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Jesús Fernández Úbeda

Desear feliz año es un acto de cinismo

España es un país más pobre y menos libre. Que el vecindario padezca situaciones similares o peores sólo consuela a los necios.

España es un país más pobre y menos libre. Que el vecindario padezca situaciones similares o peores sólo consuela a los necios.
Alberto Núñez Feijóo debate con Pedro Sánchez en el Senado. | Europa Press

Asomó el hocico el 2023 con un sucedáneo posmoderno de golpe de Estado en Brasil y con un rey Baltasar musulmán negándose a entrar en una iglesia. El menú de la época se mantiene: de primero, se sirve estofado de barbarie; de segundo, farsa con guarnición; de postre, un sorbete de vergüenza ajena que no hay quien digiera. Dadas las circunstancias, desear feliz año se ha convertido en un acto de cinismo.

España, en concreto, es un país más pobre y menos libre. Que el vecindario padezca situaciones similares o peores sólo consuela a los necios. La inflación carcome insaciable y sin distinguir por razón de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión. Por eso de evitar que el euro mute en bolívar, las hipotecas, vigoréxicas e implacables, quiebran a espuertas las rodillas de una famélica legión de propietarios. La separación de poderes se somete a un vejatorio gang bang sin fecha prevista de cese. Los nietos de Pujol y de los camisas verdes preparan una nueva temporada de la turra procesista. El año electoral, cargadito de garrafón ideológico e intelectual, amenaza con triplicar el número de casos de infartos cerebrales. Un enjambre de medios saliva señalando que "Kraken es la cepa del coronavirus más contagiosa de todas las detectadas hasta el momento" y fantasea, o eso parece, con otro encierro masivo. Ya puestos, también se pregunta uno, de la mano del gran Luis Alberto de Cuenca, "hasta cuándo Occidente va a asistir, impasible, / a sus propias exequias, envuelto en el sudario / de la autoinculpación y de la cobardía", mientras Putin sigue jodiendo la marrana en Ucrania y las democracias liberales se hacen el harakiri pendulando entre golpes de pecho woke y hakas patrioteras. Etcétera, etcétera.

El signo de los tiempos encaja en –y empuja a– aquello que escribió el poeta clásico Cecilio sobre la mediocridad: "Vive, pues, como puedas, ya que no eres capaz de vivir como quieres". Considero que no es cosa aconsejable hundirse en la resignación permanente y engrosar la cofradía de los cenizos –quienes chapotean, veinticuatro siete, en la charca del alarmismo acaban ahogándose cuando llega el tsunami de verdad–, pero conviene aún menos descorrer la cortina y hacer como que nada pasa, encerrarse en el fumadero de opio de Netflix, Disney Plus y derivados y engullir, sin masticar, las reediciones de aquel lema gubernamental que sostenía que saldríamos mejores, o algo así. "Hazte quien eres", como defiende el amigo Jorge Freire, y "que tu ejemplo en la vida sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento", como recomendaba Lucilio, pero anda ojo avizor, pisa sobre suelo duro, llena el morral, humedece el seso, desconfía del dogma, no bebas del amargo cáliz de la envidia, arrímate al bueno, aprende del sabio, rechaza al vendemotos y aléjate de los falsos profetas. Y, metafóricamente, claro, "a los amigos, el culo; a los enemigos, por el culo", que decía Cela. Que sí, que la prespectiva es jodida, pero no todo está perdido, o eso quiero creer. Toca remangarse y llenar de significado el depósito del significante "ciudadanía". Y que Dios reparta suerte. Falta nos hace.

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