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Miguel del Pino

Enfriemos la cuestión del lobo: es necesaria la gestión científica de esta especie

Ninguna otra especie despierta tanta pasión y tanta polémica como el lobo: en el medio urbano se le idealiza, en el medio rural se le sataniza y persigue.

Ninguna otra especie despierta tanta pasión y tanta polémica como el lobo: en el medio urbano se le idealiza, en el medio rural se le sataniza y persigue.
Varios lobos ibéricos del Centro del Lobo Ibérico en localidad de Robledo de Sanabria, en plena Sierra de la Culebra (lugar de mayor concentración de este cánido en el Sur de Europa). El Centro alberga 11 ejemplares de este animal en situación de semilibertad e intentan divulgar la convivencia histórica entre el lobo y el ser humano, en Zamora/Castilla y León (España) | Carlos Castro / Europa Press

Cuenta España con ilustres científicos expertos en zoología y ecología. Afortunadamente han dejado excelentes frutos las escuelas ecológicas de figuras tan brillantes como Margalef, Bernis, González Bernáldez, Francisco Pineda y tantos otros que fueron catedráticos de prestigio y fructificaron en alumnos de reconocida solvencia internacional.

¿Para cuándo una gestión científica integral sobre la especie Canis lupus signatus, el mítico lobo ibérico?

Ninguna otra especie despierta tanta pasión y tanta polémica como el lobo: en el medio urbano se le idealiza, en el medio rural se le sataniza y persigue como al mismísimo demonio; realmente parece imposible que todavía sobrevivan lobos en la Península Ibérica.

Pero sobreviven y presionan sobre la ganadería extensiva en el medio rural, lo que les hace acreedores al odio del ganadero; en muchas ocasiones la persecución es implacable, pero no ha podido acabar con el lobo ibérico ni siquiera la pasada Ley de control de "alimañas", vigente en España durante la primera mitad del siglo XX, que pagaba recompensa a los "alimañeros" que se presentaran en los Ayuntamientos llevando unos tristes despojos de alguno de nuestros grandes y medianos depredadores.

Si indudable era la condena a muerte de los lobos adultos que cayeran en una persecución a cargo de los paisanos perjudicados por sus correrías sobre el ganado, no era peor el destino de las camadas de cachorros que se capturaban después del abandono de las madrigueras por parte de las lobas acosadas. Trasladados al pueblo como trofeo morirían de frío y de miedo a falta del calor y la lactancia maternas.

En uno de sus documentales de la serie El hombre y la tierra, Félix Rodríguez de la Fuente supo impresionar a los españoles con la filmación dramatizada de la persecución de una loba que intentaba trasladar a sus cachorros de una a otra de sus dos madrigueras sin conseguir salvar al más pequeño de ellos. Las escenas de la madre tratando de enterrar al lobezno muerto hicieron llorar a más de un ciudadano urbano, pero no así a la gran mayoría de los hombres del campo.

Las razones del odio

Nada puede convencer al hombre del medio rural, sobre todo si es ganadero, de que el lobo no es una criatura diabólica; una de las razones del odio ancestral, que se le profesa al cánido en el monte es la forma en que se desarrollan sus ataques al ganado, conocidas con el nombre de "lobadas".

Si la manada de lobos consigue superar las barreras defensivas del rebaño, como sus mastines guardianes, el lobo matará todo lo que pueda sin limitarse a unas pocas piezas; no sólo causará muertes, sino también abortos a las reses preñadas, y heridas incurables a otras. Verdaderamente se comporta a los ojos del hombre como una criatura sanguinaria, feroz y despiadada.

Desde el punto de vista zoológico esta extraña obsesión del lobo por matar todo lo que pueda no responde a un instinto humanizable como sadismo, sino a un ancestro propio de los predadores originarios de zonas frías con suelos nevados o helados donde es posible almacenar las piezas muertas enterrándolas en la nieve para consumo en el futuro. Ni las matanzas ni el enterramiento son deliberadas sino instintivas, aunque cueste trabajo convencer de ello a los ganaderos damnificados.

El lobo sólo merecería por todo ello "una buena cuchillada que lo abra en canal", escribió en el diario ABC un ilustre montero apellidado Casariego a principio de los años setenta. Le respondió un Félix Rodríguez de la Fuente que comenzaba por entonces su labor divulgadora: "Este lenguaje no se habla ya en ningún país civilizado".

Desde entonces no ha cesado la guerra contra el lobo: la polémica cuenta inevitablemente con dos frentes, el rural, en el que incluimos a ganaderos y cazadores, y el urbano, convertido en "urbanita" cuando la admiración al lobo desde la lejanía de la ciudad se ha complicado y llevado al extremo con la maduración de los movimientos animalistas.

