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Javier Arias Borque

Una derrota anunciada o por qué los talibanes han tomado Afganistán y los occidentales huyen

El reto de Afganistán ha sido muy superior al que cualquier sociedad occidental, rica y pudiente, está dispuesta a aguantar o a tolerar.

El reto de Afganistán ha sido muy superior al que cualquier sociedad occidental, rica y pudiente, está dispuesta a aguantar o a tolerar.
Uno de los líderes talibanes en la ciudad de Kandahar (Afganistán) | EFE

Afganistán ya está en manos de los talibanes. Todavía no tienen el control absoluto de Kabul y no controlan el 100 por 100 del territorio del país, pero la estructura de Estado diseñada por Occidente durante dos décadas se ha desplomado como un castillo de naipes en apenas unas semanas. Algo que no sorprende. Es la crónica de una caída anunciada. Entre otras cosas, porque Afganistán nunca ha sido un estado como los que concebimos los occidentales.

Estados Unidos, la OTAN y una serie de países aliados intervinieron en Afganistán en 2001 por los atentados terroristas del 11-S. Los talibanes protegían a Osama Ben Laden, que se había convertido en el enemigo público número uno, y por eso había que acabar con ellos. Y se lanzaron sobre el terreno sabiendo que otras grandes potencias como la Unión Soviética o el Imperio inglés habían sucumbido en los desiertos afganos.

La persecución contra los talibanes se extendió por todo el país, aplaudida en Occidente por los traumas causados por el 11-S y las brutales imágenes que llegaban de la aplicación de su dogmatismo islámico: amputación de miembros del cuerpo por delitos menores; ejecuciones y lapidaciones públicas; prohibición de la música, el cine o la televisión; o la obligación del burka para las mujeres, que no podían ir a la escuela más allá de los diez años de edad.

Los talibanes llegaron a estar acorralados en las montañas. Pero su desaparición final nunca llegó a estar cerca, pues las zonas rurales tienen una cosmovisión más cercana a la de estos fundamentalistas que a la de los occidentales. Iniciaron una guerra de guerrillas durante años. Los ciudadanos occidentales, distraídos en otros menesteres, empezaron a olvidar quiénes eran los del turbante negro y solo atendían a noticias fugaces sobre los féretros que llegaban a sus países.

Los talibanes lo tuvieron claro, sabían que si aguantaban y enquistaban la guerra terminarían ganando. Hay un proverbio árabe, que se usa prácticamente desde el Sáhara Occidental a la propia Afganistán, que dice que los occidentales tienen los relojes pero que ellos tienen el tiempo. Las sociedades occidentales tienen prisa para todo, necesitan resultados inmediatos, y los talibanes sabían que ahí estaba la debilidad occidental. Porque Afganistán, con gran parte de su territorio anclado prácticamente en la Edad Media, no es país para resultados inmediatos.

Occidente y la opinión pública

La guerra de Vietnam puso de manifiesto que la opinión pública de los países occidentales puede hacer perder una guerra, aunque su país fuera venciendo con mucho esfuerzo, porque el número de féretros o el dinero invertido es excesivo. Los féretros enturbian las idílicas vidas occidentales y el excesivo gasto reduce la calidad de vida. Y muchos grupos rebeldes o insurgentes tomaron nota. Sobre todo cuando los países donde se produce la intervención nunca han tenido una estructura formal de Estado. La Somalia de 1991 era el espejo en el que mirarse.

Antes de 2010 la guerra de Afganistán empezó ya a lastrar política y económicamente a los países implicados. Los ciudadanos occidentales ya no recordaban ni por qué se estaba allí y tampoco les importaba porque empezaban a vivir en una crisis mundial sin precedentes. Y fue en ese año cuando hubo consenso en que había que empezar la retirada. Comenzó a hablarse entonces del ‘proceso de afganización’.

Un proceso que consistía en idear un plan para comenzar una retirada masiva de tropas del país y empezar a dejar la gran mayoría del mismo bajo el control del Ejército Nacional Afgano, que se había estado adiestrando durante más de una década. No importaba que su nivel de adiestramiento real fuera muy bajo por la actitud de los propios reclutas afganos, o que se obligase a empezar a funcionar hasta el extremo a unas administraciones locales totalmente ineficaces, incompetentes y corruptas.

