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Carmelo Jordá

Algo se ha roto en Israel: un país en trauma que se adentra en un futuro indescifrable

Un recorrido por Israel nos muestra cómo el país está afrontando la situación creada por el gran atentado de Hamás del 7 de octubre.

Un recorrido por Israel nos muestra cómo el país está afrontando la situación creada por el gran atentado de Hamás del 7 de octubre.
Un israelí pasea por el homenaje espontáneo a los fallecidos en el lugar del trágico festival Nova. | C.Jordá

Aunque desde la tranquilidad con la que vivimos nuestra vida los europeos pueda parecernos increíble, los habitantes de muchas zonas de Israel –especialmente del sur y del norte que tenían que sufrir los ataques con cohetes casi constantes de Hamás y Hezbolá, respectivamente– se habían hecho a vivir con la amenaza constante de los proyectiles lanzados desde el otro lado de las fronteras.

Me lo contaban esta misma semana dos residentes de sendos kibutz junto a la Franja de Gaza que en diferentes encuentros usaban casi las mismas palabras para referirse a esos bombardeos: "No pasaba nada, era lo normal, estábamos acostumbrados". Uno de ellos, el periodista de Haaretz Amir Tibon incluso se permitía bromear al respecto: "Mi línea roja era la ducha, si estaba en la ducha no iba a la habitación-refugio".

Y de alguna forma, el propio Israel se había aclimatado a ese nivel de conflicto que, al fin y al cabo, es bajo para una zona del mundo en la que las cosas nunca fueron fáciles: desde la Segunda Guerra del Líbano en 2006 el país no había pasado ninguna confrontación bélica del máximo nivel y desde la construcción de la valla –muro en algunos tramos– que separa Cisjordania del territorio israelí y el final de la Segunda Intifada tampoco había tantos atentados y no eran tan sangrientos. Como se dice hoy en día: ni tan mal, al menos para Oriente Medio.

Por supuesto, todo cambió el 7 de octubre con el gigantesco atentado de Hamás, que ha dejado una herida de profundidad abisal en la sociedad israelí. Es la primera sensación que transmite el país –que he visitado durante esta semana en un viaje organizado por la asociación EIPA– casi desde el propio aeropuerto Ben Gurión, lleno de fotos de los secuestrados en ese fatídico día que todavía, casi seis meses después, no han sido liberados por Hamás.

"Traedlos a casa"

"El 7 de octubre fue el día en el que más judíos han muerto violentamente desde el Holocausto". Es una frase terrible que escucho a varios interlocutores durante mi viaje. Y lo peor es que es rigurosamente cierta. También es el día más sangriento de la historia de Israel, un país que en sólo 76 años ha tenido que atravesar una decena de guerras, amén de otros conflictos de distinto nivel y naturaleza.

Sin embargo, hasta el duelo por todas esas muertes parece interrumpido por la situación de los rehenes que fueron secuestrados por Hamás y por la desesperada necesidad de los más de 130 que siguen en manos de los terroristas vuelvan a sus hogares sanos, algo que en muchos casos ya se sabe que no será del todo así, y al menos salvos.

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Entrada de la sede del Forum de Familias de Rehenes y Desaparecidos, en Tel Aviv | C.Jordá

Israel es en este momento un mar de dudas e incertidumbres en el que todo está puesto en cuestión excepto dos cosas: esa urgencia por el retorno, esa angustia opresiva por una situación que las propias familias de las víctimas no acaban de comprender y el país no acaba de asimilar; y la certeza de que hay que llevar la guerra a su fin y acabar con Hamás o, como mínimo, con su poder y su capacidad para volver a asestar, como ya han prometido, otro golpe similar al 7 de octubre.

Por desgracia estos dos objetivos si bien quizá no sean incompatibles sí parecen ser un tanto contradictorios: por el momento las operaciones del ejército israelí en la Franja sólo han logrado liberar a tres rehenes y parece que la única forma de hacerlo va a ser a través de otro acuerdo de alto al fuego que implicará frenar la ofensiva militar un tiempo y la liberación de centenares de presos palestinos, prácticamente todos acusados de terrorismo y muchos condenados por delitos de sangre, incluidos asesinatos.

Pero al fin y al cabo, Israel siempre fue un país lleno de contradicciones que se han ido resolviendo o sobrellevando, así que no perdamos la esperanza de que vuelva a ocurrir algo parecido.

¿Qué deparará el futuro?

Y ahí terminan las certezas, si es que a lo anterior lo podemos llamar certezas. Nadie sabe qué pasará con la Franja después de la guerra, si Israel se quedará allí como potencia ocupante, un papel al que renunció hace ya casi 19 años; si de alguna forma se entregará a la Autoridad Nacional Palestina, algo que no convence nada a muchos miembros del Gobierno; si se pondrá en marcha una solución contando con algunos personajes muy concretos de la propia Gaza: funcionarios, alcaldes que no sean de Hamás…; o si acabará convertida en un gigantesco Mogadiscio dominado por señores de la guerra, como el que se reflejaba en ese espectacular ejercicio de cine que es el Black Hawk derribado de Ridley Scott, tal y como comentaba –con mención a la película incluida– el analista Michael Milshtein, director del Fórum de Estudios Palestinos en el Centro Moshe Dayan para estudios de Oriente Medio y África.

