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Pedro de Tena

El problema de la velocidad en política

Hay tantos interesados en dirigir el rumbo y tantos pies presionando en el acelerador, que parece inevitable que al final haya salida de la carretera.

Hay tantos interesados en dirigir el rumbo y tantos pies presionando en el acelerador, que parece inevitable que al final haya salida de la carretera.
El nuevo Gobierno de Pedro Sánchez | Europa Press

Desde hace un tiempo, desde 2004 para ser precisos, percibo asombrado cómo cada período de gobierno de los socialistas viene precedido por algún acontecimiento extraordinario al que sigue un cambio político animado por una velocidad que se acelera más y más. Cierto es que al primer gobierno de Felipe González lo precedió un golpe de estado, el de 1981, pero, aunque hubo algunos acelerones inexplicables, la velocidad de crucero se mantuvo en general salvo en la ruta de la corrupción donde todo se desmelenó.

Recordarán que fue el mayor atentado de la historia de Europa, aún inexplicado, el que antecedió a la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero. Casi doscientos muertos y dos mil heridos, una tragedia que fue interpretada políticamente de forma miserable y rastrera pero eficaz, logró alterar el voto de los ciudadanos y cuando se esperaba la victoria del "España va bien" de Aznar reencarnado en Mariano Rajoy, fue Zapatero "el de la ceja" y el "talante", erigido en líder socialista de forma estrambótica, el que comenzó su gobierno inesperado.

Si el concepto físico de velocidad contempla un espacio a recorrer y el tiempo que se tarda en culminarlo, Zapatero inauguró un período de velocidad acelerada tanto en conceptos, como en acciones, como en ámbitos de actuación. La aceleración que imprimió a todas sus decisiones, sustentada en que la obtención de una mayoría suficiente legitima para alterar de forma esencial la vida de toda la sociedad, le llevó a no percibir los desastres que le acechaban y el descontento ciudadano que generaba. La consecuencia fue la victoria más importante del Partido Popular en la democracia española en 2011.

El problema fue, lamentablemente, que no sólo no se corrigió el rumbo errático de las políticas de Zapatero en género, en memoria histórica, en trato con el terrorismo y en ceguera económica y social, por poner algunos ejemplos. Lo que podría haber sido una etapa de gobierno legitimada socialmente por una mayoría absolutísima en el Congreso, en el Senado y en las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, se centró en resolver, si bien no del todo, el agujero económico y aceptar la nada como sustancia de la política nacional de un centro derecha que mostró un flanco de corrupción desconcertante.

Desde 2015, acontecimientos nuevamente extraordinarios allanaron la victoria de Pedro Sánchez. Su defenestración interna, su recuperación posterior, el golpe de estado del separatismo catalán y la moción de censura que Rajoy convirtió en un cambio de gobierno, hicieron posible que el "caudillo Sánchez", como le llama quien le conoce bien, Rosa Díez, diera paso al que considero el período más acelerado de gobierno de la historia de España desde 1976.

Independientemente de las políticas concretas y sus orientaciones, la velocidad tiene peligro. Sabido es por nuestro refranero que, además de vestirse despacio cuando se tiene prisa, hay que tener cuidado con las curvas porque tomarlas aceleradamente puede forzar un derrapamiento con graves consecuencias para el piloto y sus acompañantes en el vehículo político.

Se sabe muy bien quién va al volante, pero, como en el camarote de los hermanos Marx, hay tantos interesados en dirigir el rumbo y tantos pies presionando en el acelerador, que parece inevitable que al final haya salida de la carretera, colisión frontal o accidente de consideración. Estamos ante un golpe de estado –algo que señalan ya incluso en Europa—, y ciertamente, los golpes de estado exigen una cierta celeridad para ser eficaces. Evidentemente se trata de llegar a una meta, el fin de la España constitucional, por el camino más corto, que no siempre es el más rápido, como bien saben los matemáticos y los exploradores.

Es posible que la peligrosa velocidad que los conductores del golpe están imprimiendo a su política cause en los observadores españoles dos efectos letales: uno, la sensación de peligro por la impresión de riesgo caprichoso e innecesario y dos, la pérdida de la referencia de la meta a la que se dirigen. Ya hay incomprensión manifiesta por las políticas seudofeministas, por el sectarismo despiadado, por la mentira sistemática, por la sospecha sobre dónde van los dineros, por las salidas de tono internacionales, por la chulería institucional, por el trato desigual ante la ley, por la discriminación regional, por el menosprecio al Rey y otras cosas.

Pero el peligro de la velocidad no está sólo en su aceleración. También tiene peligro su inexistencia. Cuando no hay velocidad no se va a ninguna parte. Ante el espectáculo peligrosísimo de un gobierno enloquecido por la aceleración, ¿alguien ve que la oposición se mueva a la velocidad adecuada para hacer lo que se debe en la dirección nacional? "La presteza es madre de la dicha", dejó dicho Gracián. Inteligencia rimando con diligencia. ¿Más Rajoy? No, por Dios.

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