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Juan Gutiérrez Alonso

Si le gusta Bukele

Por lo pronto, el salvadoreño medio hoy puede hacer su vida y ocuparse de sus preocupaciones más inmediatas, que ya no son evitar la muerte a la vuelta de la esquina.

Por lo pronto, el salvadoreño medio hoy puede hacer su vida y ocuparse de sus preocupaciones más inmediatas, que ya no son evitar la muerte a la vuelta de la esquina.
Bukele. | Flickr/CC/US Embassy Guatemala

Puede ser por alineamiento espontáneo con las opciones que hoy rechazan los liderazgos que dirigen los principales países de ambos lados del Atlántico y que, a la vista está, se muestran comprensivos con el narcotráfico y determinadas formas de delincuencia. Le puede gustar Bukele, por tanto, por un posicionamiento casi reflejo, nada meditado ni reflexivo, simple asociación con reivindicaciones de formas de gobierno contrapuestas al menú que se nos ofrece de ordinario.

En efecto, le puede gustar Bukele porque está insatisfecho y descontento, desconcertado y preocupado con la deriva de nuestros países, convencido tal vez de la necesidad del «ritorno del uomo forte», como se debate precisamente estos días en Italia – bueno, más bien donna forte - con ocasión de una nueva propuesta de reforma constitucional que no sabemos cómo acabará.

Sepa en cualquier caso que no hay nada de extraño en que le guste Bukele. Ello no le hace un monstruo ni mal ciudadano, menos aún mal demócrata. Es el malestar y hartazgo que está provocando una clase política analfabeta, expoliadora, cizañera, arribista, extremadamente ideologizada hasta el punto de ser indistinguible de una secta, déspota y sumamente intervencionista en nuestra esfera privada, lo que hace inevitable la búsqueda y aparición de nuevos referentes y opciones. Asuma, eso sí, que esta decisión le convertirá en un peligro y un riesgo que debe gestionarse desde la dirección del mercado de la opinión pública.

Ahora bien, puede ser también que le guste Bukele porque conoce El Salvador y su reciente historia, desde la violentísima guerra civil que vivió hace unas décadas a la destrucción del sistema y la irrupción pandillera con vínculos con la delincuencia organizada más cruel de todas las que se conocen. Al margen de simpatías de bloques, sin necesidad de tener grandes conocimientos de Derecho, sólo por conocer la realidad e historia de este pequeño país convertido durante años en una sucursal del infierno en el mundo, tendrá todo el sentido que le guste Bukele, salvo que sea usted un inconsciente o un malhechor de tipo material o intelectual.

Pero resulta que Bukele puede gustarle igualmente desde un punto de vista profundamente meditado o intelectual. Es decir, si usted ha leído a John Locke o John Stuart Mill, que no podrán ser considerados subversivos ni herejes, sino padres del sistema democrático y el constitucionalismo contemporáneo, entonces tendrá todo el sentido que le guste Bukele. Porque habrá comprendido la génesis, evolución y conformación del gobierno civil y también los fundamentos del gobierno representativo. Estará usted preparado para ser un buen ciudadano y también un buen demócrata.

De Locke habrá aprendido en su Tratado sobre el Gobierno civil, que hay circunstancias en las que los hombres no se guían por las normas de la ley común de la razón, y no tienen más reglas que la fuerza y la violencia. Cuando surgen y prosperan criaturas peligrosas y dañinas que destruyen a todo aquél que cae en su poder hay que combatirlas. La sociedad parte o se encamina al estado de guerra y al uso de la fuerza, y sólo cuando la fuerza deja de ejercerse, cesa el estado de guerra entre quienes viven en sociedad y entonces los sujetos están preparados para el justo arbitrio de la ley.

De John Stuart Mill puede haber aprendido que, si un cuerpo de policía consigue promover el orden, es decir, logra reprimir el crimen y hacer que cada uno se sienta seguro en lo que se refiere a su persona y sus propiedades ¿qué otro estado de cosas puede ser más favorable al progreso? Bukele, a los ojos de Stuart Mill sería pues, un progresista. Y no puede ser más hermoso cuando en sus obra Consideraciones sobre el Gobierno representativo señala que:

"Liberar un individuo de las preocupaciones y ansiedades propias de un estado de protección imperfecto, deja que sus facultades queden libres para emplearse en nuevas empresas dirigidas a la mejora de su propia situación y de los demás; y esta causa, al vincularlo a la existencia social y hacer que ya no mire a sus prójimos como enemigos actuales o potenciales, fomenta esos sentimientos de amistad y camaradería para con los otros y de interés de bienestar general de la comunidad".

El fenómeno Bukele sirve consecuentemente para avivar el debate entre la filosofía, la teoría del Estado y la historia, también la reflexión sobre el gobierno virtuoso, incluso en un sentido borgiano, aquello de la voluntad y el destino. Hace comprender que se puede consolidar la singularidad por medio incluso de la extravagancia, que a los ojos del observador internacional pueden parecer brutalidad, pero que adaptada al espacio temporal no lo es tanto.

No olvidemos que en un mundo como el actual, donde rige la consigna, la estúpida obediencia, el gregarismo y el narcisismo desmedido, apariciones como las de Bukele producen una auténtica conmoción. Por aquello de advertir que el emperador anda desnudo y señalar también las verdades del barquero, atrevimientos ya revolucionarios.

No olvidemos tampoco que, en verdad, puede que Bukele no guste a algunos porque puede llamar la atención de los electores allende las fronteras de este pequeño país y las personas empiecen a pensar y razonar, libre y conscientemente, para acabar comprendiendo que sus problemas actuales y futuros, las incertidumbres y desafíos de su integridad y bienestar de sus familias, igual resulta que no pasan por las opciones que de ordinario se nos ofrecen. Por ser erráticas en sus análisis y quehaceres, pero aún más, por sus resultados.

Como tantas otras veces, en Hispanoamérica, y cada vez más en otros lugares del mundo, giros como el que representa Bukele puede terminar bien o mal, incluso suponer un simple paréntesis. Los motivos y razones son, como siempre, variados y complejos. Pero por lo pronto, el salvadoreño medio hoy puede hacer su vida y ocuparse de sus preocupaciones más inmediatas, que ya no son evitar la muerte a la vuelta de la esquina. Cualquiera que conozca aquellas tierras mínimamente sin estar alienado, creo que será consciente de la situación y entenderá la opción Bukele, pensando al mismo tiempo no pocos lugares de Venezuela, Colombia, Honduras, lo sucedido en Michoacán en México o la situación en Cochabamba, en Bolivia.

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