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Carmelo Jordá

Jets privados para decirte que no vueles en clase turista

No dirán ni una maldita verdad, pero todos volverán a sus casas en sus fantásticos jets y seguirán dándonos el coñazo.

No dirán ni una maldita verdad, pero todos volverán a sus casas en sus fantásticos jets y seguirán dándonos el coñazo.
Pedro Sánchez en la cumbre del clima que se está celebrando en Egipto. | Europa Press

Una vez más, una parte importante de los líderes políticos y empresariales del mundo se van a reunir para tomar una serie de decisiones a la que la mayoría no hará el menor caso, que no tendrá ningún efecto en el clima y que sólo servirá para que todos seamos un poco –¡o un mucho!– más pobres.

Todos excepto, por supuesto, aquellos que están exprimiendo el cotarro climático en nuestras mismas narices, como la jovencita esa con la que se está forrando una familia de desaprensivos mientras ella dice bobadas sobre lo malo que es el capitalismo del que se aprovechan sus padres 24 horas al día, siete días a la semana.

Una vez más, los discursos estarán llenos de sentimientos profundos, las proclamas serán lanzadas desde la más absoluta convicción y los negocios hechos con nuestro dinero seguirán viento en popa.

Y una vez más los que dirigen, participan y se aprovechan de este cotarro ni siquiera se toman la molestia de disimular: como ya ha ocurrido en las anteriores cumbres del clima, mandatarios y empresarios están llegando a Sharm El-Sheikh en sus rápidos, comodísimos y muy contaminantes jets privados. Cientos de estos aviones están cruzando el globo, consumiendo hectómetros cúbicos de combustible y emitiendo toneladas de CO2 para que unos cuantos privilegiados presuman de lavar sus conciencias a costa de nuestras cuentas corrientes.

Se da la paradoja de que esos mismos que viven sobre el Falcon y sus similares aún más lujosos serán los que le digan a usted que no puede volar en clase turista, porque el turismo es una actividad egoísta, cayetana e insostenible. Y encima lo dirán desde una ciudad creada para turismo en un país que vive del turismo y, en menor medida, del petróleo.

Nos descojonaríamos de la risa si no fuese porque el mismo sector turístico se ha montado al carro de los que quieren ahorcarlo y está todo el día con la palabra sostenible en la boca: hoy mismo me ha llegado la nota de prensa de un gran grupo empresarial presumiendo no de la calidad de sus servicios, ni de sus buenos precios o de los maravillosos lugares que su trabajo nos permite conocer, no: cantan a los cuatro vientos que serán neutros en emisiones de carbono en no me importa qué año. Idiotas, estáis pagando la cuerda de vuestra propia soga.

Soltarán decenas de sermones sobre los aviones, los coches o los filetes, pero nadie en la COP27 hablará del hambre en Sri Lanka por la introducción descerebrada de la mal llamada agricultura ecológica; nadie dirá nada del volcán de Tonga, que es el verdadero culpable del duro verano que hemos vivido y el maravilloso otoño que estamos viviendo; y tampoco nadie reconocerá que la única forma de frenar el impacto de los desastres naturales es que seamos más ricos, no más pobres. No, no dirán ni una maldita verdad, pero todos volverán a sus casas en sus fantásticos jets y seguirán dándonos el coñazo.

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