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José T. Raga

Cuando la alabanza sume en la censura

Sánchez proclama: "¡España avanza!". Al precipicio, digo yo. Creo, honestamente, que no merecemos tanta ignominia.

Sánchez proclama: "¡España avanza!". Al precipicio, digo yo. Creo, honestamente, que no merecemos tanta ignominia.
Pedro Sánchez | Europa Press

Suele ser frecuente, pues muchos juicios de valor lo son, no tanto por su contenido como por su procedencia. Es inevitable; cualquier juicio, está condicionado por el quién más que por el qué.

El gobierno actual de Sánchez, quiérase o no heredero del anterior, se ha encontrado con un patrimonio sustancialmente mejorable, pues la vanagloria sanchista de la España que dijo forjar, distaba mucho de aquella que el presidente pintaba.

Recuerden, aquella sociedad cuya economía marchaba como una moto, la sociedad de la concordia y convivencia, la que por primera vez gozaba de derechos de género, de sostenibilidad ambiental, aquella en la que, incluso los animales, habían llegado a conquistar derechos, alcanzando así la felicidad…

Una sociedad en la que, cualquier deseo podía satisfacerse sin esfuerzo alguno. Era la representación de aquella vieja fábula alemana en la que predominaba naturalmente la abundancia; los ríos, bañados por la mejor leche unos y por los mejores vinos otros; los árboles, ofrecían sus mejores frutos y la tierra sus mejores cosechas, todo sin esfuerzo humano.

Frente a esa pintura tan halagüeña, muchos de los presentes, presos de un cierto escepticismo, decidimos, a imagen del Museo del Prado, dar la vuelta al cuadro, para ver lo enmarcado por la parte de atrás. El resultado del reverso, no pudo ser más descorazonador, al comprobar la realidad que subyacía a las imágenes del anverso.

Allí, encontramos una España fraccionada y conflictiva, una tasa de desempleo el doble de la Unión Europea, un gran número de familias que no podían llegar a fin de mes, un país altamente endeudado, sin visos de solución…

Una España ignorante de las advertencias de la UE para que reduzca la deuda, que ignora al Comisario de Asuntos Económicos en su llamada de atención, que ignora a la Directora del FMI en el mismo sentido, y que no atiende las exigencias de Bruselas de un Plan viable para reducir endeudamiento, como condición para recibir nuevos fondos.

Una España que vive con estupor los 26 arbitrajes ejecutivos del CIADI –órgano del Banco Mundial–, parte de los cuales ya han embargado inmuebles, incluso cuentas bancarias en el extranjero, propiedad del Estado español, por impago de las deudas con multinacionales de energías renovables; es decir, una España insolvente.

Nos avergonzó comprobar que el presidente Biden había convocado a los presidentes del Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, a una reunión para analizar la crisis de Oriente Medio, sin comunicación siquiera a España.

Más recientemente, nos ha herido contemplar, en el reverso del cuadro, que tres países de la UE –Alemania, Francia e Italia– han formado una Alianza Industrial para fortalecer sus economías, sin haber invitado a España.

Ante todo ello, surge una cuestión: ¿Existe España? o ¿Hemos caído tan bajos, que para nada contamos?

En nuestra tristeza, nos sorprenden, contrariamente, las alabanzas al presidente Sánchez; unas del grupo terrorista Hamás, que nos han desmoronado; otras, del expresidente Rodríguez Zapatero, que aparece como el Guadiana.

Mientras, Sánchez proclamando: España avanza!"… al precipicio, digo yo.

Creo, honestamente, que no merecemos tanta ignominia.

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