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Federico Jiménez Losantos

Sánchez se hace antisemita y cruza el Jordán: de Putin y Puebla a Teherán

Se trata de un enfermo moral y ése era el guion que llevaba escrito para convertirse en una figura internacional para los países indeseables.

Se trata de un enfermo moral y ése era el guion que llevaba escrito para convertirse en una figura internacional para los países indeseables.
Sánchez se reúne con Mahmud Abás en Ramala. | EFE

Sólo a un psicópata se le ocurriría ir a orinar a Auschwitz. Y eso ha hecho Sánchez: ir a Israel representando a España y la UE y, delante de Netanyahu, ciscarse en las víctimas de la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. En el museo de Jerusalén dedicado a las víctimas de aquel genocidio, hay un montón de zapatitos de niños asesinados por los nazis. Tan monstruosa carnicería quieren completarla, y lo dicen, los países árabes que usan como carne de cañón y tripas de verdugo a los palestinos, que, no desde 1947 sino desde la Guerra de los Seis Días, buscan conseguir con el terrorismo la victoria que los enemigos de Israel no logran en el campo de batalla. Ellos matan judíos de forma cada vez más salvaje; y, a cambio, viven de forma cada vez más miserable. Sánchez prefiere a los terroristas. Y los compara a sus aliados de la ETA con los de Hamás. Nada más lógico. Si hay un político occidental que prefiere el delito a la Ley, ese es Sánchez.

La Tricontinental de La Habana, el Foro de Sao Paulo e Irán

Los patronos del terrorismo palestino han sido siempre países árabes aliados a la URSS, o directamente Moscú a través del KGB. Y sus campos de entrenamiento estaban en Argelia, las guerrillas iberoamericanas o en el Valle de la Bekáa libanés. Allí estaban la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas y los palestinos de Al Fatah, de Arafat, o del MLPDLP del Doctor Habash. La inauguración de aquella alianza comunista e islamista contra Occidente, que veía a Israel como el eslabón más débil de las democracias capitalistas, tuvo lugar en 1966, en La Habana, con el Che como organizador y Fidel Castro como presidente. Pero lo importante es recordar a los compañeros de viaje de aquella extensión de la Komintern leninista a todo el mundo.

Recordemos su importancia: participaron 500 delegados de 80 países. Y el proyecto que allí nacía fue bautizado OSPAAL (Organización de la Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina) como ampliación de la OSPAA (Organización de Solidaridad de los pueblos de África y Asia), que a su vez venía del Pacto de Bandung y la Organización de Países No Alineados, en la práctica alineados con la URSS. La China de Mao, pese a participar en la Guerra de Corea, no tenía el peso de Moscú.

Enviaron mensajes de adhesión Alexis Kosiguin de la URSS, Chu En-Lai de China, Nasser de Egipto, Bumedián de Argelia, Ho Chi Minh de Vietnam, Nyerere de Tanzania y Kim Il Sung de Corea del Norte. Pero la importancia del acto consistía en la ampliación de la subversión comunista a Iberoamérica, con Cuba como cuartel General. Y allí estaban Salvador Allende de Chile (el más importante en el futuro, pero que ya estaba con los comunistas) Amílcar Cabral, de la Guinea portuguesa, Luis Turcios, de Guatemala, junto a otros que se desvanecieron: Medina Silva en Venezuela o Arismendi en Uriguay. Desde la III Internacional, la Komintern de Lenin, los representantes de los países no siempre tenían implantación real, pero sí capacidad de expansión gracias a la ayuda diplomática, económica y militar que recibían todos los partidos comunistas, sobre todo iberoamericanos. La gran escuela de líderes fue la Universidad Patricio Lumumba, en Moscú, heredera de la Academia Frunze, política y, sobre todo, militar. Allí habían estudiado generales luego famosos en la guerra civil española, como Líster o Modesto.

Tras la caída del Muro, como ya comentamos aquí, Fidel Castro y Lula reeditaron como Foro de Sao Paulo aquella Tricontinental que tanto hizo por expandir el comunismo en el llamado Tercer Mundo, como si el Segundo fuera mucho mejor. Así se comprobó al alzarse el Telón de Acero. Pero el comunismo, además de ideología, es una gran estructura de poder internacional que protege a los que atacan a sus enemigos. Y el Grupo de Puebla, que es el Foro de Sao Paulo ampliado tras llegar al poder Hugo Chávez, y asociado al Irán de Ahmadineyad, como enemigo del Gran Satán americano, es al que hoy se acoge el proyecto dictatorial de Pedro Sánchez.

