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Federico Jiménez Losantos

La guerra de Vox contra los medios liberales. Hacia un socialismo nacional (II)

Esta es una empresa que nació para defender la Nación y la Libertad. Lo hemos hecho contra los socialistas de todos los partidos. Y lo haremos contra el socialismo nacional de Vox.

Esta es una empresa que nació para defender la Nación y la Libertad. Lo hemos hecho contra los socialistas de todos los partidos. Y lo haremos contra el socialismo nacional de Vox.
Jorge Buxadé y Santiago Abascal. | Europa Press

No es casualidad que, este último año, el del ascenso al poder de Buxadé, cuya idea de la opinión es que no debe existir más que en la medida en que convenga al partido, sea el de la ruptura de Abascal con el Grupo Libertad Digital, el que más le ayudó en los que creímos sus peores momentos, sin sospechar que había peores por llegar. Lo que no explica el nuevo grupo dirigente del Vox-Dei es cómo la gente puede formar su libre opinión hasta encontrar a Vox y luego prescindir de ella. Este Tercer Vox recuerda, metafóricamente hablando, el Tercer Reich crepuscular de El Hundimiento, cuando Bruno Ganz borda un Hitler rodeado de fieles, que mueve sobre el mapa del frente divisiones ya desaparecidas. Pura paranoia.

Católicos y Liberales contra el socialismo

Pero hay una paradoja que el Vox-Dei no puede resolver, y es la del libre albedrío, que tradicionalmente distingue a los católicos. La libertad supone siempre responsabilidad, y viceversa. Por responsabilidad ante el oscuro porvenir de la nación española nació DENAES y luego Vox. Y por esa misma razón, algunos (no muchos porque hay muy pocos) medios liberales los apoyamos. Por responsabilidad y para defender la libertad de los españoles. Cuando por ese apoyo perdíamos amigos y dinero, emisoras y publicidad. Como, de hecho, sucedió. El PP de Rajoy castigó a la COPE, cuando yo dirigía La Mañana, quitándole tantas emisoras como dio a la SER. Y no digamos al crear esRadio, a partir del 55% de una frecuencia en Madrid.

No es hora de ponerse medallas, porque hay muchos españoles anónimos que se han jugado la vida por defender la Nación y la Libertad. Sólo hemos cumplido con nuestro deber el defenderlos, y por eso apoyamos a Vox, cuando hacerlo era el peor negocio posible. Como antes, nada menos que desde 1979 en Lo que queda de España, cuando no existían el PP ni Vox ni Ciudadanos, algunos defendimos la libertad de elegir el español como lengua de enseñanza. No fue sin consecuencias, pero el tiempo nos ha dado la razón. Por eso es injusto y estúpido, que unos recién llegados a la política española, como esta clerecía de la orden del Vox-Dei, pretenda darnos lecciones de patriotismo. Y encima cuando están a punto de cargarse algo especialmente valioso y que hasta ahora ha distinguido el movimiento de rectificación de la derecha nacional, desde DENAES a Vox: la defensa de la propiedad y la economía de mercado.

Por terminar con el aspecto religioso, desde el que la jerarquía de Vox-Dei ha dado el salto a la política, con El Yunque bajo sus alas, no se puede distinguir la lucha por la libertad política y la nación española como sujeto político y base de la soberanía, y tampoco la libertad de la propiedad. Eso une a liberales y católicos, desde la Escuela de Salamanca a los tiempos de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ambos anticomunistas. Wojtyla, por razones biográficas, apreciaba el sindicalismo de Solidarnosc, pero en su equipo de asesores no había socialistas, como prueba la permanencia de nuestro cofundador José Raga que, en la línea de Novak, ayudó a Ratzinger, a combatir la teología de la liberación, ese maldito leninismo con sotana que tuvo en la ETA y el separatismo catalán y vasco dos canteras inagotables.

El socialismo nacional, o fascismo, de Benito Mussolini

Uno de los signos que distinguen al grupo Libertad Digital desde su origen es la coexistencia fructífera de católicos liberales y liberales no creyentes. Y lo que los une más es precisamente la defensa de la propiedad como un factor indistinguible de la Libertad. No existe Libertad sin Propiedad. Pero el Vox-Dei, contra el Opus desarrollista del segundo franquismo, el de los López Rodó, López Bravo y, antes, Ullastres, todos ellos de la Obra, está adoptando, en la línea de Marine Le Pen e Iniciativa por Alemania, un discurso populista de derechas, un socialismo nacional, que es lo que fue en su origen el movimiento creado por Mussolini, conocido como fascismo.

