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Road Movie, por Luis del Pino

 

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(Luis del Pino) Sevilla, Santa Coloma, País Vasco, Guantánamo... Como en una road movie, los protagonistas nos van dejando ver, fotograma a fotograma, sus miserias. Como fondo, un paisaje siempre cambiante, pero siempre igual a sí mismo, que sólo se atisba a través de la ventanilla de los medios, en la que a veces se refleja la cara de un argelino huido, a veces se adivina el perfil de un delincuente sevillano y a veces se proyecta alguna silueta que recuerda vagamente al Fiscal General del Estado.

La tensión del drama psicológico va in crescendo, pero el argumento de la película no se termina de comprender del todo. Parece desprenderse del guión que los ocupantes del vehículo persiguen a alguien, o son perseguidos por alguien, que tiene cara de juez estrella y que lleva en brazos a un mono del Amazonas. Y que un coche de policía participa de la persecución, sin saber muy bien quién persiguen a quién, o si todos persiguen a todos.

El Fiscal General del Estado se ha descolgado hoy con una brutal andanada contra la Policía en la que se adivina, sin embargo, que el destinatario último de las diatribas no es otro que Garzón. El argumento esgrimido –peregrino donde los haya por venir de quien viene, como muy bien se ha encargado de recordar Rosa Díez– es que la Policía no contribuye de la forma debida a la lucha contra el entorno de ETA, porque sólo obedece las órdenes que el juez Garzón emite. Doble mensaje, pues, de Conde Pumpido, que deja entrever que Garzón dispondría de una guardia pretoriana que escapa al control de la propia Fiscalía General del Estado y que esa cohorte policial estaría deliberadamente obstaculizando la lucha contra el terrorismo.

Esa descalificación de la labor policial resulta completamente inaceptable en quien ostenta uno de los más importantes cargos de la administración de justicia. Pero, para dejar claro que no se trata de un calentón, Conde Pumpido ha insistido en sus ataques, culpando también a la Policía de la fuga del jefe mafioso responsable del asalto y agresión a José Luis Moreno. Demasiada mierda lanzada en demasiado poco tiempo como para no sacar la conclusión de que las navajas han salido a relucir. Y que tiene que existir un buen motivo.

Como también deja claro la ofensiva del Fiscal que algunos de los episodios más sonados, más inesperados, que hemos vivido en estas últimas semanas pueden tener detrás una cierta lógica, un hilo conductor, que parece arrancar de las sentinas de la operación Gürtel y, tras atravesar el inmenso fiasco sevillano en el que se ha puesto a la Policía a los pies de los caballos, desemboca en la tocata y fuga de Santa Coloma, en la que quien ha quedado a los pies de los caballos es el Ministerio de Interior.

Cobran sentido, a la luz de esta guerra ya pública, muchas fotografías. La de la dura oposición de la Fiscalía de la Audiencia Nacional a que Garzón disparara, por elevación, hacia la tesorería del Partido Popular. La de la filtración de las conferencias neoyorquinas del internacionalizado juez. La de un Garzón insinuando desde allende los mares que si iban a por él podría sentirse tentado de hablar. La de una cacería que termina retratando a Garzón y a sus amigos y acabando con la carrera de un ministro. La de un argelino huido no sabemos por órdenes de quién, pero que es introducido por sorpresa en el juicio de la operación Tigris por la fiscal que cazaba con Garzón. La de un Fiscal General descompuesto, lanzando mensajes que denotan que alguien ha acusado algún golpe. La de un Garzón que atesora, guardado en su caja fuerte, el sumario de un chivatazo que duerme el sueño de los justos desde hace ya demasiado tiempo.

Lo que pasa es que las conclusiones que se extraen de ese enfrentamiento entre dos sectores nos devuelven una imagen de la realidad que nada tiene que ver con aquella a la que estamos habituados, como si el director de la road movie hubiera decidido emular a Orson Welles y cavar en el suelo del estudio, para obtener ángulos de cámara imposibles. Una nueva realidad en la que la Fiscalía General del Estado hace de parapeto para evitar que el río de la operación Gürtel se desborde y termine salpicando a la cúpula popular. Una realidad en la que varios ministros socialistas juegan en bandos distintos. Una realidad donde los medios se convierten en armas de doble filo que dos sectores enfrentados utilizan para asestarse mandobles simultáneos.

Una realidad tan extraña y, a la vez, tan cargada de sentido, que no podemos evitar, aunque el guión no se entiende, quedarnos clavados en el asiento, hipnotizados, esperando a averiguar cómo termina la película.

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