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José García Domínguez

Revuelo en el gallinero independentista

Al ser intercambiables sus votantes, no se pueden separar, so pena de incurrir en riesgos electorales de consecuencias en extremo inciertas.

Al ser intercambiables sus votantes, no se pueden separar, so pena de incurrir en riesgos electorales de consecuencias en extremo inciertas.
EFE

Como ocurre siempre, el revuelo interno en el gallinero independentista acabará en nada. Por alguna razón extraña que quizá algún psicoanalista argentino sería capaz de descubrir, a los nacionalistas catalanes les gusta celebrar los aniversarios de sus grandes derrotas. Y el sábado toca uno redondo: el quinto aniversario del fiasco del procés. De ahí la virulencia estruendosa del guirigay de familia al que asistimos en las últimas horas. Pero la sangre no llegará al río. De hecho, es la propia teatralidad sobreactuada de la confrontación escénica entre apocalípticos e integrados lo que certifica la imposibilidad de que se produzca un divorcio entre ERC y los carlistas de Puigdemont.

Y es que, hoy más que nunca, la base sociológica de los dos grandes partidos del separatismo resulta en gran medida intercambiable. Hace noventa años, a la Lliga le votaban los catalanes con criada, chistera, un piso con ascensor y portero en la Derecha del Ensanche, y un abono anual en el Teatro del Liceo. La Esquerra, por el contrario, era el partido de los horteras autóctonos, los dependientes de comercio igual de muertos de hambre que los de la CNT, pero que miraban por encima del hombro a los obreros porque ellos trabajaban con traje y corbata. Hoy, sin embargo, unos y otros son indistinguibles.

Ahora mismo, la Cataluña indigenista es un gran conglomerado de capas medias en decadencia con niveles de vida y de riqueza muy similares. Las antiguas barreras de clase entre unos y otros (casi) han desaparecido. He ahí, por lo demás, su drama. Porque, al ser intercambiables sus votantes, no se pueden separar, so pena de incurrir en riesgos electorales de consecuencias en extremo inciertas. Esquerra no puede de ninguna de las maneras incurrir en la temeridad de gobernar Cataluña con el PSC, un partido espanyol que votó el 155. Sería como jugarse la vida (en las urnas) a la ruleta. Por su parte, Junts tampoco ignora que su única posibilidad real de tocar presupuesto y repartir jamón entre su gente pasa por seguir emparejados con ERC. Lo dicho, la sangre no llegará al río.

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