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Ortega Lara rompe su silencio porque "ahora se insulta a las víctimas" y dice que es "radicalmente contrario a la negociación con ETA"

Nueve años y seis meses después de que la Guardia Civil rescatara a José Antonio Ortega Lara del zulo en el que había permanecido secuestrado durante 532 días, el funcionario de prisiones ha roto su silencio en la primera entrevista concedida a un medio de comunicación por una razón, "durante muchos años las víctimas del terrorismo eran respetadas y ahora se nos insulta, dicen que nosotros no queremos la paz" y por eso ha matizado que "nadie más que nosotros queremos la paz, pero una paz basada en la justicia". En el estreno de Sánchez Dragó al frente de Diario de la noche en Telemadrid, Ortega Lara se ha mostrado "radicalmente contrario a la negociación con ETA" y ha recordado cómo el día de su liberación le dijo al ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, "entiendo que su Gobierno no haya negociado".

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Nueve años y seis meses después de que la Guardia Civil rescatara a José Antonio Ortega Lara del zulo en el que había permanecido secuestrado durante 532 días, el funcionario de prisiones ha roto su silencio en la primera entrevista concedida a un medio de comunicación por una razón, "durante muchos años las víctimas del terrorismo eran respetadas y ahora se nos insulta, dicen que nosotros no queremos la paz" y por eso ha matizado que "nadie más que nosotros queremos la paz, pero una paz basada en la justicia". En el estreno de Sánchez Dragó al frente de Diario de la noche en Telemadrid, Ortega Lara se ha mostrado "radicalmente contrario a la negociación con ETA" y ha recordado cómo el día de su liberación le dijo al ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, "entiendo que su Gobierno no haya negociado".
José Antonio Ortega Lara.
(Libertad Digital) El funcionario de prisiones que perdió 532 días de su vida enterrado vivo en un zulo por la banda criminal y asesina ETA ha eludido la aparición en los medios de comunicación durante más de nueve años desde que la Guardia Civil le rescatara de aquel tormento. Pero la situación de persecución que viven las víctimas del terrorismo a día de hoy ha sido un acicate lo suficientemente fuerte como para que José Antonio Ortega Lara haya decidido enfrentarse cara a cara a sus fantasmas del pasado y haya concedido una entrevista en un medio de comunicación para hablar de su secuestro y para manifestar su oposición a la negociación con los terroristas y su convencimiento de que la paz ha de llegar de mano de la Justicia porque si no, “nuestras libertades quedarían al descubierto”.
 
El amor a su familia, la fortaleza de su fe católica y la rectitud de sus costumbres fueron los tres pilares sobre los que Ortega Lara dejó su conciencia y su cordura, lo único que le permitió mantener la esperanza y las ganas de vivir durante un secuestro que se prolongó durante demasiados meses. Y se apoyó en esas costumbres porque “sabía que mi secuestro no era por dinero” e igualmente estaba convencido de que “mi gobierno no iba a negociar” de hecho, ha dicho Ortega Lara "si hubieran negociado por mi ahora tendrían que estar negociando por muchos otros". Recordando estas convicciones que le permitieron seguir adelante y no dejarse morir enterrado en aquel nicho enrarecidamente ventilado, Ortega Lara le recordaba a Fernando Sánchez Dragó, cómo el día de su rescate, primero le llevaron hasta un hospital para examinarle y a continuación le condujeron hasta el cuartel de Intxaurrondo. Allí le esperaba el ministro del Interior del Gabinete de José María Aznar, Jaime Mayor Oreja. Lo primero que Ortega Lara le dijo al estrecharle la mano fue “entiendo que su gobierno no haya negociado”.
 
Muy entero ante las cámaras de Telemadrid, Ortega Lara ha dejado bien claro que “no se puede negociar, no se puede ceder al chantaje terrorista”. Sánchez Dragó le ha preguntado si hubiera asistido a la manifestación convocada por UGT tras el atentado de Barajas y si asistiría a la del próximo día tres convocada por el Foro de Ermua. La respuesta de Ortega Lara ha sido tajante “yo estaba de acuerdo con el lema de la manifestación anterior porque, por la paz y contra el terrorismo estamos todos, pero yo voy más allá, yo estoy radicalmente en contra de la negociación con los terroristas”. Para el funcionario de prisiones, si se cede al chantaje terrorista nos quedamos sin Estado de Derecho y “sin Estado de Derecho, nuestras libertades quedarían al descubierto y eso no sólo nos perjudica a nosotros sino también a nuestros hijos”. En este punto, Ortega Lara ha confesado no saber si el terrorismo terminará algún día pero “espero y deseo que termine pronto”.
 
