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Pedro de Tena

Por un voto insurrecto en defensa propia

En esta España que sufre el gobierno de Pedro Sánchez, se perdió la corrección hace mucho tiempo.

En esta España que sufre el gobierno de Pedro Sánchez, se perdió la corrección hace mucho tiempo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en la sesión de control al gobierno celebrada este miércoles en el Congreso. | EFE

Hace bien poco asistí al estreno de la película Pensamiento insurrecto, en la que el protagonista estelar fue el pensador, amigo y compañero de columnata, Agapito Maestre, ayudado en la difícil faena por dos discípulos, Jorge Casesmeiro y Fernando Muñoz, y dirigidos por el nada convencional Gonzalo García Pelayo. La mejor crónica que puede hacerse de ella es verla. Si no pueden, la crítica más precisa que he leído es la de José Luis Roldán, profesor de Filosofía. La película es un canto a la libertad de pensamiento, al pensador insurrecto y a la nación española y a la hispanidad. Pensamiento insurrecto, le dije al ocupante de la butaca vecina, Gabriel Albiac —otro pensador estilita del que voy a leer En tierra de nadie, sus memorias, para comprobar si cuando joven fue tan idiota como yo—, es una redundancia intencionada porque el pensamiento es insurrección contra la realidad y contra sí mismo o no es. Lo sabe bien porque estudió a Pascal y a Spinoza.

Desde aquel día me ronda por la cabeza la palabra "insurrección" como esas canciones que se clavan en la memoria durante días sin que uno sepa por qué no están dispuestas a someterse al olvido. De no sé qué rincón del alma me asaltaron otras dos palabras relacionadas con su terminación: corrección y resurrección. Comprendí entonces que, entre las tres custodian, el secreto que hace a una persona o a una nación algo digno de respeto por estar provistas de dignidad. No se trata de la felicidad ni del paraíso ni de la utopía. Se trata de la corrección, del comportamiento coherente con las normas que se asumen libremente. Cuando se pierde tal compostura, se hace precisa una insurrección que la resucite y la rescate para el futuro de sus generaciones.

En esta España que sufre el gobierno de Pedro Sánchez, se perdió la corrección hace mucho tiempo. No hablo de la "corrección política", esa dictadura sobre las palabras para propiciar otras tiranías menos livianas. Hablo de la relación entre lo que la nación española asumió libremente en la Transición, esto es, libertad, convivencia, respeto, civilidad y justicia y lo que hoy se practica entre nosotros, la imposición autoritaria, las exclusiones, la desconsideración sectaria, la grosería cuando no la agresión sin más y el robo despiadado de bienes y derechos sin que ningún poder independiente asegure la fuerza del derecho y de la ley. Estamos sufriendo una metamorfosis inquietante que nos puede llevar a la autodestrucción como nación histórica de personas, familias y municipios y regiones libres.

Desde hace mucho se vienen perpetrando graves imperfecciones democráticas, pero desde hace poco estos desacatos se han convertido en insolencias desmedidas cuando no descaradas. No me refiero en este caso a la corrupción derivada de una pésima concepción de la gestión política, que, naturalmente es uno de sus factores evidentes en todos los partidos. Quiero aludir expresamente a que pueda gobernar España un señor que ha mentido y trampeado desde sus principios, desde cuando trató de falsificar votos en el congreso del PSOE a cuando dijo disponer de un comité de expertos que le asesoraba para combatir la Covid 19 o cuando cerró ilegalmente Las Cortes cuando la pandemia o cuando cedió personalmente a Marruecos los derechos de gobierno sobre el viejo Sáhara español sin consultar con el Parlamento o cuando consiente que su esposa haga lo que está haciendo desde el privilegio del dinero público. Material hay para hacer un obeso memorial de agravios a la más mínima corrección democrática.

Estas faltas de adecuación, que no han tenido "correctivos" democráticos inmediatos como hubiera sido necesario, se están viendo superadas por algo mucho peor que es incorreción de unas políticas económicas y sociales que están llevando a los ciudadanos a la ruina económica y a la perplejidad moral. Que la inflación se acerque al 15 por ciento, e incluso más en el carrito de la compra; que en el recibo de la luz los costes topes del gas pueden llegar a suponer casi la mitad de la factura mensual (tengo la mía delante); que los precios del combustible estén donde están o que los impuestos sigan enriqueciendo sus arcas día tras días para que siga beneficiando desde ellas a unas regiones y no a otras por su interés de sobrevivir políticamente. O que nos esté sumiendo en la perplejidad moral a quienes escuchamos a una de sus ministras asumir la posibilidad de que un "niño, niña o niñe" acepte "libremente" ser pasto de pederastas y que eso se transmita en las escuelas e institutos o que los ciudadanos estemos indefensos ante las grandes compañías suministradoras de servicios básicos y sus contratos de adhesión, es insoportable mientras canta su bla, bla, bla contra los ricos.

Por ello, insiste en mi cabeza la palabra "insurrección" desde aquel día. Ya no se trata de ideologías o de tendencias. Se trata de que alguien gobierne con orden, concierto y respeto por los ciudadanos, sus ideas y creencias, y sus valores, tanto de mayorías como de minorías y someter los cambios que se proponen al debate público durante el tiempo suficiente para que puedan madurarse, aceptarse o rechazarse.

Abogo, pues, por el voto abiertamente insurrecto en las elecciones que nos sobrevendrán el próximo año. Necesitamos la resurrección del camino de libertad y tolerancia recíproca que emprendimos en 1978. Para conseguirlo es preciso un voto claramente insurrecto que descabalgue del poder a quienes, como Pedro Sánchez, creen que el Estado son ellos, que España y su historia son suyas y que pueden arruinarnos y envilecernos impunemente. Recuerden y repitan: pensamiento insurrecto y voto insurrecto en defensa propia porque esto ya no hay quien lo aguante.

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