que matones semianalfabetos dirijan los designios del debate público. Mal futuro... muy malo.

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