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EDITORIAL

Un auténtico liberal al frente de un país devastado por el estatismo

Argentina no tendrá remedio sin volver a abrazar y poner en práctica los principios liberales que tan próspera la hicieron en el pasado.

La locura no radica tanto en creer que Argentina pueda tener remedio, como que pueda tenerlo sin volver a abrazar y poner en práctica los principios liberales que hicieron en el pasado de este país uno de los más libres y prósperos de la tierra. Principios liberales, tales como los que abogan por un Estado austero y muy limitado, respetuoso con la propiedad privada, el equilibrio presupuestario, el poder adquisitivo de la moneda, la libertad contractual y el libre comercio. Porque, "si no hay libertad para el hombre donde su seguridad, su vida y sus bienes están a merced del capricho de un mandatario" —tal y como sabiamente advirtió el jurista, político y principal autor intelectual de la Constitución argentina de 1853, Juan Bautista Alberdi— tampoco hay sin ella prosperidad, verdadera justicia y bienestar social.

Durante casi un siglo los mandatarios argentinos, en lugar de mantenerse fieles a los principios liberales fundacionales de su país, han abogado y practicado un paternalismo estatal que, bajo los engañosos ropajes de la mal llamada "justicia social", ha ido mermando progresivamente la libertad y prosperidad de los argentinos haciéndoles creer, al tiempo, como real esa gran ficción que es el Estado, tal y como decía Bastiat, cuando todo el mundo cree poder vivir a través de él a costa de todos los demás. Y es que el estatismo hará visibles sus prebendas y subsidios, pero oculta la miseria que produce y que hace aparentemente intocables ese corrupto y corrompedor asistencialismo y expansionismo estatal.

Este país, devastado por el intervencionismo público, por el envilecimiento de la moneda, por un monumental endeudamiento estatal, parece, sin embargo, dispuesto a romper con ese paradigma populista, colectivista y decadente que le ha hecho pasar de ser uno de los países más prósperos y con mayores oportunidades del planeta a un país donde impera la pobreza, donde no la indigencia. La victoria del excéntrico Javier Milei, un liberal que roza el anarcocapitalismo, en las presidenciales de este domingo es, en este sentido, más que histórica, asombrosa. En su discurso, tras conocer su victoria, Milei ha asegurado que "hoy comienza el fin de la decadencia argentina. Hoy empezamos a dar vuelta a la pagina de nuestra historia. Hoy volvemos a retomar el camino que nunca deberíamos haber perdido. Hoy se termina el modelo empobrecedor del Estado omnipresente que sólo beneficia a algunos mientras la mayoría de los argentinos sufre. Hoy volvemos a abrazar las ideas de la libertad".

Ni que decir tiene que, para poder abandonar este camino de servidumbre y de pobreza, los esfuerzos que va a tener que dedicar el nuevo gobierno argentino son ímprobos. Y con ello no solo nos referimos a la gran división que sigue habiendo en el parlamento argentino, sino a la férrea oposición de los beneficiarios del actual statu quo que, con seguridad, van a oponerse a un cambio que exigirá sacrificios a corto plazo y que sólo generaran efectos positivos a medio y largo plazo.

Así las cosas, el cambio, por ambicioso que sea, habrá de ser necesariamente gradual. Porque así lo exige la política, en general, y la correlación de fuerzas parlamentarias en Argentina, muy en particular. Lo importante, sin embargo, es el cambio de rumbo; un cambio de rumbo que se dirija a una mayor libertad, sin la cual, qué carajo, no habrá prosperidad.

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