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Enrique Navarro

Siete razones por las que los británicos votarán por el Brexit

El temor no es el Brexit, es el contagio, porque en una Europa sin los recursos de antaño, ser miembro del club comienza a ser muy gravoso para las economías más desarrolladas.

El próximo 23 de junio, el Reino Unido votará un referéndum histórico para refrendar el acuerdo con la Unión Europea al que llegó Cameron in extremis para salvar la permanencia en la UE, o para abandonar la Unión Europea. Muchos han sido los llamados a mantener el statu quo, desde el continente y también desde la Casa Blanca. Pero si todo el mundo parece coincidir en que el Reino Unido debería permanecer en la UE, ¿por qué a día de hoy está más cerca de votar no a la Unión Europea?

El acuerdo alcanzado el pasado febrero para evitar el Brexit, vendido como una gran victoria por Cameron, en el fondo no añade nada nuevo. La propuesta que Bruselas ofreció al Reino Unido es la posibilidad de veto a la normativa europea, pero solo en los temas referentes a la subsidiariedad, y siempre y cuando haya consenso de al menos el 55% de los estados miembros. Esto ya lo tiene hoy en día, ya que lo que excede de las competencia de la Unión Europea es lo único que puede vetarse. La petición razonable de Cameron de negar ayudas sociales a quienes no han trabajado y pagan impuestos durante al menos cuatro años, ha sido sustituida por un mecanismo de freno de emergencia que es una entelequia que nunca va a operar.

Los favorables a la continuidad en la Unión Europea argumentan que el comercio con el continente se ha incrementado en un 55% en los últimos veinte años, ayudando a mejorar la productividad. Esto es tan cierto como que también ha crecido el comercio del continente con la Isla; y que además también han crecido otras relaciones comerciales bilaterales del Reino Unido. Las empresas no van a dejar a exportar o importar porque los británicos no opten por la permanencia.

Algunos aducen que el coste para el Reino Unido no es tan grande, apenas unos 15.000 millones de euros al año a cambio del acceso al Mercado Europeo. Pero cuando esto se convierte en un problema con cuestiones como las ayudas sociales o la inmigración, cualquier precio resulta excesivo. Se argumenta desde Bruselas a favor de la continuidad, que el Reino Unido dentro de la Unión tiene uno de los mercados menos regulados; pero si esto es bueno para el Reino Unido ¿porqué no es bueno para todos los demás? Se dice que una eurozona fuerte dictaría la política económica del Reino Unido sin capacidad de participar en las decisiones; lo que no es tan obvio, ya que no parece dominar la de Suiza siendo mucho más pequeña o la de Noruega.

Muchos esgrimen que la salida de Reino Unido sería un golpe mortal para aquellas élites europeas que confían en que la paz y prosperidad de Europa pasa por la integración de todos. Esta es una cuestión intelectual. Una Europa sin límites geográficos, culturales o políticos es una utopía muy peligrosa. El Reino Unido se ve mucho más lejos de Turquía o Bulgaria que de Estados Unidos y Australia, y en el mundo globalizado las distancias cada vez importan menos.

Pero por muy relevantes que sean estos argumentos, no son los que más pesarán en la decisión. En el fondo lo que late en esta votación es el euroescepticismo, que siempre fue muy relevante en la isla. Lo que los británicos van a decidir es su modelo de vida y convivencia para el futuro, y esto trasciende a los intereses del continente. Pero analicemos las que a mi juicio son las razones que conducen a que a día de hoy la opción del Brexit sea mayoritaria.

En primer lugar hay una razón histórica; con Unión Europea o sin ella el Reino Unido siempre ha estado en Europa y con los europeos; no obstante en su escudo el lema es "Dieu et mon droit". Durante dos guerras mundiales y en multitud de conflictos se tejieron alianzas que permitieron la salvaguarda de la democracia y la libertad en Europa. Pero hasta la liberación de Europa del nazismo no fue tarea fácil, cuando ingleses y americanos dejaron miles de vidas en Francia, mientras que De Gaulle se debatía en un chauvinismo que recelaba del esfuerzo aliado obligando a la armada británica a hundir la flota francesa en el Mediterráneo. Prueba de la ingratitud fue la salida de la Francia de De Gaulle de la estructura de defensa occidental y cómo años después De Gaulle se salía de la alianza militar para la defensa de Occidente. Nadie puede acusar a Inglaterra de ser insolidaria con Europa y con la democracia, cuando ha sido la reserva de la libertad cuando está se ha visto realmente amenazada. El compromiso del Reino Unido con Europa se puede comprobar en los cementerios de Normandía.

El Reino Unido sufrió en sus carnes el socialismo de los años sesenta y setenta: la creciente intervención en la economía, el poder sindical desmesurado y los impuestos que ahogaron el país. En medio de todo este caos económico se produjo la integración en la Unión Europea en 1973 a las puertas de la crisis del petróleo. Apenas seis años después, el Reino Unido votaba por su mayor euroescéptica, Margaret Thatcher. Durante los años ochenta Reino Unido pasó de ser un país en retirada a convertirse en un líder mundial en el terreno político, estratégico cultural y económico. Pero no fueron las políticas que abandera la Unión Europea las que produjeron la transformación. Fueron el cierre de minas improductivas y el pulso con los sindicatos que perdieron toda su capacidad de determinar la política social y económica del país que le había conducido a una profunda recesión. También las privatizaciones de empresas públicas, desmontando todo el entramado burocrático nacido en 1945. Se vendió la empresa de gas de la que casi dos millones de británicos compraron acciones; telecomunicaciones, líneas aéreas, etc. Sin duda, este cambio de manos fue un motor turbo en la reactivación económica. Convirtió a los arrendatarios de viviendas sociales en propietarios, en contra de la opinión de la izquierda que obviamente prefería aparecer como el benefactor que alquila casas baratas a los necesitados generando una dependencia psicológica del aparato del estado. Con esta decisión, la cultura de la propiedad se extendió por todo el país y el porcentaje de casas en propiedad pasó del 55% al 67%.

