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El Rey reniega de Fernando VII y apela al "patriotismo" de hace 200 años

Tanto el Rey como Rajoy apelaron al "patriotismo" vivido en 1812 para salir hoy de la crisis. Espaldarazo a la Corona, "más viva que nunca".

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Corría el año 1812. Mientras Napoleón sitiaba la tacita de plata, España diseñaba su primera Constitución, la por todos conocida como La Pepa. Este lunes, las más altas instituciones del Estado celebraron su bicentenario apelando a la unidad nacional, al patriotismo como pilar de crecimiento en tiempos de crisis pero, tal vez más importante, recordando los orígenes comunes del país. Cádiz se convirtió en el corazón de unos españoles ante todo tipo de adversidades, no solo económicas.

En una ciudad volcada, con sus gentes en las calles, el Rey rindió tributo a Cádiz y a sus Cortes: “Eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”, afirmó el monarca, para quien “es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”.

Don Juan Carlos entonó el mea culpa una vez renegó de su antepasado Fernando VII, que la historia juzgó como el peor Rey de la saga de los Borbones. “Fueron tiempos de lucha para nuestra Nación, una Nación que estuvo muy por encima de sus máximas autoridades y que destacó por su dignidad, su heroísmo y su generosidad”, fue la forma que tuvo Su Majestad de pedir perdón en lo que le toca.

Una forma de reconciliarse con el pueblo, que le ovacionó en las calles al grito de “viva el Rey”. Calor humano en momentos delicados para la Casa Real que también se vivieron en el Oratorio San Felipe Neri, donde recibió elogios de quienes le precedieron en el atril: Pío García Escudero, presidente del Senado; Jesús Posada, del Congreso; y Mariano Rajoy, jefe del Gobierno. Éste último fue concluyente cuando dijo que la Corona hoy está “más viva que nunca”.

En medio de este espaldarazo público, don Juan Carlos siguió marcando el camino, con contantes referencias al “alto grado de patriotismo” y “de compromiso cívico” que se vivieron hace hoy 200 años en Cádiz, y que llamó a reeditar cuando la batalla no es ya contra los franceses sino contra la crisis. “En la labor de Cádiz, realizada en un difícil trance histórico, podemos encontrar la referencia y la inspiración necesaria para afrontar las serias dificultades por las que nuestro país atraviesa en la actualidad”, destacó.

Fue su único guiño a la actualidad, a la que prestó más atención el presidente, que barrió para casa y defendió las reformas emprendidas. El monarca, mientras, siguió con su elogio encendido a la Constitución liberal que alguien de su misma sangre se negó a acatar: “Sin duda aquellos diputados, como representantes de la soberanía nacional, se guiaron por el más alto grado de patriotismo y compromiso cívico. Supieron articular con enorme inteligencia y altura de miras fórmulas de legalidad que conservaron y estimularon la soberanía depositándola en su legítimo propietario, el pueblo español”, proclamó.

Soberanía en torno a “la unidad” de la nación y reconocimiento de derechos, pilares “de la convivencia entre los españoles que, hoy como ayer, siguen siendo fundamentales”, en palabras de Su Majestad, que aún quiso reconocer “a quienes en medio de grandes incertidumbres, afrontaron la responsabilidad política y culminaron una formidable empresa de superación nacional”.

Una “llama de la libertad” que, pese a las bombas, siguió “viva” en voz del monarca, con el plus de que aquella España que redactaba su Carta Magna era la de los dos hemisferios. “Un referente clave y de gran influencia para los nuevos Estados independientes iberoamericanos, y también para otros muchos de Europa”, señaló.

El Rey aún mandó un último mensaje de calado, y que no puede pasar desapercibido. Su defensa de la Constitución por la que hoy nos regimos, la de 1978. En un momento en el que la ofensiva nacionalista arrecia, don Juan Carlos afirmó: “Resaltar la obra colectiva de todos los españoles que, hace menos de cuatro décadas y en una coyuntura de gran complejidad, supimos con firme espíritu de concordia, solidaridad y unidad, afirmar nuestro actual Estado de Derecho en torno a la Constitución de 1978”.

Con el ejemplo de Cádiz en la mente de todos, parafraseando a Jovellanos cuando dijo aquello de que las Cortes gaditanas fueron “el Congreso más grande, libre y respetable que debe concebirse”, el Rey aún apuntaló una última idea: “Sepamos seguir avanzando, con la inspiración de los grandes logros, a favor de la unidad, la libertad y el bienestar de todos los españoles”.

Entonces, ocurrió algo que con el paso de los segundos se fue convirtiendo en noticia. Un aplauso que parecía no tener fin, que casi llegó a los dos minutos. “Gracias”, acertó a decir el Rey. Incluso se levantó pidiendo el fin del feliz estruendo. Pero el Oratorio siguió rugiendo agradeciéndole sus palabras, como después también lo haría ese pueblo al que, a su forma, pidió disculpas por aquel familiar suyo llamado Fernando VII.

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