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Juan Cermeño

Brumoso despertar de la nación

La tónica hasta hoy ha sido la misma: de ocho a diez, horario infantil y protesta pacífica. A partir de ahí, dos rombos en su televisor y jaraneo.

La tónica hasta hoy ha sido la misma: de ocho a diez, horario infantil y protesta pacífica. A partir de ahí, dos rombos en su televisor y jaraneo.
Cánticos de | EFE

Mañana del 10 de noviembre de 2023. Me parece importante señalar en qué fecha escribo estas líneas para que encuentren su justo contexto. Los acontecimientos y estados de ánimo se suceden de forma vertiginosa. Tan condensados, que parecen burlar al tiempo: entre hoy y el lunes, media un abismo; entre hoy y el lunes, resignación y esperanza, bombero y pirómano, pacifista y guerrillero.

Estos días acudí a Ferraz. Primero, por convicción; segundo, para ver con mis propios ojos lo que ocurría. Son malos tiempos para confiar en lo que nos cuentan, y me parecía poco digno escribir de sucesos tan importantes y cercanos a base de información subcontratada.

El lunes todo transcurría tranquilo. La masa era una mezcla sana y heterogénea que compartía algunas convicciones y disentía en otras tantas, como quedaba patente en los diferentes cánticos y abucheos al que se pasaba de ultra. Por sueño o escarmiento, delegación de gobierno y policía decidieron que a eso de las diez tocaba recoger el campamento y, buenas noches y hasta mañana, gasearon a los presentes como quien vacía un bote de Cucal al primer avistamiento cucarachil. Cuando las lágrimas abandonaron los ojos de los presentes, vi miradas cruzadas de estupor y extrañeza, rostros desencajados digiriendo que nos habían gaseado como si fuéramos violentos sujetos de frenopático. Acto seguido, la policía barrió la zona a conciencia: nos desplazó hasta el Corte Inglés de Princesa y una vez allí, siguieron presionando en dirección Moncloa. En una escena berlanguiana, los manifestantes y policías atravesaban a la carrera calles con sus terrazas llenas y barras despachando cañas a diestro y siniestro: la otra España –la del bar–, testigo de excepción de la persecución. Parece que el mundo civilizado madura con los años y aprende a guardar las formas y mantener un postureo democrático: entre la barbarie y la rutina había apenas unos metros.

Quizás, fruto de aquella desproporción, los ánimos sublimaron al martes. Fuera por el principio acción-reacción o por la propia naturaleza de los espídicos camorristas, unas decenas de encapuchados se abrieron paso hasta primera línea para cargar contra los antidisturbios, que actuaron, esta vez sí, con razón y en proporción –sí, alguno se llevaría un palo que no correspondía, pero conviene entender la situación y no querer hilar filo cuando la adrenalina se desborda–. La tónica del resto de días hasta hoy ha sido la misma: de ocho a diez, horario infantil y protesta pacífica. A partir de ahí, dos rombos en su televisor y jaraneo, siguiendo el mismo principio de esas noches de verano en las que los pensionistas se recogen y la juventud alarga el vampireo.

La noche del lunes, a raíz de dos bengalas encendidas, desde algunos medios se hicieron llamamientos a la ejemplaridad civil y se señaló que tal acto deslegitimaba la justa causa. Tras la noche del martes, se añadió que el asunto ya no era manifestación sino algarada, y que recordaba a los peores disturbios del independentismo en Barcelona. Hay que ser indecente. Toca recordar unas breves obviedades a algunos medios de comunicación a costa de aburrir al instruido lector. La verdad no está reñida con la estadística, y salir a reivindicar la justicia con gente de diferentes opiniones es la mejor forma de representar una democracia: son esas bases mínimas comunes las que permiten construirla. Parece, además, que algunos son incapaces de abandonar el mundo de idealidad y perfección que habitan desde el sofá y no quieren entender la dimensión imperfecta del hombre y la infalibilidad estadística. Siempre habrá sujetos acertados en el fondo y errados en las formas, y si bien éstas son importantes, dadas las circunstancias, no son lo esencial –para estos matices es tan útil el rico léxico del castellano–. Una proporción mínima de ultras no invalida la causa justa que comparten con la aplastante mayoría, y focalizar la información en ello haciendo que predomine frente a lo predominante es sintomático de ese mantra de centro centrado, ni Stalin ni Casado. Y de no pisar la calle y tomarle el pulso.

