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Rajoy ya gestiona la transición con Zapatero y las potencias europeas

El líder del PP ejerce de presidente tanto en casa como fuera. En una transición de facto, habla con Zapatero y Salgado y su gabinete gestiona con Europa.

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El líder del PP ejerce de presidente tanto en casa como fuera. En una transición de facto, habla con Zapatero y Salgado y su gabinete gestiona con Europa.
Rajoy en su encuentro con los periodistas. | Diego Crespo

Mariano Rajoy ya no disimula que ejerce de presidente antes, incluso, de que los españoles depositen la papeleta en la urna. El candidato del PP coge las encuestas y las tira a la papelera para ir a lo importante; a sacar a España del túnel. Y es consciente de que la tarea será ingente, más aún cuando desconoce la situación real de las arcas públicas, si bien puede intuir la catástrofe.

 

Para empezar, teme que el país hoy por hoy no pueda cumplir el objetivo de déficit del 6% para el conjunto de las administraciones públicas, lo que pondría a la economía patria entre la espada y la pared y con las dudas otra vez encima de la mesa. Ésa será su primera prioridad una vez ocupe el despacho presidencial. Para ello, ya lidera una auténtica transición de facto tanto a nivel nacional como extranjero.

 

En casa, Rajoy habla habitualmente tanto con el aún presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, como con la titular de Economía, Elena Salgado. Encima de la mesa, sólo la crisis y, en este sentido, el papel de España en la Unión Europea. Una interlocución directa en la que él, como presidente virtual, también participa en las decisiones.

 

De puertas para afuera, el líder popular ejerce de gran embajador, con una intención primordial: transmitir una confianza imprescindible para los intereses del país. No es que descuelgue el teléfono y llame a sus aliados de la Unión, pero sí que informa a sus gabinetes. En concreto Rajoy se refirió a los Ejecutivos de Francia y Alemania, aunque fuentes consultadas extienden este mapa a Reino Unido y, cómo no, a Bruselas.

 

Rajoy dio estas claves en un encuentro informal con periodistas, en el que ahondó en la cuestión de los temores que la marca España despierta fuera. Aunque la deuda pública no sea aún elevada, argumentó, su pico sí que es muy fuerte en un corto periodo de tiempo. A esto hay que sumar que la deuda privada, sí que es desorbitada. La mala gestión del Gobierno, cambiando permanentemente de paquetes económicos, provocó a sus ojos gran parte de la inestabilidad en los mercados.

 

Rajoy vuelve a mandar un mensaje a la UE

 

Un cóctel que no hizo explosión gracias a la convocatoria de las elecciones generales. Si Zapatero no hubiera tirado la toalla manteniendo la fecha originaria (en marzo de 2012), España no hubiera aguantado la presión convirtiéndose en la otra Grecia, en la línea de Portugal o Italia. Le ha venido bien, según opinó, siempre con el grado de cautela a la que obliga una situación tan inestable. Cuando Rajoy despachaba con los informadores, la prima de riesgo se disparaba hasta sus máximos históricos.

 

De hecho, en el mitin que tuvo, ya por la tarde en Oviedo, redobló sus esfuerzos en mandar un mensaje de confianza dirigido a Europa: “Es uno de los momentos más complicados de nuestra historia, pero ¡España es mucha España!”, afirmó de antemano, para a renglón seguido rememorar que el PP “sabe moverse en el mundo y en Europa”, y “lo ha demostrado” cuando José María Aznar fue presidente.

 

Entrando en cuestión, y en referencia a la tutela que sufre el país, llamó “a cambiar” esta circunstancia porque “no queremos que nos den órdenes, sino sugerir”. “La ola de desconfianza e incertidumbre,que se ha extendido sobre nuestro país no se puede prolongar”, recalcó, poniendo al nuevo Gobierno como elemento clave “para dar certidumbre”.

 

El teletipo que habría que mandar a la UE: “Oiga, somos una gran nación. Lo vamos a hacer bien. Queremos estar en el euro y no nos vamos a resignar ni nos hemos rendido”, tradujo un Rajoy que ve en esto la única discusión el próximo 20-N.

 

Independientes en el Gobierno

 

Ya en un ámbito más interno, pero íntimamente relacionado con esa confianza que ansía transmitir tras el 20-N, Rajoy aseguró en la conversación informal que él no quiere que su Gobierno sea visto como tecnócrata -impuesto por los mercados- sino que esté apoyado por la soberanía nacional, por una catarata de votos. Un Ejecutivo con mantra político, pero especializado en la economía y en el que caben independientes, si es que estos son “los mejores", como siempre le gusta decir a él, que rehusó dar nombres y número de carteras.

 

Finalmente, y una vez expuesto el desolador escenario, rescató de la papelera las encuestas para mostrarse seguro de sí mismo. No se rió de los estudios internos del PSOE, pero su cara delató que preocupación cero. Eso sí, insistió en que por un puñado de votos pueden bailar escaños decisivos y de ahí que haya dado orden a sus portavoces para que reclamen prudencia y pico y pala hasta el último minuto.

 

Rajoy se enorgulleció de que en el atril dice lo que piensa, y llegó a esta reflexión tras comparar dos fotografías. La de un partido, el suyo, que llama al cambio con un mensaje de concordia frente a un PSOE que juega al miedo a la derecha y a agruparse contra el enemigo. Salió en defensa del modelo de Sanidad de Esperanza Aguirre, dando una idea de por dónde irán los tiros de su plan de acción.

 

"Adiós, presidente", le despidió un periodista, otorgándole una categoría que aún no tiene. Un lapsus que demuestra, no obstante, ese halo que tiene Rajoy, y que cada vez se hace más grande. El candidato del PP camina con paso firme, pero atento a todo. Admitió que cuida sus palabras con tanto mimo que cualquier detalle debe ser tomado como noticia. Su análisis de este lunes marca un punto de inflexión.

 

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