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Miguel del Pino

Dehesas, olivares, viñedos: ni tocarlos

Conviene recordar con frecuencia a los legisladores europeos que la Península Ibérica es el paraíso de la biodiversidad continental.

Conviene recordar con frecuencia a los legisladores europeos que la Península Ibérica es el paraíso de la biodiversidad continental.
Una dehesa | Pixabay

Viene siendo inveterada la insensibilidad de los responsables de la PAC (Política Agraria Común) respecto a las singularidades ecológicas de la naturaleza ibérica. Conviene recordar con frecuencia a los legisladores europeos que la Península Ibérica es el paraíso de la biodiversidad continental, y que su gestión requiere especiales conocimientos y un plus de esa sensibilidad que reivindicamos.

No nos referimos solamente a la naturaleza silvestre o a los ecosistemas mejor conservados y próximos a la condición de biomas, es decir de ecosistemas en equilibrio resistentes al paso del tiempo, sino también a los que han sido trabajados por la mano humana desde la remota antigüedad con vistas a su explotación agrícola o ganadera.

Tenemos en España tres ecosistemas que no se pueden llamar biomas, ya que han sido trabajados por el hombre desde tiempos inmemoriales, pero la gestión que nuestra especie ha hecho de ellos bien puede calificarse de afortunada; el más relevante de estos es la dehesa, pero no olvidemos al viñedo y el olivar, tan rentables económicamente como de trascendencia ecológica indudable.

La dehesa es un bosque mediterráneo aclarado por la tala y el incendio, aclarado en efecto, pero gestionado de manera inteligente, de manera que sobreviven los árboles suficientes para que sus frutos, que son mayoritariamente bellotas, permitan la alimentación de ganado selecto en régimen extensivo denominado "de montanera".

El cerdo ibérico y el toro bravo son los "reyes de la dehesa" por su excelencia ganadera, pero la dehesa puede albergar cualquier tipo de explotación ganadera extensiva con ventaja sobre el pastizal o el monte.

Por añadidura, son más de doscientas las especies de aves que encuentran en este ecosistema, tan similar a la sabana africana, lugar donde pasar el invierno refugiándose del frío y encontrando alimento: las bellotas no faltan en todo el año, y los árboles ofrecen suficiente refugio.

Además, gracias al arbolado superviviente, un importante contingente de aves europeas cría en la propia dehesa, de manera que la totalidad de las poblaciones continentales de sus especies se mantienen a salvo gracias a la milagrosa dehesa.

El olivar es otro ecosistema domesticado prodigiosamente por el hombre. El olivo domesticado (Olea europea) es un descendiente del acebuche, un árbol genuinamente mediterráneo magníficamente adaptado a los rigores del caluroso verano de esas latitudes. El olivo doméstico y su fruto en drupa, la aceituna, es y ha sido históricamente uno de los soportes de la civilización mediterránea gracias a la economía derivada del "oro verde" en que se convierte la misma.

Pero cuando los intereses económicos de la Unión Europea parecen olvidarse de la importancia ecológica de ese bosque domesticado que es el olivar y emprenden campañas de sustitución de los viejos olivares por cultivos herbáceos de "pan para hoy y hambre para mañana", conviene recordar aspectos ecológicos como el hecho de que el olivar es refugio imprescindible para la nidificación de unas doscientas especies de aves.

El viñedo es el ecosistema mediterráneo más modificado y codiciado por sus frutos y el mercado que genera su transformación en caldos fermentados, es decir, en vinos. Víctima en muchas ocasiones de la competencia económica, que nada tiene que ver con la ecología.

Parece que no corren buenos vientos sobre los viñedos españoles, y se anuncian tempestades que vuelvan a clamar por el arranque de cepas en aras de la preponderancia de denominaciones de orígenes y demás zarandajas que nada tienen de ecológicas. Hay un tipo de "ecología" que se gestiona en los despachos y que resulta demoledora para la naturaleza.

Hay muchas razones para oponerse a la destrucción de las dehesas, de los olivares y de las viñas de la Península Ibérica, pero si tuviéramos que recurrir en su defensa a una palabra muy en boga en términos "verdes", diríamos que son ecosistemas sostenibles, es decir, capaces de mantenerse en el tiempo e integrarse en la biología del ecosistema del que proceden.

Dehesa, olivar y viñedo, especialmente las dos primeras, tardarían muchísimos años, por no decir algunos siglos, en recuperar su funcionalidad ecológica en caso de sufrir trasformaciones drásticas en función de cambios ecológicos basados en intereses económicos generalmente cambiantes, cuando no caprichosos.

Del mantenimiento de estos ecosistemas, serales, que diríamos en ecología, y rentables en términos económicos, depende en buen modo la fijación de la población rural ibérica, razón más que suficiente para luchar por su conservación. A la hora de pensar en la restauración integral de los ecosistemas europeos, no olvidemos que la pintoresca y vieja Europa albergó desde la prehistoria una especie africana inmigrante particularmente relevante: la nuestra propia.

Miguel del Pino, catedrático de Ciencias Naturales.

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