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Carmelo Jordá

El ministro Puente no tiene quién le escriba

Lo grave es la ley del embudo que las dictaduras siempre aplican: para el poder la parte ancha y para todos los demás la estrecha.

Lo grave es la ley del embudo que las dictaduras siempre aplican: para el poder la parte ancha y para todos los demás la estrecha.
Óscar Puente. | EUROPA PRESS

No creo que pueda decirse que a Óscar Puente le vaya mal en la vida. Sí, ya sé que muchos no querríamos hacer lo que hace él, pero aún así: es famoso, ministro, ha sido alcalde de una ciudad importante, ha disfrutado vacaciones en yate, coches de alta gama y, más allá de eso, supongo que entre unas cosas y otras tiene un buen pasar, como dicen en mi pueblo.

Pero, ay, a pesar de todo eso, de su evidente éxito personal, de su fama y de la atracción que despiertan los hombres poderosos, el ministro Puente, ay, no tiene quién le escriba.

O al menos no tiene quién le escriba lo que a él le gustaría: palabras de amor, sencillas y tiernas, mensajes de cariño que rompieran el cristal de su cuarto, cartas que le dijesen cosas bonitas, vaya. Sin embargo, en lugar de eso, los cabrones de los periodistas no le escribimos más que columnas políticas y encima criticándole, sin darnos cuenta de la naturaleza hipersensible del sujeto de nuestras invectivas y con toda la mala intención porque, si le pinchamos ¿acaso no sangra?

Es tanta la delicadeza de su piel ministerial que ha tenido que poner a gente de su equipo –sí, son de su equipo aunque les paguemos el sueldo usted y yo– a recopilar las ofensas que se le acumulan en los periódicos, supongo que para poder contárselas todas al psicólogo de guardia. Y algunas son tan graves como "mentiroso", "bocachancla", "agresivo", "chabacano", "iracundo", "sin educación", "arrogante y vacilón", "sectario", "zafio" o que "se cachondea de sus rivales".

Sí, el resumen que el propio Puente ha hecho público como si descubriese la fórmula de la Coca Cola incluye palabras más duras, es cierto, pero no me dirán que no tiene guasa que el tío monte todo un dispositivo ministerial para denunciar que le llaman zafio a él, como si fuera el arbiter elegantiarum de la política española y las palabras más fuertes que hubiesen salido jamás de sus labios fuesen cáspita y recórcholis.

Todo esto me ha hecho recordar a Lucía Figar, una persona mil veces más valiosa que Óscar Puente, a la que tuvieron años imputada y le arruinaron la carrera política porque decían que tenía un equipo trabajando en su imagen y no en la de la Consejería de Educación de la que era titular. En cambio aquí, el señor, es un decir, Puente, ha admitido en la radio que tiene varios empleados públicos trabajando en las cositas que le dicen en los periódicos y se ha quedado tan pancho.

Aun así, les diría que lo grave no es la solo presunta pero ya confesada malversación del dinero público, sino el profundo totalitarismo que se desprende de un tipo que se cree con derecho a decirles a los demás lo que le viene en gana, que no suele ser bonito, pero aspira a ser tratado como una frágil doncella, delicada como blanca paloma en medio de una bandada de cuervos. Dicho de otro modo, la ley del embudo que las dictaduras siempre aplican: para el poder la parte ancha y para todos los demás la estrecha.

Ese es de verdad el ofendididto Óscar Puente, algo mucho peor que un zafio y un necio: un dictadorcito de tres al cuarto de esos que piensan que para ellos todo y para los demás, nada, ni el derecho a cantarle las cuarenta.

Por cierto, desde aquí mis más insinceras disculpas a la brigada buscainsultos del Ministerio de Transportes: os habéis tenido que leer la columna prácticamente entera para encontrar material, pero qué le vamos a hacer, nadie os dijo que no sería un trabajo duro.

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