
BASF fue durante décadas no solo la mayor empresa química de Alemania, sino también, en algunos momentos, el mayor grupo químico del mundo. A partir de 2022, y especialmente en 2023 y 2024, la compañía anunció importantes programas de reducción de costes y recortes de empleo en Alemania, mientras invertía miles de millones en nuevas plantas en China. BASF justificó estas decisiones señalando los elevados precios de la energía en Alemania y la pérdida de competitividad de Europa.
En febrero de 2024, la empresa afirmó que tendría que ahorrar otros mil millones de euros anuales en su complejo de Ludwigshafen antes de finales de 2026; citó expresamente los altos costes energéticos, la débil demanda y los excesivos costes de producción en Alemania. Al mismo tiempo, BASF está invirtiendo hasta 10.000 millones de euros en su nuevo complejo integrado de producción en Zhanjiang, China.
Hoy, muchos consideran el caso BASF como un símbolo de cómo los elevados costes energéticos y la creciente burocracia están debilitando a Alemania como destino industrial y empujando a las grandes empresas a trasladar su crecimiento y sus inversiones hacia Asia. De la política energética teutona ha dicho el Wall Street Journal que se trata de "la más estúpida" jamás aplicada en Occidente.
Muchas empresas quieren marcharse
La producción económica de Alemania lleva siete años estancada, y una de las causas es el enorme aumento de los precios de la energía. En su libro Absturz. So retten wir Deutschland (Caída libre. Cómo podemos salvar Alemania), el economista Daniel Stelter señala que, según una encuesta, el 63 % de las empresas industriales considera que su competitividad está en peligro. Entre las compañías industriales con un consumo intensivo de energía, el porcentaje es aún mayor. En el caso de las grandes empresas energéticamente intensivas con más de 500 empleados, dos tercios ya están planeando trasladar parte de su actividad.
La guerra de Rusia contra Ucrania ha influido en esta situación, pero la crisis comenzó mucho antes, impulsada por la llamada Energiewende (transición energética), iniciada bajo el gobierno de Angela Merkel y continuada por Robert Habeck, entonces ministro de Economía por el Partido Verde. En esencia, se trata de transformar el sector energético alemán desde una economía de mercado hacia una economía planificada guiada por criterios políticos e ideológicos.
Se espera que la "Energiewende" cueste 5 billones de euros
"La transición energética alemana se está llevando a cabo sin tener en cuenta los costes", escribe Stelter.
Cuando se preguntó al Ministerio de Economía dirigido por Robert Habeck, este respondió que no era ni razonable ni necesario cuantificar los costes acumulados de la Energiewende.
Stelter estima que ya se han gastado unos 500.000 millones de euros en este proceso. Una vez completada la transformación, diversos cálculos sitúan el coste total entre 4,8 y 5,4 billones de euros.
"Me atrevo a hacer una predicción categórica", escribe Stelter: "esta transformación no llegará a completarse, por la sencilla razón de que la economía alemana no sobrevivirá a ella".
Cuando los críticos señalan que Alemania solo es responsable del 1,6 % de las emisiones mundiales de CO₂ (frente al 30 % de China), los defensores de la Energiewende suelen responder que Alemania actúa como ejemplo para el resto del mundo y que otros países seguirán su modelo.
Katharina Dröge, presidenta del grupo parlamentario de Los Verdes en el Bundestag, describió la política energética alemana en una entrevista como un modelo de éxito internacional.
"Nuestra transición energética en Alemania está siendo imitada en todo el mundo", afirmó Dröge. Según Stelter, esta afirmación es absurda: "con nuestra transición energética no somos un modelo para el mundo. Los políticos deberían admitir por fin que nos han llevado por el camino equivocado durante los últimos 25 años y emprender un cambio de rumbo fundamental".
Sin embargo, tampoco bajo el gobierno de Friedrich Merz se está produciendo ese giro. El Ejecutivo mantiene su compromiso con la Energiewende. La discrepancia entre la CDU y Los Verdes se limita a si ese camino debe recorrerse algo más despacio, como propone la CDU, o aún más deprisa, como defienden los ecologistas.
Costes inmensos, beneficios escasos
¿Ha logrado la Energiewende al menos los objetivos que perseguía? Según Stelter, no. Alemania es hoy el tercer país europeo más poblado con mayores emisiones per cápita de CO₂, solo por detrás de Polonia y la República Checa. En el año 2000 ocupaba el séptimo lugar. Una de las razones es que entonces la energía nuclear desempeñaba todavía un papel importante. Hoy todas las centrales nucleares han sido cerradas; algunas incluso han sido demolidas para impedir cualquier posibilidad de reactivación futura.
En lugar de la energía nuclear, los políticos apuestan por la llamada «economía del hidrógeno». El gas debe ser sustituido por «hidrógeno verde», por ejemplo en la producción siderúrgica.
El denominado «acero verde» consiste en fabricar acero utilizando hidrógeno en lugar de carbón de coque para evitar emisiones de CO₂. En Alemania, esto se ha convertido en un gigantesco proyecto subvencionado sin una base económica realista, ya que requeriría enormes cantidades de electricidad barata, precisamente el recurso que escasea debido a la propia Energiewende y a los altos precios energéticos. El resultado es un acero extremadamente caro que no puede competir en los mercados internacionales y que necesita miles de millones de euros en ayudas públicas.
Stelter considera que estos planes son la prueba de un callejón sin salida ideológico:
"El hecho de que los políticos alemanes sigan aferrándose a estas ilusiones pese a sus enormes costes, a las considerables dificultades técnicas y al deterioro ya visible de la economía demuestra su voluntad incondicional de perseverar en el camino elegido independientemente de su dudosa utilidad... En política energética existe un peligro inminente y, sin un frenazo de emergencia acompañado de un cambio de rumbo, el colapso de Alemania no podrá evitarse".
Otros economistas de prestigio, como el expresidente del Instituto ifo, Hans-Werner Sinn, o Stefan Kooths, del Instituto de Economía Mundial de Kiel, sostienen opiniones similares.
"El fin del capitalismo"
La confusión intelectual que, según el autor, atraviesa Alemania queda reflejada en que voces como las de Stelter, Sinn o Kooths tienen mucha menos presencia en los medios públicos que figuras como Ulrike Herrmann, autora del superventas Das Ende des Kapitalismus (El fin del capitalismo).
En su libro, Herrmann propone sustituir el capitalismo por una economía planificada. Su visión anticapitalista contempla la desaparición de los vuelos comerciales y de los automóviles privados. El gobierno decidiría cómo deben vivir las personas: no habría viviendas unifamiliares ni segundas residencias. Se prohibiría la construcción de nuevas viviendas por su impacto climático y, en su lugar, el espacio disponible se redistribuiría de forma «justa». El Estado determinaría cuántos metros cuadrados puede ocupar cada ciudadano.
El consumo de carne, sostiene Herrmann, solo debería permitirse de forma excepcional porque su producción perjudica al clima. De forma más general, las personas tampoco deberían comer tanto como hoy. Según ella, 2.500 calorías diarias serían suficientes: 500 gramos de frutas y verduras, 232 gramos de cereales integrales o arroz, 13 gramos de huevos, 7 gramos de carne de cerdo, etcétera.
"A primera vista, este menú puede parecer algo escaso, pero los alemanes estarían mucho más sanos si cambiaran sus hábitos alimentarios", asegura esta crítica del capitalismo. Y, dado que todos serían iguales, también serían felices: "el racionamiento suena desagradable. Pero quizá la vida sería incluso más agradable que hoy, porque la justicia hace felices a las personas".
