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José García Domínguez

¿Nos hemos vuelto todos idiotas, compañeros?

La izquierda festeja eufórica que los pobres tendrán que volver a hacer la cola del autobús de línea cuando quieran viajar de un lado a otro.

La izquierda festeja eufórica que los pobres tendrán que volver a hacer la cola del autobús de línea cuando quieran viajar de un lado a otro.
Foto del tráfico en Madrid. | Archivo

Yo, que soy un antiguo descatalogado, he pensado durante toda mi vida que ser de izquierdas significa en lo esencial aspirar, con todas las matizaciones que en la práctica proceda luego, a un cierto grado de igualdad económica —no sólo jurídica— que permita a los de abajo lograr condiciones de vida y niveles de consumo cada vez mejores. Por eso me gustan tanto los atascos de coches en las grandes ciudades del capitalismo avanzado. Porque esos caóticos carajales constituyen la imagen viva del progreso revolucionario y liberador que ha representado el acceso de las masas al privilegio, antes inimaginable, de disponer también ellas de vehículos individuales de tracción mecánica para desplazarse, algo solo al alcance de los millonarios y de las oligarquías hace apenas un cuarto de hora en términos históricos.

Porque no estoy hablando de las estampas míseras de la Revolución Industrial en la Inglaterra de finales del XVIII. Estoy hablando de 1935, la época de nuestros abuelos, cuando había que ser un potentado para comprarse un coche con fines de recreo. Porque en 1935 únicamente los muy ricos podían tener coche. Y dentro de nada, en 2035, cien años después, ocurrirá lo mismo, de nuevo: sólo los de arriba podrán disponer de los servicios de un vehículo particular Y todo gracias a esa estricta prohibición de los coches normales de toda la vida, los de motor con combustión interna, que acaba de anunciar la Unión Europea con el aplauso entusiasta y unánime de las formaciones de izquierda.

Y es que para alguien de la vieja izquierda de antes resulta inconcebible que, por ejemplo, se aprecie como un hito progresista el hecho de que el coche eléctrico más vendido en España el año pasado fuera un Tesla, el Model 3, cuyo precio de venta al público parte 47.000 euros, el coste del más básico de la gama. Es el mundo al revés: la izquierda festejando eufórica que los pobres tendrán que volver a hacer cola para comprar el billete del autobús de línea cuando quieran viajar de un lado a otro. ¿Nos hemos vuelto todos idiotas, compañeros?

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