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Enrique Navarro

La guerra es inevitable

La guerra en Europa y en Asia es inevitable, salvo que alguien presida EEUU y decida mirar hacia otro lado y repartirse el mundo con el totalitarismo.

La guerra en Europa y en Asia es inevitable, salvo que alguien presida EEUU y decida mirar hacia otro lado y repartirse el mundo con el totalitarismo.
La destrucción de la guerra de Putin en Mariupol | Flickr/Dominio público/Just Click's With A Camera

Hace unos mil quinientos años los bárbaros, sin bagaje cultural o jurídico, sin la menor restricción moral y haciendo de la violencia su forma de vida, acabaron con el refinado y rico imperio romano. Quinientos años de una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad, que convirtió a los seres humanos en ciudadanos y sujetos de derechos, fueron fulminados de la faz de la tierra por su incapacidad de encontrar mecanismos para continuar progresando y prosperando. La ruina del imperio o su agotamiento permitieron que unos cientos de miles de bárbaros que nunca habían leído a Jenofonte o a Julio César, acabaran con el mayor poder del mundo en aquel momento, poniendo en cuestión los fundamentos del Imperio hasta la Ilustración, mil años después.

Europa ha sido un campo de batalla desde los tiempos de Julio César hasta la actualidad, si exceptuamos los años que abarcan desde la caída del muro de Berlín a la invasión de Ucrania, apenas treinta años. El drama colectivo de la Segunda Guerra Mundial convenció a los líderes europeos occidentales de que la democracia y la unión política, económica y cultural serían suficientes baluartes para garantizar la paz, pero se nos olvidó que en un mundo mucho más globalizado que nunca, la mayor parte de la población vive en regímenes autoritarios en los que el terror es la manera de imponer la ley y que son conscientes de que su supervivencia depende de la derrota del mundo libre. Y lo que es más grave, que las fuerzas de combate de estos regímenes están en nuestras fronteras.

La causa última de la guerra de Ucrania no es la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, sino de la democracia liberal al mundo eslavo, supuestamente incapaz de regirse por modelos occidentales. Lo que más han temido los sucesivos gobiernos rusos de la historia han sido las ansias de libertad de su pueblo; a su exterminio físico y político han dedicado la violencia y el terror; y al intelectual, el convencimiento de que el mundo eslavo solo está preparado para ser gobernado por Gengis Khan o Atila más que por un débil gobierno elegido democráticamente por sociedades enfermas que valoran más el bienestar material que intelectual o personal.

En estos meses hemos analizado las posibilidades de victoria o derrota ucraniana, la capacidad de Occidente de resistir al embargo de gas ruso, la fortaleza de la Unión Europea o de la OTAN frente a la agresión, la connivencia de algunos países europeos con la invasión por su propia agenda e incluso las posibles componendas políticas y geoestratégicas que un Trump presidente podría haber acordado con Putin o Xi Jinping para repartirse el mundo, orillando los deseos de una parte importante de la población, pero en este análisis táctico se nos escapa lo fundamental.

En esta semana escuchamos que el presidente de Lukhoil, el mayor grupo petrolero de Rusia, es decir el hombre económicamente más importante de Rusia, ha sido suicidado; y no es el primero ni en Rusia ni en su órbita política donde solo se encasquillan las armas cuando se trata de subvertir una acción judicial o a la oposición política. Hemos visto en las noticias que una joven periodista rusa, crítica con la guerra en Ucrania, de veintitrés años aparecer muerta en una maleta. Y tampoco es la primera. Putin representa el mismo mal y ansia de terror que el nazismo o el estalinismo. La violencia desde el poder se justifica para el mantenimiento de una forma de poder que consiste en el enriquecimiento y vida de lujo de la clase dirigente y en la miseria del resto, enterrando a la Revolución francesa y a los cambios sociales del siglo XX en Europa.

China no es muy diferente; ciudadanos encarcelados o desaparecidos por no querer vacunarse, secuestro organizado de ciudades enteras. Un gobierno, que hace de la ingeniería social su modo de vida, lo que sin duda hubiera sido el sueño de Mengele y que Orwell o Ray Bradbury hubieran descrito de forma magistral, convertirá a la China comunista y autoritaria en la mayor potencia económica del mundo en un par de décadas, lo que no ha ocurrido en la historia de la humanidad desde el establecimiento de la democracia social liberal.

El mundo libre se enfrenta, una vez más, a dos potencias militares con las que no hay nada que compartir porque son nuestra antítesis. Representan todo aquello que tanto nos costó dejar atrás y que se llevó la vida de millones de personas en guerras y represiones y hambrunas provocadas dantescas de las que nadie sobrevivió para eliminar su relato. El «Homo Doble Sapiens» del siglo XXI debería ser incompatible con este modo de vida dirigido desde una élite que basa su elitismo en la ausencia total de empatía.

El mundo en el que estamos no es suficientemente grande para la cohabitación de los dos sistemas políticos, y esto lo saben rusos y chinos hace muchos años. No podemos olvidar que la URSS, desde comienzos del siglo XX y China desde 1949 han organizado todas las guerras, actos violentos, guerrillas subversivas que se han producido en el planeta, con el único fin de eliminar a la democracia occidental y sojuzgar a ese mundo que una vez dominó el mundo por su superioridad moral e intelectual.

La guerra de Ucrania nos ha demostrado dos conclusiones que a veces poníamos en duda: que la libertad es un deseo al que todos los seres humanos aspiran, excepto aquellos que hacen de la ausencia de libertad de los demás su propia libertad; y que es el individuo, con su ilimitada capacidad de innovación y creatividad, el que genera el progreso económico, tecnológico, cultural. El autoritarismo de Putin o de Xin Jinping, no ha hecho mejores a sus pueblos, sino infinitamente peores y más débiles, y esto es gran parte de su peligro.

Con nuestra ayuda, Ucrania puede revertir la situación militar, pero antes de que Moscú aceptara una retirada total de Ucrania, veríamos el reclutamiento de millones de soldados, la movilización forzosa de las fábricas de armas, la convocatoria a China, Irán, Venezuela, Argentina, Argelia y todos sus acólitos, para que envíen sus tropas al frente; y si es necesario, Moscú acudirá a la guerra nuclear antes de ceder, antes de ser derrotados.

Por cada paso que demos en ayuda de Ucrania, los totalitarios darán dos, en un pulso por saber quién se rinde antes, pero Europa tiene mucho más que perder ya que los ciudadanos creemos que las libertades de que gozamos son indestructibles, y que podemos sobrevivir en una ínsula de libertad en un mundo dominado por el totalitarismo, y además salvaguardar nuestro modo de vida. Lamentablemente es una gran falacia. La guerra en Europa y en Asia es inevitable, salvo que alguien ocupe la Casa Blanca y decida mirar hacia otro lado y pactar con el totalitarismo el reparto del mundo, sacrificando la libertad, y todos lo aceptemos como un mal menor.

Lo que está en juego en Taiwán no es si es parte de China o no, sino si los taiwaneses son libres o no; lo que está en juego en Ucrania es exactamente lo mismo igual, su libertad y su derecho a ser lo que son europeos. Si queremos seguir viviendo en el mundo de libertades nacido de la derrota del nazismo y el comunismo, nos veremos abocados a enfrentarnos en el campo de batalla porque Rusia no va a ceder. Pensar en un diálogo o solución con Putin o Xi Jinping sería como pretender negociar la causa judía en Europa en 1940 con Heydrich y Himmler, inútil, peligroso y desmoralizador.

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