Los políticos toman la palabra

Algunos excesos y el abandono de la nobleza que debe acompañar a toda práctica venatoria, como la instalación de torres para abatir a los lobos con el cebo de una vaca muerta, motivaron la indignación y la actuación de algunos naturalistas que abatieron tales torres y fueron por ello procesados aunque absueltos, ya que los instaladores de tales trampas no se presentaron a juicio, así que ellos habían sido los primeros infractores de la ley al instalarlas. La respuesta naturalista fue la petición "lobo vivo, lobo protegido".

Las manifestaciones naturalistas resultaban espectaculares al ir los defensores del cánido acompañados por ¿lobos?, no; no eran lobos aunque lo parecían, se trataba de perros pertenecientes a una raza de reciente creación, el "perro lobo checoslovaco", creada en las fronteras checas a partir del cruce de lobos auténticos con perras de tipo lobuno. Desde luego la belleza de aquellos animales era el mejor reclamo para pedir el indulto de los lobos.

Los políticos de la llamada izquierda "progresista", siempre escribo este término entre comillas pues no todos tomamos en el mismo sentido que ellos el término "progreso", se apuntan a los planteamientos de defensa integral del lobo y de la prohibición absoluta de su caza. La guerra entre el ecologismo y el medio rural queda abierta y el mayor perjudicado resulta ser, sin duda alguna, el pobre lobo.

Desde el mundo ganadero, sobre todo desde la llamada "España vaciada" se apuesta por la caza y por la supresión de la especie Canis lupus signatus en los territorios rurales ganaderos. En las últimas jornadas parece que el Partido Popular pretende apoyarles en este sentido, en definitiva aquí habla todo el mundo, sobre todo los buscadores del voto rural: hablan todos menos los científicos.

No exterminar, sino gestionar

No cabe duda de que el lobo es una joya de la fauna española cuya extinción sería un verdadero desastre y cuya conservación es un deber científico y hasta patriótico, pero también es cierto que no es de recibo permitir que determinadas manadas arruinen a los ganaderos de las zonas especialmente castigadas por las "lobadas". Parece que no está siendo suficiente la política de indemnizaciones, por burocratizadas, lentas e insuficientes. ¿Qué hacer en definitiva?

Dejemos hablar a los científicos y enfriemos el tema del lobo tratando de despojarle todo lo posible de sus aspectos emocionales. Es posible que en determinados espacios sea imposible la convivencia entre el ganado doméstico y las manadas de lobos. En estos casos no habrá más remedio que intervenir: capturar mejor que matar, y trasladar a espacios naturales protegidos, con inclusión de algunos Parques Nacionales donde no hay ganadería extensiva. Las presas naturales preferidas por los lobos son los cérvidos medianos o pequeños y de estos hay superpoblación en muchos lugares sin actividad ganadera.

No decimos nada sobre el peligro de los lobos para el hombre. Salvo algún caso aislado como el de aquella famosa loba de Galicia hace más de cincuenta años, caso que no fue confirmado, el lobo no ataca al hombre, y quien diga lo contrario que lo pruebe con casos fehacientes que no se deban a perros asilvestrados. Gestionar el monte es la mejor manera de alejar a las criaturas silvestres de las poblaciones humanas y al mismo tiempo de evitar los incendios forestales.

Donde no se pueda evitar la coexistencia entre lobos y ganado no debe faltar financiación para la construcción de apriscos nocturnos, pastores eléctricos y mastines, los mejores defensores de los rebaños.

Y en caso de que haya que proceder al sacrificio de lobos en determinados puntos de conflictividad máxima es imprescindible la gestión profesional. Los lobos no deben contarse por individuos sino por manadas, manadas de animales sociales que se desequilibran y dispersan cuando se abate alguno de sus miembros, especialmente si se trata de individuos alfa. La caza furtiva de lobos aislados no hace sino aumentar la peligrosidad del grupo.

¿Puede ser el lobo una pieza de caza?

Para responder a esta pregunta hay que hacer una llamada a los sentimientos más que a la gestión ecológica. Cabe preguntarse si matar un lobo puede suponer un placer para alguien y si el sacrificio de un ejemplar o de una manada puede considerarse parte de la actividad placentera de una jornada venatoria.

Hace demasiados siglos que establecimos la amistad con el lobo, que desembocó en la aparición del perro doméstico, como para que podamos matarlos con placer o emoción en lugar de sacrificarlos por gestores forestales cuando sea absolutamente necesario, y si gestionamos correctamente la especie, prácticamente no habría que hacerlo casi nunca.

Miguel del Pino, catedrático de Ciencias Naturales.

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