La ejemplaridad civil debe estar ligada al uso y disfrute de las instituciones democráticas del Estado por parte del ciudadano. Es difícil que el currito dé ejemplo cuando sus gobernantes han usurpado y manipulado dichas instituciones y retorcido las leyes para saltárselas a su antojo. Ya dijo estos días Isabel Rodríguez, portavoz del gobierno, que la democracia se sustenta en los partidos políticos y les corresponde a ellos ejercitarla. Una velada y sutil amenaza para mandarnos a casa y revelar las verdaderas intenciones de su banda: identificar al partido con el Estado. La Unión Europea ha requerido información al gobierno sobre los pactos de amnistía a raíz del ruido de la calle y las inquietudes democráticas, y el ministro de presidencia Félix Bolaños ha respondido que este asunto no es del gobierno sino de partidos políticos. Ante esta situación, al ciudadano no le queda otra salida que recurrir a la calle y, en coherencia con las declaraciones de los arriba citados, acudir lícitamente a la sede del PSOE, que es el partido responsable. Pretender que, ante esta delincuencia gubernamental, el ciudadano se quede en casa apretando los puñitos es de ser ingenuo o ignorante, o peor: de aprendiz de dictador, porque desearías convertir a tus ciudadanos en súbditos. Entre ser un débil alma resignada y un falangista recalcitrante media un abismo muy sano de múltiples tonos donde el ciudadano puede expresar su indignación e incluso, sí, digámoslo, su ira, que en ocasiones es muy sano conservar para impedir atropellos como el que estamos viviendo. Nunca se vio a un matón deponer su actitud ante un abusado pacifista. En estos tiempos de afrentas directas contra el ciudadano, la mejor expresión al respecto de toda la clase política ha corrido a cuenta de Santiago Abascal, indicando que no se trata de un asunto de derechas ni izquierdas y apelando a la resistencia cívica no violenta de la nación.

Así, la investidura se acerca y la opción más realista de voladura continúa siendo que ese animal mitológico llamado PSOE bueno haga acto de presencia. Decía don Emiliano García-Page que estos días son momentos históricos que quedarán grabados en la retina del ciudadano, y no le falta razón. Lo que parece olvidar es que también quedará grabada su actuación al respecto. Nuestros actos, a través de la muerte y el paso del tiempo, se convierten en nuestra historia. Pero don Emiliano, con su decir y no hacer, con esa hidalguía de palabra hueca, es tan reincidente que ya ha forjado su propia leyenda en vida. Ha conseguido, además, algo que se antojaba imposible: que resulte más digno el mal de frente que el bien de perfil.

En plena orfandad estatal y democrática, tras días de protestas y con la investidura atada y bien atada después de los acuerdos alcanzados con PNV y Coalición Canaria, albergamos por el momento la esperanza de haber transformado el muy socialista y sempiterno nombre de Ferraz en núcleo de resistencia a un caudillo felón. Fíjense el mal trago que supone para el partido, su líder supremo y todos sus esbirros que, cada día, el perímetro que rodea la sede aumenta, privándonos de una foto de justicia. Para evitar males mayores, no es descartable que uno de estos días se endurezca el protocolo de bajas emisiones madrileño y cerquen la M-30.

Desde aquí, y ante la injusticia patente, no tengo otro deseo que animarlos a formar parte de esa resistencia cívica no violenta. No será fácil ni rápido, pero es tiempo de elegir entre el mundo de las ideas y la perfección del sofá, donde cualquier atisbo de realidad o imperfección causa grima o urticaria, y el mundo real, que sigue su curso sin esperar a nadie, recompensando al intrépido de toda condición. No se queden en casa. No se adhieran al pageísmo. No sean el bien de perfil. Audentes fortuna iuvat.

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