La apertura de la City a firmas de todo el mundo convirtió a Londres en la capital financiera del mundo generando un Big Bang económico sin precedentes. Hoy en día los actores de la City prefieren el modelo de Hong Kong al de Bruselas, porque sus recursos proceden de todas las zonas del mundo. Este activo, esencial para determinar la posición de Reino Unido en el mundo, estaría en cuestión si las medidas de control que se pretenden imponer en Europa a las transacciones financieras triunfan. Los británicos tienen memoria, y lo que perciben en la Unión Europea es el regreso a todas aquellas políticas que les llevaron al desastre.

La tercera razón tiene que ver con el modelo de vida que quieren los británicos. Su mercado de trabajo está mucho más cerca del norteamericano que del europeo, y además los resultados con una baja tasa de paro a pesar de datos de crecimiento muy modestos muestran que cualquier cambio en el modelo actual amenazado por la legislación social europea, por la inmigración, y el gasto social desmesurado, llevaría a la economía británica a las colas del desempleo.

La Unión Europea tiene hoy cuatro pilares: la moneda común para los países del Euro, la política agraria común, la política de solidaridad interregional, y una normativa muy intervencionista en materia de derechos laborales, política de migración, fronteras, control judicial de los gobiernos nacionales, energía y medio ambiente; en definitiva, un amplio paquete de cesión de soberanía. Para el Reino Unido, que permanece fuera del Euro, los demás pilares son negativos a sus intereses. Es contribuyente neto de la Unión y ni le interesa la PAC ni la solidaridad interregional y no digamos la cesión de soberanía.

El único argumento sólido que se ofrece desde el punto de vista económico sería el impacto en el comercio, al ser parte del gran mercado interior europeo. Esto podría ser válido hasta hace unos quince años, cuando cada país tenía su moneda. Hoy hay un solo gran mercado interior que es el del Euro, y quien no está en la moneda única y permanece en la Unión, está en un mercado secundario. Creo que no habría interés por ninguna parte en poner barreras al comercio entre Reino Unido y Europa; ni Alemania que tiene en Reino Unido a un gran cliente, ni a Reino Unido que exporta gran parte de su producción a Europa le convendría. Además, la continua liberalización del comercio internacional abonan la idea de que la Unión Europea ya no es un área de preferencia comercial exclusiva y que vamos camino de una apertura mundial del comercio.

Existe una gran presión de los mercados financieros por tener un Hong Kong o un Singapur europeo, que sea foco de atracción de los capitales de Extremo Oriente ante la compleja situación económica de China y sus vecinos. Una menor regulación en el sector financiero, una política fiscal más atractiva, un idioma universal, convertirían a Londres en la principal plaza financiera del mundo por encima de Nueva York. Un objetivo muy ambicioso que transformaría la economía británica. Que Reino Unido se convierta en la capital financiera del mundo, independiente de poderes externos, es un bocado demasiado apetitoso para las grandes empresas y entidades financieras del mundo.

Finalmente, la coyuntura mundial y el complejo entramado de intereses no abonarían en caso del Brexit una ruptura sino un nuevo marco de entendimiento. Reino Unido, obviamente, perdería muchas ventajas políticas y comerciales. Pero Europa también sufriría tener un vecino competidor que crece mientras que Europa languidece.

Pero la mayor amenaza que supondría el Brexit es que los burócratas que dirigen la Unión Europa vean como su insostenible modelo hace aguas frente a una economía que mantiene tasas de desempleo muy bajas; una posición financiera envidiable y unas políticas liberales que atraen la inversión. El temor no es el Brexit, es el contagio, porque en una Europa sin los recursos de antaño, ser miembro del club comienza a ser muy gravoso para las economías más desarrolladas y más Estados pueden ver atractiva una decisión similar.

El Reino Unido no se encuentra a gusto en la nueva Europa; primero porque no comparte el proceso hacia la integración política. Segundo, porque Europa, con una Francia cada vez más débil y actuando de comparsa de Alemania, con un Sur con grandes problemas estructurales, es Alemania y sus intereses europeos, que están más cerca de Ankara o Moscú que de Londres. Cameron va a las reuniones de Bruselas y se encuentra tres bloques; los del Sur,l que no han definido un modelo económico y social sostenible; Alemania y sus adláteres nórdicos, austriacos y holandeses, que dominan la economía y el Banco Central, y los países del Este, más preocupados en recibir subvenciones y en un respaldo militar frente a la amenaza rusa. Ante este panorama, ¿ Por que Reino Unido va a estar mejor defendido dentro de esta Euroalemania que siendo una potencia independiente cuyo PIB podría igualar al alemán en apenas dos décadas si se mantienen los ritmos actuales de crecimiento?

Para los europeos, lo peor de la salida del Reino Unido es que quedamos en manos de políticas socialdemócratas combinadas con la austeridad presupuestaria y ésta es la mejor manera de hundir al continente, ya que todos los recursos productivos acabarán transfiriéndose hacia lo improductivo para alargar la agonía del sistema de protección social. Mi única inquietud es si después del Brexit los españoles podríamos pedir el ingreso en la Commonwealth. Quizás nos fuera mejor.

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