No importaba que buena parte de los militares afganos desaparecieran durante meses de sus acuartelamientos. Algunos porque no les apetecía ir. Otros porque durante meses se pasaban al enemigo talibán porque pagaba mejor salario. Otros porque se iban a la recolección de la amapola –con su savia se hace el opio y la heroína–, lo que suponía acceder a mucho mejor sueldo sin tantas exigencias físicas.

El ‘proceso de afganización’

Ése fue el momento clave. Cuando entró en escena el ‘proceso de afganización’. Los talibanes comprendieron que ya habían ganado la guerra, solo tenían que esperar un poco más a que madurase la indiferencia occidental. La alarma de los relojes aliados ya había sonado y ellos tenían todo el tiempo del mundo para esperar a que la fruta madura cayera del árbol. Y 2013 fue la siguiente fecha de referencia para la victoria talibán. Fue el año de la gran retirada de tropas occidentales de este país asiático.

Estados Unidos llegó a tener en su pico máximo cerca de 110.000 efectivos en Afganistán. Fue en los años 2010 y 2011. En 2014, tres años después, no llegaba a los 25.000 efectivos. Un año después, en 2015, no superaba los 10.000 militares. España llegó a tener en su pico máximo casi 1.500 militares desplegados en las provincias de Herat y Bagdhis. Desde 2014 el despliegue español se limitaba a 24 militares y 2 traductores en Kabul.

La gran retirada de tropas internacionales provocó la reaparición de los talibanes, que llevan años ganando terreno en las zonas rurales del país. Llevan años combatiendo con un ejército afgano que podía limitar el terreno que perdía porque seguía contando en combate con el apoyo de la aviación internacional. Pero este resurgir talibán no frenó la decisión de Occidente de retirarse definitivamente del país.

Tan fuertes se vieron los talibanes, y tan confiados estaban en su victoria final, que abrieron en Doha (Qatar) una embajada diplomática con la excusa de las negociaciones que el débil Gobierno de Kabul intentó entablar con ellos para que no recuperasen el país tras la salida de las tropas occidentales. Por ella han pasado estos años muchos enviados de gobiernos sin escrúpulos que ven a estos fundamentalistas islámicos como interlocutores válidos.

No es guerra para sociedades ricas

El reto de Afganistán ha sido muy superior al que cualquier sociedad occidental está dispuesta a aguantar o a tolerar. Las sociedades pudientes no están preparadas para una guerra de larga duración por simples conceptos como democracia, libertad o derechos humanos. Por eso el calendario de retirada y salida definitiva se ha mantenido pese a que los talibanes llevan los dos últimos años avanzando lentos pero constantes en las zonas rurales.

Donald Trump y el resto de líderes de la OTAN ultimaron un plan de salida inmediata pese a que sabían perfectamente que Afganistán estaba condenada a caer bajo el yugo talibán. Y ni Joe Biden ni ningún otro líder aliado ha sido capaz ahora de cambiar una sola coma del plan establecido. Afganistán ha sido un gran problema para los países occidentales. No querían ni quieren estar desde hace demasiado tiempo.

Por eso los talibanes llevaban meses acercándose poco a poco a las capitales de provincia y preparando su gran ofensiva final. Por eso en menos de diez días el país está a punto de caer en sus garras. Sobre todo ahora que los militares afganos no tienen ningún tipo de apoyo aéreo internacional que les ayude cuando vienen mal dadas en el campo de batalla. Todo se ha derrumbado como un castillo de naipes y Occidente sabía que iba a suceder, aunque tal vez no con tanta celeridad. Tal vez pensaron que les daría tiempo a irse antes de que la reconquista talibán llegase a estos niveles. Y tal vez pensaron que iba a pasar inadvertido para la opinión pública internacional.

Afganistán es un gran fracaso para Occidente, pero es que a sus líderes no les da ningún rédito electoral ni social en sus países. Más allá de unos telediarios aquí o allí, o unas portadas de periódicos aquí o allá, a los ciudadanos occidentales solos les importa ya el beneficio inmediato y su calidad de vida. Occidente ha perdido sus valores y no le importa perder también su crédito internacional. Mientras tanto, China, que está en un juego distinto, ya ha tenido su primer encuentro con los líderes talibanes.

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