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Federico Jiménez Losantos

Carlos Alberto Montaner, el mejor columnista político en español

Montaner es, probablemente, el autor de más miles de columnas en español. Y no se le encontrará una mala. Discutible, sí, cómo no. Mal escrita, jamás.

Montaner es, probablemente, el autor de más miles de columnas en español. Y no se le encontrará una mala. Discutible, sí, cómo no. Mal escrita, jamás.
Carlos Alberto Montaner presenta 'El estallido del populismo', en 'Es la Mañana de Federico'. | David Alonso

Durante muchos, muchísimos años, Carlos Alberto Montaner ha sido, para mí y para muchos otros que nunca lo confesarán, el mejor columnista político en lengua española. Como cubano anticastrista, le estaban vetados todos los premios, reconocimientos y chollos del oficio que cosechaban los que no le llegaban a la suela del zapato. Él lo llevaba con deportividad. Siempre tuvo el apoyo de sus lectores y también el de los que lo escuchaban y veían, porque tenía, como pocos que yo haya conocido, el don de la palabra y la buena imagen. Leído u oído, o, mejor, escuchado, siempre dejaba ganas de repetir, de volverlo a oír, a leer, a ver, que es la base de esta trabajosa industria.

Carlos viajaba mucho y escribía muchísimo, pero nunca le leí una mala columna; mérito, en parte, de su sobriedad, que tantos escritos sobre la marcha ha arruinado en América, y, en parte también, de una disciplina difícil, buscar una cierta levedad que no abrumara al lector, un humor sutil que le diera ganas de seguir frecuentando asuntos atroces, como el martirio de Cuba. En El Nuevo Herald, donde coincidimos varios años, se podían leer buenos y sólidos artículos, pero vencidos por la solemnidad funeral del castrismo. Y para volver la semana siguiente a cultivar el anticastrismo, era preciso dejar respirar la prosa e introducir algún elemento satírico, factor feliz y consoladoramente abundante en Cuba.

Durante muchos años colaboré en su agencia Firmas. Pero el día que más recuerdo fue cuando me dijo: "¡Ha comprado tu columna La Trompeta de Cholula!". "Eso es la inmortalidad popular", contesté. "En México, una mortalidad fina, entre Comala y el castillo de Chapultepec". Nos reíamos horrores con las abracadabrantes historias del Nuevo Mundo. Carlos era capaz, a modo de vacuna, de encontrar alguna anécdota para relativizar el espanto, al modo de Hitchcock. No lo anulaba, pero lo situaba en una dimensión soportable, enigmática, crucigramática y, claro, adictiva.

Es, probablemente, el autor de más miles de columnas en español. Y no se le encontrará una mala. Discutible, sí, cómo no. Mal escrita, jamás. Era de una generosidad poco frecuente en los exilios. En su casa de la calle Cervantes he conocido generaciones de disidentes, de toda condición, que, huéspedes de Linda, acababan siempre olvidándose de los Montaner. Pero siempre había otro preso al que sacar, otro al que acoger en Madrid, otro al que seguramente no se volvería a ver. Nunca oí una queja por ello. Era y es un imperativo moral al que Carlos, Linda y Gina han servido de por vida.

Fue uno de los fundadores del Grupo Libertad Digital en aquellas jornadas liberales de Albarracín sobre las que en el futuro se harán tesis. Me gustaría que nunca se olvidasen de citar al mejor de los columnistas, al mejor de los liberales, al mejor de los cubanos: a Carlos Alberto Montaner.

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