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Zapatero se escapa a Doñana tras una semana recluido en su despacho

La semana negra de la economía ha dejado un Zapatero superado, aislado en Moncloa, sin capacidad de maniobra y con nula credibilidad internacional.

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La puntilla a un ya moribundo presidente del Gobierno se le daba este viernes la Comisión Europea, en boca de su responsable de Asuntos Económicos Olli Rehn, al exigir a España que de una vez completase las reformas pendientes y a las que se había comprometido.

Punto y final a cinco días en los que la economía española traspasó las línea roja del rescate, con la prima de riesgo marcando máximos superiores a los 420 puntos, sin que el Gobierno y su presidente fuesen capaces de articular ninguna respuesta. El aplazamiento de las vacaciones, con el viaje de ida y vuelta a Doñana, se quedó en un mergo gesto, porque el presidente del Gobierno durante estos cuatro días de vértigo en los mercados apenas salió de su despacho y sus escasos contactos, tanto a nivel exterior como con los portavoces de los principales grupos parlamentarios, fueron telefónicos.

Si algo ha quedado claro es que ya nadie otorga la menor credibilidad a Zapatero que ha visto como incluso dentro de su propio partido y Gobierno huyen de él despavoridos. El mejor ejemplo es el del candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha marcado distancias de forma definitiva con un gobierno en el que hasta hace un mes era portavoz. Ha seguido con sus actos de campaña como si la tormenta financiera no fuera con él, con la única propuesta de ceder mayor soberanía a la Unión Europea y sin mostrar la menor complicidad con un Zapatero contra las cuerdas.

Las cosas no son muy distintas dentro del propio Gobierno. En el único movimiento de ficha que pudo dar el presidente en toda la semana, con ese simulacro de gabinete de crisis, tan sólo estaban tres ministros. Salgado, Blanco y Jáuregui. Los titulares de carteras tan importantes en este escenario como la vicepresidencia segunda de Manuel Chaves; Industria, Miguel Sebastián o Exteriores, Trinidad Jiménez se encuentran en paradero desconocido y no han dicho esta boca es mía.

Mientras Silvio Berlusconi ha movilizado a su Gobierno y su Parlamento, presentado un plan de acción para acelerar los ajustes y acometer nuevas reformas, toda la respuesta del gobierno español se ha limitado a una lúgubre comparecencia de Elena Salgado, para no decir otra cosa más allá de que la situación era preocupante. El paso delante de Berlusconi se producía este viernes después de mantener una intensa actividad diplomática, con contactos con todos los líderes económicos y coordinando los ajustes y el calendario para su aplicación con las autoridades de la Unión Monetaria. Berlusconi logró además la convocatoria de una reunión extraordinaria del G-7 para abordar la crisis.

Pese a los esfuerzos de los servicios de prensa de Moncloa por trasladar a la opinión pública la imagen de un presidente en contacto con sus socios europeos, lo cierto es que la actividad internacional de Zapatero se ha limitado a un par de llamadas de Sarkozy y el propio Berlusconi, de carácter privado. Públicamente España apenas ha recibido el apoyo de ningún dirigente, sino todo lo contrario con el ultimátum de la UE para que culmine las reformas.

Difícilmente podía imaginar Zapatero el pasado viernes cuando anunciaba que convocaría las elecciones el 20 de noviembre, que sólo siete días después existiera ya un clamor para que haya un adelanto, del adelanto, que disuelva las cámaras de forma inmediata y los comicios se celebren a finales de septiembre. En este sentido, se han expresado tanto CiU como el PP. La sensación de vacío de poder en este semana negra ha sido tan atroz, que Mariano Rajoy se ha vestido de presidente del Gobierno para intentar tranquilizar a la población y ofrecer un poco de confianza a los mercados.

En la noche del viernes, Zapatero tomó rumbo a Doñana, otra vez, y después de lo vivido esta semana parecería absurdo que aunque la situación de los mercados de deuda no dé un respiro en los próximos días, el presidente regresase a La Moncloa. Los días 20 y 27 hay convocados sendos Consejos de Ministros, que cualquiera de ellos podría ser el último de un Gobierno derrotado y rendido.

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