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HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO, por Fernando Díaz Villanueva

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Ni los más viejos del lugar recuerdan una como la que este sábado se ha montado en Cibeles, plaza de Colón y aledaños. Y se montó desde bien pronto porque en plena sobremesa, cuando el tibio sol de marzo aun calienta, las calles y callejas que van a morir a Recoletos eran un ir y venir de banderas, pancartas y bufandas con los colores de España, como las que la sufrida afición española lleva a los partidos de fútbol cuando juega la selección.

Pero lo de esta tarde no era un partido de fútbol, era un clamor. Un clamor nacional, se entiende. De los cuatro puntos cardinales de nuestra piel de toro han llegado tantos autobuses que ciertas calles, más que avenidas de una ciudad respetable, parecían estaciones improvisadas. Mil, dicen los periódicos, aunque al madrileño de a pie, poco habituado a ver tanto autocar junto fuera de la Estación Sur, nos han parecido muchos más.

De ahí que la bandera de España, la nuestra, la única que tenemos, haya estado tan bien cortejada en esta tarde de sol a las cinco en punto. No ha faltado una sola autonomía y escudos, banderines y estandartes de la más variada procedencia han aliñado la ensalada multicolor. El recolmo de la pluralidad lo he encontrado en una señora que tomaba la española con una mano, la señera catalana con la otra y había puesto una ikurriña en el carrito del niño. Sospecho que esta buena mujer no es de las que se amilanan cuando los socialistas vienen con eso de la España plural. Ella lo practica, y tan contenta.

Todos parece que quieren decirle a Zapatero que hasta aquí han llegado, que están hartos, que no se puede ser tan incapaz durante tanto tiempo y a costa de tanta gente. No me cabe ninguna duda de que esto dará que hablar, aunque a estas horas desconozco lo que dirán y cómo lo dirán. Sea lo que sea, tal cantidad de gente no puede dejar indiferente a nadie. Los que se agolpan en las vallas azules que ha dispuesto el ayuntamiento parece que son de mi opinión porque, en toda la tarde, no han parado de corear consignas. Algunas antiguas y otras inventadas para la ocasión. En esto se notan los dos años largos que esta gente sale a la calle a practicar el saludable ejercicio de decir lo que se piensa. No sería de extrañar que más de un sindicalista se haya colado de incógnito con su libreta de notas para ver si sus bases recuperan el entusiasmo perdido.

Las manifestaciones que convoca el Partido Popular, el Foro de Ermua o la Asociación del Víctimas del Terrorismo tienen fama de ser muy coloridas, algo menos ruidosas y extremadamente corteses con el mobiliario urbano. No es un mito, es una realidad que sólo quien se haya acercado a una puede constatar en primera persona. La de hoy no ha sido una excepción. Da igual que asistan 50.000 o millón y medio, los papeles terminan en las papeleras y las paredes de los edificios pueden respirar tranquilas. Quizá se deba a aquello que dicen de que la gente de derechas es gente de orden y puntual.

Rajoy lo ha sido. A las cinco ha llegado a la cabecera de la manifestación y dos horas exactas después ha comenzado una intervención tan afortunada como suelen serlo las del presidente del Partido Popular, florido parlamentario y mitinero de lujo. Rajoy es un orador en vías de extinción. Es de esos que cuando habla no lee, y eso se nota, lo notan los que escuchan, algo que los políticos de hoy, empeñados en escucharse a sí mismos, parecen haber olvidado. Tampoco gesticula robóticamente al estilo de Pepiño Blanco, y bien que lo aprecian los que están delante. Ha sabido desgranar una a una las razones por las que todos, él antes que nadie, estaban allí. Como guinda dos vivas calcadas a las que cierto prohombre de la patria pronunció en Cádiz, hace casi 200 años. ¡Viva la Libertad! y ¡Viva España! Ahí queda eso.

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