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Pedro de Tena

Pablo Iglesias no tiene quien le escriba, ni describa, en serio

Calentito está aún el libro Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes, que el camarada Pablo Iglesias ha escrito en 2022.

Calentito está aún el libro Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes, que el camarada Pablo Iglesias ha escrito en 2022.
Pablo Iglesias en un acto público. | Cordon Press

Calentito está aún el libro Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes, que el camarada Pablo Iglesias ha escrito en 2022 y en el que, como él mismo dice de los libros de memorias: "Las memorias tienen algo de ajuste de cuentas meditado y de vanidad. En los libros de memorias se ejecutan venganzas con precisión de cirujano y se suelen hacer autorretratos generosos con uno mismo". Pero a continuación desvela que este libro suyo no es un libro de memorias.

No, no. El suyo es un libro político, cómo no, que quería contar la historia del acoso que ha sufrido y del trato inmerecido que le han dado a él mismo y a su familia, sobre todo a Irene Montero, a la que defiende tiernamente. Y luego desvela que los que le invitan a escribirlo son dos personajes, Ernest Folch y Jaume Roures. Folch es un periodista más bien deportivo pero que lleva en sí las ínfulas separatistas: "Tenía para Barcelona algún sueño más realizable, como esperar que esta ciudad hable catalán y lo convierta en la lengua común de todos los que vienen de fuera y nos hacen más fuertes". Claro, el español, ¿para qué?

Lo de Roures es más conocido, porque, como se sabe ha sido (tal vez lo sigue siendo) trotskista, es millonario gracias a sus habilidades financieras y burocráticas con los derechos de las transmisiones televisivas y el deporte, y es separatista. Él, que con Otegui forma parte del grupo de ideólogos que realmente gobierna la extrema izquierda en España, y también gran parte de la que dice no ser extrema, es quien ha trazado la deriva antiespañola y antidemocrática del gobierno desde los tiempos de Zapatero, tras el fructífero atentado del 11 de marzo de 2004, la madre de todas las batallas.

Hay dos elementos de este libro que, en realidad, es el resultado de una serie de entrevistas propinadas y cocinadas por un periodista amigo, que dan una idea bien clara del problema que tiene Pablo Iglesias. No es ya que no tenga quien le escriba y le describa adecuadamente defendiéndole de sus olvidos, sus amnesias y sus omisiones biográficas. Es que parece que no quiere reconocer sencillamente lo que él ha sido y es. El baile de disfraces está muy bien, pero todos tenemos tan recientes sus palabras sobre la policía local madrileña, por poner un ejemplo, que refugiarse en un beato carnaval de lágrimas, sentimientos nobles y lealtades producen risa, más que otra cosa.

Pongamos un primer ejemplo divertido. Considera el macho alfa de la izquierda cambemba que sufrimos que ofrece una exclusiva, que desvela un acontecimiento clave: "El 26 de enero de 2019, Irene y yo habíamos decidido dimitir de todos nuestros cargos y dejar la política… Habían pasado pocos días desde que Íñigo Errejón y Manuela Carmena habían anunciado, por sorpresa, la creación de una nueva formación política. La situación era muy difícil; habíamos llamado a algunas personas del partido y de fuera para que se pusieran al frente de una candidatura en la Comunidad de Madrid. Nadie quería. Teníamos dos bebés e Irene, aunque aún no lo sabíamos, estaba embarazada de Aitana. Merecíamos una vida un poco más llevadera, sin tanta presión y sin la amargura permanente de las traiciones y las luchas internas".

Y entonces llegó el milagro, cuenta. Sonó el teléfono. "Era Pablo Echenique. ‘Me presento yo a la Comunidad de Madrid si hace falta’, me dijo. Se me formó un nudo en la garganta y rompí a llorar. Se lo conté a Irene, que se echó a llorar también". Qué bonito, qué humano, qué entrañable, pero no sabíamos que todo lo que ha pasado después era responsabilidad de Echenique, cuyo gesto nos ha llevado desde el triunfo de Isabel Díaz Ayuso hasta la legendaria –lo será, ya verán, Ley del "sí es sí".

Lo que no se comprende en absoluto es otro milagro según el cual él mismo se presenta como un demócrata ejemplar y acusa a los demás de no serlo. En realidad, como es sabido, todo marxista, si es leninista ya es la leche, debe ser esencialmente antidemócrata porque la dirección de la revolución que se pretende tiene que ser unitaria, disciplinada, dictatorial y bien rígida para que la "ciencia de la historia" descubierta por Marx hace casi dos siglos pueda realizarse en toda la tierra. Pero, oigan, va el señorito de Galapagar –que, por cierto, habla de herencias y propiedades que serían imposibles en su régimen comunista—, y atribuye a los demás la fobia a la democracia.

Refiriéndose a una frase de Vargas Llosa, dice el estupendo: "Ellos aceptan la democracia en la medida en que el resultado de la democracia no les disguste demasiado. Pero si el resultado les disgusta, están dispuestos a todo lo que en ese tiempo histórico sea posible hacer para recuperar su poder. Nadie que se dedique a la política desde la izquierda debe desconocer lo que es la derecha española, porque es un continuo histórico". El retrato que hace de la izquierda social-comunista-separatista española desde 1934 es casi perfecto, pero la culpa es de Franco y las derechas.

Diríase que estamos ante una enfermedad mental desatada si no supiéramos que, para el comunismo, que es antidemocrático por ciencia y esencia –y hasta Trotsky lo subrayó—, todo vale, propaganda y falsedades. Pero, ¿Y los hechos? Si los hechos no concuerdan con el análisis "objetivo" de los dirigentes comunistas, peor para los hechos.

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