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Mario Garcés

La conjugación socialista del verbo crispar

La crispación no es otra cosa que la deslegitimación por parte Sánchez y sus hijuelas de la misma oposición.

La crispación no es otra cosa que la deslegitimación por parte Sánchez y sus hijuelas de la misma oposición.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez tras la rueda de prensa ante los medios tras el Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de La Moncloa en Madrid este martes. | EFE

Cuando hace escasas semanas el diputado socialista Felipe Sicilia subió a la tribuna del Congreso de los Diputados y acusó a "la derecha" española de golpista, no hacía otra cosa sino convertirse en el epítome más obsceno de la hiperlegitimidad decadente de la izquierda española y de la inversión moral de la crispación como principio de actuación. Para comprender el último argumento del propagandista que ascendió al púlpito de la sinrazón, hay que recorrer íntegramente la narrativa que el PSOE ha venido construyendo en las ultimas cinco décadas.

Primera mentira: en la etapa incauta del felipismo insomne que ahora calla públicamente pero habla privadamente en la sordina de las tabernas madrileñas a 100 euros la cena, "la derecha" se presenta a los ojos de la izquierda como la heredera del tardofranquismo, con un aparente déficit de legitimidad constitutiva. En ese discurso monopolista del PSOE adolescente, "la derecha" es una agrupación de intereses antidemocráticos, reacia al cambio de las élites dominantes. Llegar a decir en la tribuna del Congreso de los Diputados por parte de un representante socialista que el intento de golpe de estado de 1981 lo llevó a cabo la derecha española es una muestra de esperpento, desesperación ética y vacuidad intelectual. Como otra muestra de desesperación es declarar, como hizo Sánchez, que la Constitución española es socialista. Con estas afirmaciones, que algún crédulo errante hará suyas sin rechistar, fruto del gregarismo de nuestros días, el PSOE cava en la zanja inicial de "la derecha" ilegítima y antidemocrática. Esa zanja que no deja de ser la trinchera de nuestros días, porque el PSOE ha hecho de España el único país del mundo con un pasado imprevisible.

Segunda mentira: esta reflexión, manifiestamente falsa, han llegado a atirantarla hasta nuestros días, de modo que cualquier comportamiento de la oposición es producto de su renuencia a aceptar las reglas del juego democrático. Radicalmente falso. Al contrario, durante estos años, entre ciertos complejos propios de "la derecha" democrática y una superioridad rampante e injustificada por parte del PSOE, fueron ellos los que acometieron la ardua tarea de proceder al control de las instituciones, diluyendo la separación de poderes en el líquido amniótico de la historia. Y lo siguen haciendo con el Consejo General del Poder Judicial y con el Tribunal Constitucional. Aún recuerdo el día en el que un hombre, llámenle Baltasar Garzón, batió el récord de pertenecer en apenas ochos semanas a los tres poderes del Estado sin ningún rubor ni conflicto de interés aparente.

Tercera mentira: si es una falacia que "la derecha" padezca algún problema de legitimidad originaria, la siguiente mentira propagada por la izquierda es que no hemos aceptado nunca el veredicto de las urnas. Terminantemente falso. Porque nadie pone en cuestión la legitimidad constitucional del Gobierno. Otra cosa es que la oposición debe estar en condiciones de poner en entredicho la hiperlegitmidad moral de la izquierda y la autosuficiencia complaciente de un conglomerado de fuerzas gobernantes cuya lógica política no es otra que la de conveniencia, el interés propio y el nihilismo socialista al servicio del mejor postor. Tal es así que el PSOE ha llegado a cuestionar, en una envolvente dañina de crispación, la legitimidad misma de las funciones propias de la oposición, apelando muchas veces a su autodisolución como si la representación política en el Congreso de los Diputados de "la derecha" estuviera compuesta por formaciones políticas inconstitucionales. En estas tristes horas que nos tocan vivir, hay personas de bien que votan a los partidos de "la derecha" y a los que no se les puede acusar de ignorantes ni iletrados, ni mucho menos de ser abducidos por una corriente mórbida de opinión que les nubla su cabal raciocinio. Votan con todas sus consecuencias y en pleno uso de su voluntad.

La crispación no es otra cosa que la deslegitimación por parte Sánchez y sus hijuelas de la misma oposición, por la vía de endosarle un vicio inhabilitante para la actividad política. En esa dinámica de crispación, el PSOE se conduce, como era de esperar, por los caminos de la provocación para generar respuesta en "la derecha" política y presentarla como una estructura insumisa e inconformista. Si reaccionar contundentemente contra la mentira propagandista del Gobierno es crispación de "la derecha", y una base social acaba comprando este producto defectuoso vendido por la izquierda, el problema es más grave de lo que parece.

Por eso, en este año electoral, veremos y escucharemos afirmaciones intolerables, no por nuestras convicciones, sino porque atentan a la verdad más básica. Y desde el PSOE lo harán sin complejos, porque siguen pensando que son los administradores de las verdades y de las mentiras oficiales. Desde la desmemoria histórica hasta la misma Transición, entre el victimismo destituyente y la unión copulativa de los peores socios políticos convertidos en frente definitivamente, el PSOE crispa. Ese mismo PSOE que un día desapareció engullido por el Partido Socialista de Cataluña y el Partido Socialista del País Vasco. Pero eso es otra historia.

Mario Garcés
Inspector de Hacienda e Interventor y Auditor del Estado. Jurista, académico y escritor.
Portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados.

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