Hay una estadística que no suele aparecer en el debate sobre la reducción de jornada laboral: los empresarios y autónomos con trabajadores a su cargo son, según datos de Eurostat, quienes más horas dedican al trabajo cada semana, con una diferencia de en torno a diez horas respecto a los empleados por cuenta ajena. El dato sitúa en una posición incómoda el relato que presenta a los trabajadores como el colectivo más necesitado de protección frente al exceso de horas, y plantea preguntas que la reforma laboral impulsada por el Ministerio de Trabajo no responde.
Eurostat confirma que los autónomos sin empleados a su cargo ocupan una posición intermedia, y que los españoles de este grupo trabajan incluso algo más que la media europea. El patrón se repite con claridad tanto en el conjunto de la Unión Europea como en los datos específicos de España, lo que descarta que sea un fenómeno ligado al peso del sector turístico o la restauración en la economía española. Esta semana, en La Pizarra de Domingo Soriano, Nuria Richart y Domingo Soriano desgranan el debate sobre la jornada laboral.
Datos y relato
La segunda estadística que complica aún más el diagnóstico oficial es la del trabajo en fin de semana. También según Eurostat, el porcentaje de empresarios y autónomos que trabaja en sábado o domingo supera con claridad al de los empleados por cuenta ajena. Son precisamente quienes protagonizan la retórica del explotador, en el discurso habitual sobre las relaciones laborales, los que acumulan mayor dedicación horaria, mayor presencia en días de descanso y, en muchos casos, mayor exposición al riesgo económico.
Este último elemento rara vez aparece en el debate público. En una empresa con pérdidas, los trabajadores cobran antes que el propietario. También los acreedores, los bancos y los proveedores tienen prioridad. El empresario es el último en cobrar y el primero en perder si el negocio no funciona. Esa asimetría de riesgo, combinada con una mayor dedicación horaria, ofrece un contexto que cambia sustancialmente la lectura de los datos sobre remuneración entre empleados y empleadores.
La trampa
El debate sobre la reducción de jornada laboral tiene un punto ciego que conviene señalar: la relación entre horas trabajadas, productividad y salario. Reducir la jornada laboral de forma regulada no genera automáticamente un aumento de productividad equivalente que permita mantener los mismos salarios. Lo habitual, especialmente en el medio y largo plazo, es que horas trabajadas y remuneración vayan unidos con mayor fidelidad de lo que el discurso oficial sugiere.
El contraste entre Estados Unidos y Europa ilustra bien esta dinámica. La diferencia salarial entre ambos modelos es significativa, pero también lo es la diferencia en horas anuales trabajadas. Elegir un modelo de mayor descanso y menor salario es una opción legítima y defendible. Lo que no es sostenible es aspirar a los salarios del modelo más productivo trabajando las horas del modelo que prioriza el tiempo libre.
La discusión sobre si la jornada ordinaria debe fijarse en 40, 37,5 o 35 horas es, en buena medida, arbitraria si no va acompañada de una conversación honesta sobre sus consecuencias en costes, precios y salarios reales. Y esa conversación, hasta ahora, brilla por su ausencia en la comunicación institucional sobre la reforma laboral. Tampoco se aborda el hecho de que muchos trabajadores, por decisión propia, eligen dedicar más tiempo a su actividad profesional, sea por motivación, por desarrollo de carrera o por convicción personal, y que las sucesivas regulaciones tienden a dificultar o penalizar esa elección.