El nuevo antisemitismo es parecido al antiguo

Israel es el blanco del nuevo antisemitismo que propaga la izquierda en todo el mundo, empezando, como todo lo antioccidental, en las antaño universidades de élite norteamericanas, hoy propagadoras, a rebufo del Mayo del 68, de la "cultura de la cancelación", burda dictadura contra la libre opinión. Varias asociaciones estudiantiles, empezando por Harvard, se lanzaron a condenar a Israel cuando todavía no estaban identificados los cuerpos de la masacre de Hamás, y antes de cualquier represalia. Los mil quinientos muertos, las docenas de bebés degollados, los centenares de mujeres violadas, torturadas y asesinadas, cuyos cuerpos rotos exhibieron los asesinos en las redes, no afectan a estos niñatos, algunos seguramente judíos, que ven en el pueblo de Israel el chivo expiatorio de los crímenes de Occidente, que condenan Teherán, Moscú, Pekín, Caracas y, ahora, Madrid.

¿Por qué? Porque Israel representa el capitalismo y la democracia en un entorno hostil, donde la mujer tiene que vivir tapada y los homosexuales son ahorcados u operados a la fuerza para cambiar de sexo. Los supuestos enemigos de la islamofobia, el machismo y la homofobia, defienden al macho islamista, que viola o mata judíos por el "derecho a la defensa" palestino. ¿Defenderse de los bebés a los que degüellan, de las jóvenes a las que violan, de los ancianos a los que queman vivos? Sí. Cualquier crimen deja de serlo en nombre de un derecho abstracto indiscutible. Hitler lo hizo en nombre de Alemania. No era nada personal; sus SS exterminaban ratas.

En la izquierda y parte de la derecha el antisemitismo se ha vuelto a generalizar como una actualización del anticapitalismo y la antidemocracia. La ideologización, que supone la despenalización moral del crimen, tiene una larga tradición comunista racista y religiosa. Y ha calado hondo en una sociedad que es pura superficialidad. La condena de la masacre de Hamás duró un telediario. Aún seguían matando, cuando antisemitas como Sira Rego, presentaban a los violadores como heroicas figuras de comic. El que la ha hecho ministra Sánchez, tras ver las imágenes terribles de la matanza, no tardó un minuto en afear a Netanyahu lo que, según Hamás, fuente fiable, hacen en Gaza los judíos, tras enterrar a mil quinientas víctimas del terrorismo que dice que condena… pero apoya al pedir que no se le ataque.

Un despotismo sin marcha atrás

Lógicamente, el gobierno de Israel reaccionó indignado, y criticó la evidencia: que Sánchez y su sucesor belga estaban apoyando a Hamás. El ministro Albares, curtido justificador de las barrabasadas de su jefe, dijo que rechazaba esa crítica. Y algún periódico de la derecha desnortada lo justificó editorialmente. Todos quedaron retratados al publicar Hamás una nota agradeciendo el apoyo de la UE, del belga y del "valiente" Sánchez.

Los que tienen más experiencia internacional que el psicópata de la Moncloa y no creen en su inteligencia, aunque lamenten su buena suerte, están atónitos ante la audacia de ofender públicamente a Israel y tras ver las imágenes de los cuerpos martirizados, que no le alteraron lo más mínimo. Es que se trata de un enfermo moral y ése era el guion que llevaba escrito para convertirse en una figura internacional para los países indeseables, los únicos con cuyo apoyo puede contar para destruir la democracia española.

Que no ha sido un error sino un acto deliberado es que lo repitió en El Cairo, y que sus siervos mediáticos lo alaban como gesto moral, cuando es tan inmoral como aceptar el apoyo a su investidura de la ETA, con la que comparó a Hamás. Lógico: su desprecio a las víctimas de la banda vasca es igual al de las víctimas de Hamás. Nada, por siniestro o monstruoso que sea, lo altera. Sánchez ha cruzado el Jordán como cruzó el Rubicón de asaltar el Estado de Derecho. Atacar a Israel es lo mismo que aprobar comisiones parlamentarias para condenar a los jueces que la ETA o los golpistas quieran: las pruebas de un despotismo, el de Sánchez, que ya no tiene marcha atrás.

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