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Cristina Losada

El asalto a la valla y el asombro del buenista

Esos Gobiernos —y este Gobierno— no quieren reconocer que la política de "open arms", como la de "welcome refugees", es impracticable.

Esos Gobiernos —y este Gobierno— no quieren reconocer que la política de "open arms", como la de "welcome refugees", es impracticable.
Inmigrantes encaramados en la valla | Efe

Europa tiene un conflicto de valores al que prefiere dar la espalda. El incómodo conflicto afecta a la Europa rica y más a los países frontera que, como España, reciben la riada de inmigración irregular. De un lado están los valores humanitarios y el respeto por los derechos humanos de los que las democracias europeas hacen gala. Del otro, la supervivencia como enclave democrático con altas cotas de bienestar. Una tendencia presiona para que se acoja a toda la inmigración que intenta acceder a este enclave privilegiado. La otra, requiere que se cierren las fronteras para evitar una afluencia masiva que haría estallar las costuras del Estado del bienestar y el marco de convivencia.

Muchos no quieren saber nada de ese conflicto y se resisten a ver incompatibilidad entre una cosa y otra. Es la creencia falsa, como dijo Huntington, de que todas las cosas buenas van juntas. Pero si muchos, en nuestras sociedades, no quieren saber del conflicto en el que estamos, los Gobiernos europeos cometen de continuo el error de no reconocerlo. Los que se dicen progresistas, más aún. Se sienten obligados a enmascarar la realidad —y la realidad de su propia política— para que no salte a la vista la contradicción con su pose de benefactores humanitarios.

Esos Gobiernos, como el de Sánchez, acogen un día a un barco como el ‘Aquarius’ con vistosa exhibición de buenos sentimientos y al otro tienen que parar una avalancha en la valla de Melilla con toda la fuerza bruta de aquellos a los que ha subcontratado para su defensa. Esos Gobiernos —y este Gobierno— no quieren reconocer que la política de "open arms", como la de "welcome refugees", es impracticable. Tampoco quieren reconocer que la protección de la frontera se deja en manos de otros, Marruecos en nuestro caso, porque no puede ser de otra forma. De ese modo, además, son sus fuerzas de seguridad las que vulneran, si es preciso, los derechos humanos y llegados al extremo, cargan con los muertos. Pero cuando ocurren estas desgracias, el buenista se asombra y no entiende nada: ¿no era el Gobierno tan "open arms" como él?

Sánchez y su ministro Marlaska pudieron haber hecho frente al desgraciado episodio reconociendo esas realidades básicas. Optaron por lavarse las manos y refugiarse en tierra de nadie, como esa "tierra de nadie" fronteriza cuya localización exacta se discute ahora, con prurito de cartógrafos, como si el juicio político y moral dependiera de que alguno de los subsaharianos que murieron cayera en un metro cuadrado de suelo español.

Del empeño gubernamental en seguir dando lustre a su barniz buenista resulta la crisis actual. Una crisis en la que Bildu ha conseguido colocarse como paladín de los derechos humanos sin que nadie se escandalice y en la que un vídeo de la BBC, una manipulación sentimental con hechuras de reportaje, provoca temblores en los acomplejados habituales. La oposición, cómo no, aprovecha. Es la norma. Cuando vienen mal dadas, no hay política de Estado ni frente común. Cada cual a lo suyo. Es quizás el reconocimiento tácito de que el reto migratorio nos ha puesto ante un dilema sin solución al que se ha decidido dar la espalda.

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