No me refiero al adjetivo usado por la izquierda para atacar a todo lo que no le gusta, sino a la realidad histórica de un movimiento que, tras el golpe de Estado bolchevique, suponía una alternativa a la Tercera Internacional. De ahí el éxito de Mussolini en toda Europa, aunque la versión española del fascismo, la Falange, llegó después de la versión separatista catalana, la Esquerra de Catalunya, cuyos escamots, con camisa verde y no negra, fueron los primeros en desfilar militarmente por una ciudad española: Barcelona. Tras fracasar el golpe de Estado de 1934, su líder Dencás huyó… a Roma.

Pero el pensamiento de Mussolini no se definía sólo por un anticomunismo nacionalista, sino por el socialismo. Había sido director de Avanti!, el diario del Partido Socialista, y aunque su base, los Fasci de combatimento, eran ex-combatientes de la I Guerra Mundial, esquema organizativo que copió Hitler, en lo esencial el fascismo fue un socialismo que defendía la nación pero no sus fronteras, que debían dar paso a un Imperio como el de Roma. La retórica imperial de la Falange está tomada de Mussolini. Como la del imperialismo catalán de la Catalunya Gran, hoy llamada Països Catalans. Los primeros éxitos de Mussolini, como luego los de Hitler, fueron clavos en el ataúd de las democracias liberales, por lo dictatorial y lo socialista. Era una mezcla, profundamente corrupta, de propiedad y estatismo, con las grandes empresas al servicio del Estado, en preparación de la futura guerra.

Sin la guerra no sabemos qué habría ocurrido con su economía. Pero sí sabemos, desde la tradición católica y la experiencia milenaria de todas las civilizaciones, que la dignidad humana es inseparable de la propiedad, del derecho del ser humano a comerciar con lo suyo y ganarse la vida por su cuenta. Y eso era, obviamente, imposible, bajo el culto al Estado y al Duce o al Fuhrer. La estatolatría espantaba hasta a los católicos anticomunistas. El Estado usurpaba el papel educador de la familia sustituyéndola con el adoctrinamiento -tan comunista y tan nacionalista italiano- y de la propia nación, cuyo destino quedaba en manos de un solo hombre, que decidía por sí y ante sí, como médium o sumo sacerdote el futuro de los demás.

La arrogante inmoralidad del socialismo

El socialismo no nace sólo de la fatal arrogancia hayekiana, la de creer que un Gobierno puede decidir mejor que el conjunto de infinitas decisiones individuales que forman el mercado, el precio justo de las cosas. La historia demuestra que la economía planificada y el control de precios han fracasado siempre. Pero la historia demuestra también que nunca han dejado de intentarlo muchos Gobiernos, y con el aplauso de mucha gente. En Memoria del Comunismo opongo a Mises y Mariana por una razón que, en estos días, defiende en Argentina Javier Milei, al que imagino que ya no invitarán a más congresos de Vox: la absoluta inmoralidad del socialismo.

Y hacia un socialismo de derechas, como en Francia o Alemania, se dirige fatalmente Vox. Por eso, Buxadé echó de las listas a Rubén Manso, autor del mejor programa económico del partido o a Sánchez del Real. Y por eso no queda, entre los que echaron y los que se han ido, ni un liberal en Vox. Por supuesto, acogido a la autoridad moral de Mario Conde, Julio Ariza "El Toro", niega ninguna purga de liberales, en realidad, niega que pase nada en Vox, salvo la animadversión de los medios, a la que también se acogió Iván Espinosa de los Monteros, si no liberal, sí más alfabetizado en materia económica que Buxadé, en esa despedida que algunos llaman elegante. No veo la elegancia de decir ante los periodistas que está seguro de que no han tratado bien a Vox por propia voluntad, sino porque lo imponen sus medios. O sea, que son mercenarios de la pluma, si no, aplaudirían lo que hace Vox. La única excepción habrá sido tratarlo elegantemente, y sólo porque se iba.

El discurso contra "los ricos" del Tercer Vox va más allá del que, con sobrados motivos, aunque no siempre sobrado de argumentos, hacía contra la Agenda 2030, el ruinoso ecologismo impuesto por Bruselas en favor de las multinacionales verdes y sus energías ecosostenibles. He escrito en LD bastantes artículos, el verano pasado una serie de siete, contra esa política, que es, en el fondo, el típico ataque comunista al derecho de propiedad. A ellos me remito. Y remito también a los misacantamos y monaguillos del Vox Dei. Algo aprenderán.

La demagogia contra "los ricos"

Sin embargo, el aplauso del Vox-Dei mediático a la demagógica propuesta de Meloni de una subida fiscal de un 40% a los "beneficios extraordinarios" de los bancos, calcada de las de Sánchez, y que tuvo que corregir al día siguiente tras el derrumbe de la Bolsa, con la excusa de que era sólo a partir del 0´1 de las reservas, prueba que Vox está abandonando lo que lo distinguía de los demás partidos europeos, que era su defensa de la propiedad contra la planificación estatista, en línea con la crítica del primer Vox al paradigma socialdemócrata asumido por Rajoy y Montoro.