Otra duda vital para la que por ahora no hay respuesta: ¿habrá guerra con Hezbolá en la frontera norte? Y si la hay: ¿será una guerra total o es posible que un conflicto que no haga arder todo el Líbano sirva para empujar a los terroristas más allá del río Litani?

Sobre lo primero, las opiniones están divididas, con toda probabilidad, incluso en el Gobierno de Netanyahu: su ministro Amihai Chikly se mostraba convencido de que era necesaria y se llevaría a cabo, aunque no me contestó sobre si esa era la opinión de todo el Ejecutivo. Por el contrario, un experto como el General de Brigada –ya retirado– Eran Ortal pensaba que antes de esa guerra el ejército israelí debía someterse a un proceso de modernización estratégica que le tomaría un par de años.

Respecto a lo segundo había menos opiniones encontradas: Ortal veía prácticamente imposible que la guerra no hiciese arder todo el Líbano, mientras que el máximo responsable del Consejo Regional Mateh Asher, Moshe Davidovich, aseguraba que sí, que se podía empujar a Hezbolá un poco más allá de la frontera en la que viven sus 25.000 ciudadanos, ahora refugiados dentro de su propio país.

Esa franja de tierra libanesa hasta el Litani, de sólo unos pocos kilómetros, es sin embargo vital: fue la línea acordada tras la Segunda Guerra del Líbano y supondría el espacio de seguridad que los israelíes necesitan para que vuelvan a sus hogares unos 70.000 desplazados que en este momento han tenido que abandonarlos por los ataques desde el otro lado de la frontera.

Unos refugiados que son otro elemento de incertidumbre más: en una situación sin precedentes más de 200.000 israelíes –a los de la frontera norte hay que añadir los que residían en el entorno de Gaza– viven fuera de sus hogares desde los días posteriores al atentado, sin saber cuándo podrán volver o si llegarán a hacerlo algún día. La mayoría han perdido sus trabajos ya que sus empresas están cerradas, al menos por ahora, y viven gracias, sobre todo, a la solidaridad de sus compatriotas.

¿Y cómo será la política?

El último elemento de incertidumbre es la política. Para muchos israelíes el 7 de octubre ha sido también un shock ideológico: buena parte de lo que pensaban sobre los palestinos, su país o incluso ellos mismos se derrumbó por completo.

En principio esto podría llevar a profundizar en un camino por el que el país ya había transitado en las últimas décadas, en las que ha pasado de ser una sociedad mayoritariamente de izquierdas a una bastante más de derechas, pero al mismo tiempo son la derecha y uno de sus líderes históricos –Netanyahu es ya el primer ministro de la historia de Israel que más tiempo ha estado en el cargo– los que estaban en el poder cuando se produjo el atentado, que todo el mundo asume como uno de los mayores, si no el mayor, errores de inteligencia y preparación militar de la historia de Israel.

Un fracaso de tal magnitud que antes o después va a tener consecuencias internas, y todo hace pensar que no serán pequeñas: "Después del 73 –la guerra del Yom Kippur que empezó con un error similar de la casi siempre infalible inteligencia israelí– todos los líderes de Israel se fueron a casa, desde el primer ministro hasta los generales. Ahora pasará lo mismo, aunque no sé cuándo", aseguraba Zohar Palti, que fue jefe del comité político-militar del Ministerio de Defensa y del directorio de inteligencia del Mossad.

Y mientras tanto, el siempre extraordinariamente vital Israel me ha parecido durante estos días mucho más apagado; y diría que la playa de Tel Aviv tenía, tanto por la mañana como por la noche, bastante menos gente corriendo, paseando o jugando en arena; y las calles de la ciudad no estaban tan bulliciosas. Todo parecía triste, no sólo los kibutz vacíos cerca de Gaza o el lugar en el que se celebró el Festival Nova, convertido en un espontáneo pero sobrecogedor lugar de homenaje.

Mi viaje, del que espero poder contarles bastantes más cosas en los próximos días, me ha llevado a lugares especialmente marcados por la tragedia y he hablado con alguno de los que más la han sufrido y la están sufriendo, pero es obvio que todo el país atraviesa un trauma, como por otra parte es lógico.

Tras unos días recorriéndolo y hablando con sus habitantes creo que algo se ha roto en Israel y en este momento los propios israelíes no están seguros de poder repararlo. Espero que logren hacerlo: de ello depende la supervivencia de ese maravilloso milagro que es el único país de mayoría judía del mundo y la única democracia plena de la región.

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