Se sentía vigilado y llegó a ensayar su propio suicidio
 
El 17 de enero de 1996 José Antonio Ortega Lara llegó de trabajar y en el garaje le estaban esperando dos terroristas. Uno de ellos, cuando el funcionario de prisiones se bajó de su coche y se acercó al maletero a sacar su neceser, le apuntó con una pistola y le dijo, “estate quieto o te mato”. Recordando el momento de su secuestro ha contado cómo, empujó hasta dos veces a los dos terroristas, y cómo no pudo hacerlo una tercera. A continuación le metieron en el coche y trataron de sedarle. José Antonio no se dejó.
 
A escasos metros de su casa, y secuestrado ya en su propio coche, esposado y vendado, el vehículo se detuvo y le cambiaron a lo que él cree que era un camión. Fue en ese momento cuando uno de los terroristas exclamó “¡Ya está! ¡Este cabrón cuanto trabajo nos ha dado!”. Esa frase no se ha borrado de la cabeza de un Ortega Lara visiblemente recuperado y que en poco recordaba aquellas imágenes en las que aparecía asomado al balcón de su casa con su hijo en brazos, desnutrido y con una barba muy descuidada.
 
En su primera entrevista a un medio de comunicación, Ortega Lara ha contado cómo era su rutina dentro del zulo. “Procuraba hacer ejercicio todos los días, leer y rezar, rezaba hasta nueve rosarios al día”. También “leía cuando me dejaban la prensa, que siempre llegaba dos o tres días retrasada” y “escribía de vez en cuando”. Aquel habitáculo “tenía una puerta por lo que no se salía, pero por donde ellos entraban” y “una ventana plegable por donde me pasaban la comida y dos garrafillas, una para el orín y otra para las heces”. En cuanto a la alimentación, acabó por comer sólo frutas y verduras porque las digería bien, ya que otros alimentos le provocaban fuertes dolores intestinales.
 
Durante su cautiverio sufrió de dolores de cabeza y algún que otro constipado. También hablaba con los terroristas que le llegaron a decir que el secuestro no iba contra él como persona pero sí “como miembro de las fuerzas represoras del Estado español que habíamos invadido euskalherría”. Sobre su secuestro afirmó que “pensé que si ETA venía a por mi me pondría una bomba o me pegaría un tiro en la nuca, pero nunca pensé en un secuestro”. Ortega Lara permaneció en un zulo de 2,40 metros por 1,70 durante 532 días.
 
Durante la entrevista también ha recordad cómo un día, preguntó a uno de sus captores “si yo tuviera doscientos millones de pesetas, a lo mejor se hubiera solucionado ya, y me dijo: seguro que eso hubiera ayudado, y ahí quedó eso”.
 
Conforme pasaban los días la desesperación era mayor. Cuando se enteró de que habían detenido a un miembro de la banda terrorista “pensé que lo mío no tenía solución”. Durante los últimos días de su prolongado secuestro, cuando quedaban escasamente cuatro o cinco jornadas para que la Guardia Civil encontrara definitivamente el nicho en el que había estado enterrado, el funcionario de prisiones estuvo a punto de desfallecer. Ortega Lara ha confesado que “psicológicamente estaba muy mermado y en esos momentos me sentía culpable de la situación de mi familia, de mis compañeros” por eso creyó que “si estos no me matan, tendré que poner yo fin a esto”. Con el objeto de quitarse la vida trenzó con cuidado unas bolsas de basura para construir una cuerda y ahorcarse dentro del zulo. Llegó incluso a ensayarlo, “tomando las debidas precauciones para que no fallara”, pero “para un católico pensar en el suicido es muy duro”.
 
También ha reconocido que, conscientemente sabe que sufre “un poco de síndrome de Estocolmo” porque “ellos eran el único contacto con el mundo que tenía y por eso, aunque te resistas, es inevitable sentir un poco” y ha recordado cómo cuando salió del zulo no sentía un odio especial contra sus captores y “cuidadores” sino más bien contra “aquellos que les habían mandado secuestrarme”.

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