Cuando Vox levanta la bandera de la defensa del pequeño comercio contra las grandes superficies, emprende un camino exactamente contrario al del PP de Madrid, el único claramente liberal y con más éxito de toda la derecha española en las últimas décadas. Va también contra la política de Aznar, que dio la bienvenida a la inmigración masiva hispanoamericana, hasta cinco millones, como hacía Vox hasta que se centró en distinguir a los de dentro y los de fuera, en línea con los partidos de la derecha alternativa. No es que no haya razón de sobra al denunciar el descontrol de fronteras o la inseguridad de las bandas latinas. Es que centrar en eso la política social conduce fatalmente al proteccionismo, que no supone protección del pobre. Y es, sobre todo, abandonar una línea ideológica que siempre fue la de Vox.

En última instancia, esa vuelta a una forma de nacional-sindicalismo o de economía proteccionista y, por tanto, dirigida por el Estado, supondría un verdadero desastre para la derecha social española, esos once millones que se reparten entre PP y Vox, antes entre PP y Ciudadanos, o UCD y AP. Si hay algo indiscutible en los valores de la derecha social es la defensa de la propiedad, del ahorro, del esfuerzo, del mérito y la libertad de mercado, inseparable de los beneficios de la competencia legal y justa. Contra eso va esta deriva populista, mussoliniana, falangista o como se le quiera llamar. Al final, estatolatría, socialismo con agua bendita, nostalgia sindicalista del corporativismo medieval, entre Girón de Velasco y Arrese.

No es de extrañar la animadversión del Vox-Dei a economistas como Juan Ramón Rallo, al que Hermann Tertsch insultó recientemente en Twitter y le respondió llamándole la Derecha llorona -yo diría llorica- e instándole a dimitir del cargo público que disfruta y pagamos todos, antes de atacar a nadie. La verdad es que después de que Abascal quitara la publicidad de Vox del grupo Libertad Digital, salvo un programa al que quiso favorecer y, naturalmente, perjudicó, nada extraña en Vox. Pero esta es una empresa que nació, mucho antes que Vox, para defender la Nación y la Libertad. Lo hemos hecho contra los socialistas de todos los partidos. Y, naturalmente, lo haremos, contra el, por lo visto, ineluctable socialismo nacional de Vox.

P.D. El bochornoso espectáculo de la Derecha

En El retorno de la Derecha explico las dos taras que aquejan a los partidos en que se han repartido los once millones de votos de la Derecha –ocho al PP y tres a Vox-. En el PP, los complejos ante la izquierda; en Vox, su tendencia al sectarismo. Ambos han perdido las elecciones contra Sánchez, unos por no llegar a lo que prometían sus encuestas y otros por incapaces de salir del espíritu de secta, mezcla de soberbia y miedo a la realidad que se refugia en la paranoia. Ninguno ha sido capaz de reconocer que su campaña ha sido mala, aunque la del PP y su Verano Azul es la peor que yo recuerde, y la de Vox, antes y después de las listas, la purga de todo el que pudiera pedir cuentas a Abascal.


Como ambos comparten el desprecio por su base social, que es el problema de fondo, este jueves protagonizaron un espectáculo lamentable, ante la evidencia que al PP le cuesta asumir, de otra legislatura en manos de Sánchez, para liquidar definitivamente Nación y Constitución. Aunque, en este caso, la culpa sea del PP, lo triste es su incapacidad de votar juntos, no para la Mesa del Congreso, sino para parar a Sánchez. Vox culpa al PP y a los medios, a todos, de pedir el "voto útil". Ellos, al parecer, no pidieron el voto. Y el PP culpa a Vox de estorbar para llevarse todos los votos de la derecha. ¡Como si supieran para qué! Los sorayos del PP se repartían ministerios y los opusinos de Vox aguardaban la pedrea, como en las autonomías. Pues nada. Estas Generales no han sido el cuento de la lechera, sino el de dos lecheras fantasiosas.


Feijoó y Abascal parecen en estado de shock. Uno, se veía en la Moncloa; el otro, se veía junto al uno, y con Vox hecho cuartel y sacristía. Ninguno tiene el Poder que pensó, pero los dos tienen algo más importante: defender a su país de sus enemigos y a sus once millones de votantes del intento de expulsarlos de la vida pública. Si unos siguen soñando con el PNV y el eterno giro al centro, y otros con Hungría y la quema de periodistas molestos, estarán idénticamente muertos y nos llevan a la fosa. Como sólo tenemos al PP y a Vox para la defensa de la Ley y de España, hay que pedir a Feijóo y Abascal que dejen de pensar en sí mismos y se prepararen para la guerra que Sánchez y los suyos han declarado a España. Si no son capaces de identificar al enemigo y obrar en consecuencia, sobran ambos.

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