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Cristina Losada

Puig no ve racistas en Mestalla

Todas las expresiones políticamente correctas y cero acciones: tal es el balance de la izquierda en el Gobierno contra el racismo en el fútbol.

Todas las expresiones políticamente correctas y cero acciones: tal es el balance de la izquierda en el Gobierno contra el racismo en el fútbol.
Ximo Puig, con Carles Puigdemont. | EFE

Los insultos a Vinicius han entrado en la campaña electoral con las consecuencias previsibles de este tipo de maniobra oportunista. Políticos e instituciones han sacado del cajón todas las expresiones políticamente correctas, que recoge una tras otra el inane comunicado del Consejo Superior de Deportes, y han aprovechado para culpar a cualquiera menos a los culpables de los insultos, con la finalidad de extraer del episodio una última gota de rentabilidad política antes de la famosa cita con las urnas.

Al presidente valenciano le correspondía haber pedido disculpas al jugador del Real Madrid, pero no lo hizo. En su lugar, se puso a hablar del "caldo de cultivo que genera la extrema derecha". Aunque no le pregunten si los que insultaron a Vinicius eran de extrema derecha, por decirlo con sus palabras. No pidamos detalles, que a Ximo Puig no le interesan las menudencias. Puig está en meditaciones más elevadas: está pensando en votantes. Por eso culpa a un fantasma y al mismo tiempo asegura que "en absoluto" es racista el público de Mestalla. Lo que nos dice Puig es que allí donde se oyeron los insultos racistas, no había ningún racista. Ni uno. Y lejos de pedirle disculpas a Vinicius, va y lo tacha de arrogante. De este inelegante modo, Puig carga una parte de culpa de los insultos racistas a la víctima de los insultos. En la lógica de Puig, es mejor culpar a Vinicius que ponerse en contra al votante.

A Irene Montero le correspondía mantenerse al margen, pero no se pudo contener y habló, y habló de tal manera que ya no sabía si estaba hablando de racismo o de machismo. Habló incluso del capacitismo. Montero no sabía de qué estaba hablando, pero sí sabía a quién tenía que señalar: a la periodista Ana Rosa Quintana, que nada tenía que ver, absolutamente nada, con el incidente. Al podemismo no le interesa lo que soporta Vinicius, pero le interesa sermonear a la sociedad y le interesa poner en la diana a periodistas y comunicadores influyentes. La guerra mediática le ha interesado siempre porque desde el mismo principio decidió que su campo de batalla era el del relato, con tan buena suerte que en el campo que dividieron entre amigos y enemigos, ahora sólo quedan enemigos: así lo ven desde las entrañas del búnker.

Al presidente del Gobierno le correspondía haber hecho algo, pero nada se ha hecho contra los insultos racistas en los campos de fútbol desde que duerme en La Moncloa. En septiembre de 2022, cuando ya hacía tiempo que dormía allí, hay una declaración suya diciendo lo mucho que le entristecía que hubieran insultado a Vinicius aficionados del Atlético de Madrid. Lagrimita. Y este mayo de 2023, la última hornada de insultos a Vinicius le ha movido a poner un tuit diciendo que hay que tener "tolerancia cero con el racismo en el fútbol". ¡Tremendo, un tuit! Mientras, la realidad es que los expedientes abiertos por racismo contra Vinicius han acabado en agua de borrajas. Todas las expresiones políticamente correctas y cero acciones: tal es el balance de la actuación de la izquierda en el Gobierno contra el racismo en el fútbol.

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