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EDITORIAL

El odio patológico de Iglesias contra la Policía

Que un sujeto que ha gozado de protección policial se mofe de las capacidades profesionales y éticas de los agentes delata la catadura del personaje.

El exvicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, odia a los policías. A todos, los de todos los cuerpos, de la Guardia Civil a la Policía Nacional pasando por las policías municipales. Ni lo puede evitar ni trata siquiera de disimularlo. Sus últimas declaraciones sobre los agentes de la Policía Municipal de Madrid reflejan a la perfección ese trastorno obsesivo, una patología que brota a chorros en las arengas, soflamas y consignas que lanza en los medios en los que ejerce como referente "moral" de la izquierda.

Las últimas barbaridades vertidas al hilo del caso de la delincuente Isa Serra contienen elementos más que suficientes para poder ser consideradas un delito. O varios. Así lo entienden los policías municipales y el propio Ayuntamiento. Se ponderan acciones legales contra Iglesias, cuyos mensajes de odio atentan contra la dignidad, crédito e integridad de los funcionarios policiales.

Puede que Iglesias se escude en que pretendía ser irónico, cualidad que tiene la misma relación con sus habilidades retóricas que un huevo con una castaña. Según este individuo, metido ahora a agitador mediático, Isa Serra llamó "zorra" a una agente, la agredió, rompió botellas y quemó varios contenedores de basura en el escenario de un desahucio. El "discurso" continúa con la aseveración de que con cinco mujeres a caballo como la citada, los policías municipales correrían en desbandada y qué él, junto a Echenique y Otegi, quemaría las cabelleras de los agentes en una hoguera en Arralde, el pueblo imaginario de una serie de la televisión autonómica vasca. Y es que el exvicepresidente también se cree un genio del humor, pero del que se practica y triunfa en los tugurios batasunos.

Que un sujeto que ha gozado y goza de protección policial, que tiene un retén de la Guardia Civil en la puerta de su domicilio "oficial" velando por la seguridad de su familia, vierta acusaciones contra la Policía Municipal de Madrid, les acuse de falsificar pruebas y se mofe lerdamente de las capacidades profesionales y la ética de los agentes delata la catadura del personaje, el desprecio profundo por unos hombres y mujeres que darían la vida para salvarle de cualquier peligro. Es la izquierda desnuda, sin velos ni máscaras. Odian a los policías por lo que suponen de seguridad, justicia y respeto por los derechos de los ciudadanos. Llueve sobre mojado. Cuando Iglesias llevaba coleta y presentaba un programa en la televisión de los ayatolás dijo sentir emoción al ver a un encapuchado patear a un agente antidisturbios. Y ahora esto, otra prueba más de las fobias y afinidades del elemento que fundó Podemos y que decía que los escraches eran "jarabe democrático", hasta que notó de lejos y bien parapetado tras agentes de la Guardia Civil protestas ciudadanas contra sus políticas, sus contradicciones y sus discursos de odio.

Lejos de preocuparse por las condiciones en las que los policías hacen su trabajo, por sus lamentables salarios, por la endémica falta de efectivos y medios, todo un exvicepresidente del Gobierno de España condensa todos los tics de la extrema izquierda que dieron cobertura política a los crímenes terroristas y sobre los que cabalga la inseguridad ciudadana o fenómenos como el de los "okupas". Y enlaza también con lo más granado del golpismo catalanista, cuyos elementos más connotados se dicen víctimas de una guerra judicial. Todo mentiras, manipulación y propaganda infecta, noticias falsas de las factorías putinescas e islamistas.

Nadie en el PSOE y mucho menos en el Gobierno ha condenado los mensajes de Pablo Iglesias, y eso responde al hecho de que el líder de Podemos, ahora disfrazado de "comunicador" bajo el amparo de Roures, marca y condiciona las políticas en materia de seguridad del Ejecutivo que preside Sánchez y en el que el ministro de Interior, Grande-Marlaska, no es más que un hombre de paja al dictado de la extrema izquierda, los proetarras y los golpistas catalanes. No son de extrañar, por tanto, las ventajas penitenciarias para los más sanguinarios criminales etarras, las negociaciones con ERC para la "desjudicialización", eufemismo de amnistía para los golpistas pasados, presentes y futuros o la tolerancia con la creciente inseguridad, sobre todo en sus feudos municipales y regionales. No odian el delito y compadecen al delincuente, no. Aman el delito, fomentan la delincuencia, amparan a los criminales, son sus cómplices y muchos de ellos tienen antecedentes.

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