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Federico Jiménez Losantos

La reacción brutal y típicamente bolivariana del Gobierno contra Ferrovial

Ahora las empresas saben que Calviño es una nulidad que no sabe ganar ni perder; y que, ante un problema, actúa como una podemita más.

Ahora las empresas saben que Calviño es una nulidad que no sabe ganar ni perder; y que, ante un problema, actúa como una podemita más.
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | EFE

Ver a Nadia Calviño convertida en Pam y a Sánchez en Che Moncloa atacando a Ferrovial es algo más que un escándalo: un error del Gobierno, en un caso que podía haber aprovechado perfectamente en su favor. Hace sólo un año, la vicepresidenta Calviño, esa nada perfumada que los genios del Ibex creyeron representante de la ortodoxia financiera, elogió en Nueva York a Del Pino por su "inspiración y liderazgo". En vez de enfurecerse al preguntarle por el caso, podía haberse fingido empática y hasta patriota.

La falta de reflejos de Calviño

Era fácil incluso vengarse por la marcha a los Países Bajos. Bastaba decir que, precisamente al saber de sus problemas internos, ella le elogió públicamente y nada menos que en los EEUU, donde piensa cotizar. Porque este Gobierno, faltaría más, busca siempre lo mejor para las empresas españolas, que son las que crean riqueza y empleo. Ah, y que si Del Pino cree que en Holanda solucionará esos problemas, ella también lo deseaba como a toda empresa de origen español. Hasta podría haber añadido que el accionariado de este tipo de empresa está sometido a fondos de inversión, que no actúan por razones de economía interior, sino exteriores de tipo especulativo y poco controlables. Y, en fin, se habría adornado aún más diciendo que está segura de que, si Ferrovial salía adelante, volverá a casa.

La batahola mediática habría sido tremenda: ¡Qué estilo! ¡Qué forma de capear el temporal! ¡Qué nivel el de Calviño! ¡Ojalá todas las ministras fueran igual! Los plácemes habrían llegado a Tananarive, Madagascar. Del Pino habría quedado mal ante sus accionistas, Ferrovial más comprometida que antes de largarse y el Gobierno, dueño de la situación económica. En cambio, ahora las empresas saben que Calviño es una nulidad que no sabe ganar ni perder; y que, ante un problema, actúa como una podemita más.

¿Pretende Sánchez una presidencia europea antieuropeísta?

Pero más grave aún que la rabieta de Calviño ha sido el ataque personal del presidente del Gobierno, que próximamente ostentará la presidencia de la UE, a un ciudadano español que, como cualquier europeo, puede fijar su residencia personal, empresarial y fiscal en cualquier país de la Unión.

¿Ése es el talante que exhibirá Sánchez, más hosco que Le Pen u Orban? Después de pedir cuantiosos fondos europeos a los países más prósperos, entre ellos los Países Bajos, ¿los atacará porque haya españoles que quieran vivir allí, con menos presión fiscal y más seguridad jurídica? Esas son las razones esgrimidas por Ferrovial. Y la reacción del Gobierno las confirma.

Porque el Gobierno ha reaccionado con rabia y con una retórica anticapitalista que hasta ahora era privativa de los comunistas de Podemos. Eso demuestra, como hemos dicho aquí a menudo, que el verdadero jefe de Podemos, como el verdadero jefe del Golpe de Estado Catalán, es Sánchez. Pero nunca se había mostrado tan fuera de control, perjudicándose él solo, acabando con el hechizo o con el embeleco de que hay un PSOE distinto a Podemos, que sólo soporta sus salidas de tono y sus leyes extremistas para no romper la coalición de Gobierno, pero que no tiene nada que ver con los de Caracas. No sólo tiene mucho que ver: es que no se diferencia en nada.

Esta semana publicaba en el BOE la ley Trans, un crimen legal que destrozará la vida de muchos miles de jóvenes y que no es obra de Irene Montero, sino del presidente. Y el mismo día, a la misma hora, Sánchez tronaba contra el "antipatriota" Del Pino en los mismos términos que Ione Belarra y la tribu morada o que los no menos comunistas MeMa y Errejón.

¿Qué cabe esperar de una segunda legislatura de Sánchez?

¿Y qué significa este alarde de sinceridad emotiva, esa descarga de bilis? Algo contra lo que deberíamos estar prevenidos: lo que sería una segunda legislatura de Sánchez, ferozmente bolivariana, bajo el lema "¡Exprópiese!".

El Partido Popular, perito en dejaciones y ducho en traicionar sus promesas electorales, debería darse cuenta, visto el ferrovialazo, no de la empresa sino de Sánchez, de que no hay ninguna posibilidad de pactar nada con Sánchez; y por dos razones: porque no le conviene a España, que temo le da igual, y porque no le da la gana a Sánchez, que debería hacerles pensar.

Hay muchos signos en el horizonte que llevan a lo mismo: Sánchez sólo contempla una segunda legislatura como una liquidación del orden constitucional, y la implantación, en su exclusivo beneficio, de un modelo en el que la arbitrariedad personal y la corrupción política no tendrán freno ni siquiera en la Unión Europea, cuyos tratados aprovecha este Gobierno hasta donde le conviene pero que repudia o ignora cuando le da la gana.

El viaje reciente de la comisaria que buscaba averiguar el buen uso de los fondos europeos, y cómo se determinaban sus beneficiarios, se saldó con la confesión de que no había podido enterarse de absolutamente nada. El comportamiento de Calviño fue un aviso de la coz a Del Pino. Igual que Teresa Ribera, enemiga del paisaje español y a cuyas espaldas se urde la estrategia europea, en rigor alemana, sobre Energía. En los últimos días, al hilo del Caso PutiPSOE, se multiplican las evidencias de que Sánchez no aspira a Bruselas, sino a Caracas. El que no lo vea es que no lo quiere ver.

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