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Mario Garcés

Puigdemont, el tramoyista independentista

Puigdemont desea crear una atmósfera ambiental que contribuya en el espectador a creer que el objetivo que se propone es factible políticamente.

Puigdemont desea crear una atmósfera ambiental que contribuya en el espectador a creer que el objetivo que se propone es factible políticamente.
El expresidente catalán fugado Carles Puigdemont. | Europa Press

En el universo de las probabilidades, de las especulaciones y de las conjeturas, cabe todo, y tanto el fallo como el acierto están garantizados. Lo que vaya a ocurrir en los próximos días respecto al Gobierno de España, no es dominio del espectador ni del analista externo, sino que forma parte de la decisión irrevocable y única de Puigdemont, agasajado por visitadoras de toda calaña y condición moral. Puigdemont, convertido en Pantaleón, baraja los naipes dispuesto a elegir entre ser víctima propiciatoria o mártir político para siempre.

Los que tendemos a analizar la realidad política desde la racionalidad, y desde el juego previsible de incentivos y desincentivos, lamentablemente pensamos que habrá Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Si aplicamos una mera lógica de supervivencia, Pedro Sánchez está más interesado que el propio Puigdemont en que haya un Gobierno. El contrafactual de unas nuevas elecciones no parece la opción más acertada. Un Sánchez sin poder territorial, confinado a su suerte en las Cortes Generales, de perder ahora unas elecciones inmediatas, sería un cadáver político con muchas candidatos dispuestos a su inhumación.

En cambio, Puigdemont tiene unas aspiraciones diferentes y su destino no es de este mundo, al menos, no por ahora. Nunca antes, y seguramente nunca después, hallará tanta complacencia condonatoria de responsabilidades penales ni tanto esfuerzo de un supérstite por confederalizar España. Si no hay acuerdo, Sánchez no forma Gobierno, hay nuevas elecciones y la derecha gobierna, olvídense de toda esperanza. Él y todos los suyos. Pero es más, en el seno del PSOE, previsiblemente, se abriría un debate intenso, sobre la necesidad de revertir la deriva que acabó con el poder absoluto del presidencialista Sánchez. Y no sería descartable que se impusieran unas tesis más jacobinas, propias del socialismo de la Transición, que dieran al traste con cualquier conato irredentista en Cataluña.

Mientras tanto, Puigdemont monta una tramoya escénica, con el objetivo de poder justificar las dos opciones: o se suspende la función, y lo contemplado hasta ahora no deja de ser una charada que nunca se va a representar, o el show debe continuar, en cuyo caso, lo inevitable será una triste realidad. A diferencia de la obra Los figurantes de Sanchis Sinisterra, en el que los comediantes suplentes encierran a los actores principales en los camerinos y se presentan como los nuevos protagonistas de las representación, en el PSOE no cabe que los críticos den un paso adelante y, en un ejercicio de metapolítica, suplanten a los usurpadores de las siglas de la rosa y del puño. González y Guerra han acabo convertidos en figurantes de una compañía teatral que ya no entienden pero de la que evitan salir.

El tramoyista Puigdemont, en cambio, apela a una narrativa diferente, a sabiendas de que la amnistía la tiene ganada. Sabe perfectamente que, de aceptar sólo la amnistía, quedaría por un ventajista que renuncia a su sueño cesarista de Rey Ubú de Cataluña. De modo que queda el siguiente paso: el referéndum de autodeterminación. Y aquí sabe con plena precisión que, lisa y llanamente, es inconstitucional, y que la lógica burda y destituyente de la mayoría de "la mitad más uno" es, en este caso, inservible. Por eso, entra en juego el oficio de tramoyista de Puigdemont, para crear una atmósfera ambiental que contribuya de manera efectiva en el espectador a creer que el objetivo que se propone es factible políticamente. Y lo busca para complacer a los suyos, entre la ingenuidad, la ignorancia y el fanatismo. Como decía Machado, que no era catalán, "se canta lo que se pierde" y, por ello, Puigdemont canta a pleno pulmón solo cuando le conviene. Porque espera el momento de volver al Liceo y de sonreír desde un palco a esa burguesía lamentablemente menos ilustrada que la que vio nacer la Transición en España. La independencia es imposible, y lo sabe, mientras los decorados suben y bajan a la espera de que caiga definitivamente el telón.

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