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Javier Arias Borque

Un año de la catastrófica derrota de Occidente en Afganistán, a las puertas de otra similar en Mali

Occidente ayuda a los países hasta que el gasto resta calidad de vida a sus poblaciones, momento en el que se emprende la huida sin mirar atrás.

Occidente ayuda a los países hasta que el gasto resta calidad de vida a sus poblaciones, momento en el que se emprende la huida sin mirar atrás.
Cartel con las caras de los líderes talibanes en Mazar-e Sharif. | Cordon Press

El 15 de agosto de 2021 los primeros talibanes entraban en Kabul. La resistencia de la ciudad no fue más que de unas horas. Cristalizaba así la toma de un país cuyas estructuras de Gobierno se habían mantenido apuntaladas durante dos décadas por los efectivos militares de Occidente y que, en cuanto se puso fecha exacta a la retirada de las mismas, se desplomó como un castillo de naipes. El esfuerzo de veinte años dilapidado en unas pocas semanas.

El colapso de Afganistán fue tan brusco que cazó a los propios aliados en pleno proceso de retirada. Las imágenes de las tropas internacionales tratando de gestionar esa salida del país atrincherados en el aeropuerto de Kabul, previo pacto con los talibanes, recorrieron el mundo. A las puertas de la instalación aeroportuaria, decenas de miles de afganos trataban de huir desesperados del regreso a un pasado de pesadilla.

Afganistán ha vuelto a ser en los últimos meses lo que durante dos décadas pareció un mal sueño, lo que parecía ya acabado y se venía desde la distancia. Han vuelto las ejecuciones públicas, las lapidaciones de mujeres por comportamientos incorrectos, las amputaciones de miembros del cuerpo por delitos menores, la obligación del burka para las mujeres en cuanto salen de sus hogares o la expulsión de las niñas de las escuelas a partir de los 10 años.

Los barbudos de la policía religiosa, a sueldo del Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio, controlan que nadie se salga de la senda de prohibiciones sociales que impone su versión rigorista del Islam. Controlan la longitud de las barbas de los hombres, que las mujeres no se rían en público o que vayan siempre acompañados de un varón responsable, que el alcohol no satanice la sociedad o que la música, el cine y el deporte ejerzan el mal sobre los afganos.

Este fin de semana, un grupo de mujeres se manifestó en las calles de la capital exigiendo que se respeten sus derechos. Esos derechos que tuvieron durante los veinte años de presencia militar occidental en el país. Querían recuperar su derecho al trabajo -los talibanes sólo permiten que desempeñen profesiones limitadas como la medicina o la enfermería para atender exclusivamente a mujeres- y que vuelva la educación secundaria femenina. El acto fue disuelto a tiros.

En los países occidentales la población sigue llevándose las manos a la cabeza por cómo se ha abandonado a un pueblo que sigue teniendo, en buena parte, ansias de libertad y de un futuro próspero. Por cómo se ha permitido que buena parte de los habitantes de Afganistán vuelvan a la Edad Media en cuestión de meses o cómo las mujeres vuelven a una vida en la que su importancia, más allá de la labores de reproducción, es equiparable casi a la de un mueble de lujo.

Es la misma población occidental que en cuanto estalló la crisis económica de 2008 empezó a exigir a sus gobernantes que dejasen de dilapidar dinero en la aventura afgana, que no se destinasen más recursos a un despliegue militar que parecía no tener fin y que se pudiese fecha de caducidad a la aventura afgana. Es el nuevo sino de Occidente: ayudar a los países hasta que el gasto resta un ápice de calidad de vida a sus poblaciones, momento en el que se emprende la huida sin mirar atrás.

La derrota aliada en Afganistán puede no ser una excepción. Hace tiempo que se empieza a fraguar una situación similar en Mali, donde los países occidentales llevan más de una década con sus militares desplegados para tratar de evitar que los grupos yihadistas del Sahel se hagan con el control del país. Allí ha habido misiones militares bajo bandera de la Unión Europea, Francia, las Naciones Unidas y la Unión Africana.

La situación es catastrófica. La injerencia rusa ha provocado que el Gobierno maliense dé un giro radical a su política contra el terrorismo y dé de lado a sus acuerdos con los países occidentales. Las tropas francesas que evitaron en 2012 que los yihadistas tomasen Bamako han abandonado el país y la misión de adiestramiento de la UE está paralizada desde abril. Allí hay 1.100 militares europeos -casi la mitad de ellos, españolas-, sin saber qué hacer. También se han retirado varios países que aportaban tropas al despliegue de la ONU.

Frente a esto, el Gobierno de Mali, con el apoyo de su nuevo aliado preferente -Rusia- y de cientos de mercenarios del grupo Wagner, son incapaces de mantener posiciones y van perdiendo día a día el terreno que consiguieron recuperar los franceses y ayudaron a consolidar la UE y la ONU. Es muy posible que estemos a pocos meses de la salida de las tropas occidentales del país africano para que vean desde la distancia cómo los yihadistas terminan por controlar el país en unos años.

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