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Federico Jiménez Losantos

Sánchez acabará bailando con la momia de Franco, como el loco de la Semana Trágica

A este Doctor Muerte de la democracia española ya sólo le falta sacar del cementerio a la momia de Franco y bailar con ella bajo el balcón de Ayuso.

A este Doctor Muerte de la democracia española ya sólo le falta sacar del cementerio a la momia de Franco y bailar con ella bajo el balcón de Ayuso.
Europa Press

En 1909, entre el 26 de julio y el 2 de agosto, tuvo lugar en Barcelona un violentísimo alzamiento que, utilizando como argumento la protesta contra el embarque de tropas a África, se convirtió en excusa para derribar al gobierno conservador de Antonio Maura, cuyo ministro del Interior De la Cierva tuvo que reprimir el levantamiento armado. Casi cien muertos y más de quinientos heridos fue el saldo de aquella semana que puede considerarse el preludio de todos los alzamientos contra los diversos gobiernos conservadores por parte de las izquierdas.

El fusilamiento de Ferrer Guardia y la eterna leyenda negra

De hecho, el Bloque de Izquierdas, encabezado por el Partido Liberal y al que se sumó el PSOE, logró derribar al Gobierno Maura capitalizando la protesta internacional, promovida por la masonería y los socialistas en L´Humanité, el periódico de Jaurés, luego diario oficial comunista de la represión de aquel levantamiento armado, en particular el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Era éste un pedagogo anarquista cuyo discípulo en la "Escuela Moderna" Mateo Morral intentó asesinar a Alfonso XIII el día de su boda, tirando una bomba a su paso y provocando una matanza en la Calle Mayor. Ferrer pudo pagar en 1907 lo que no se le pudo cobrar antes.

La campaña de Anatole France, Heinrich Mann (luego cómplice de Moscú) y los Maeterlinck, en defensa de Ferrer ocultaba o justificaba la violencia de los revolucionarios y desenterraba todos los estereotipos de la Leyenda Negra contra España y el catolicismo, así al gobierno legal y constitucional de Maura le llama "inquisitorial". Y provocó la furibunda reacción de Azorín y Unamuno, contra la ignorancia de los "intelos" sobre España y la naturaleza del "tontiloco criminal" de Ferrer, según Unamuno.

Aquello derivó en guerra de egos con Ortega y es aprovechado hoy por los publicistas de izquierda para subrayar la "racionalidad" europea y la eterna "irracionalidad" española. Pero el problema de fondo es otro: el de la violencia revolucionaria comunista y su represión o su justificación. Ayer, Ferrer, hoy los crímenes de la ETA, tan elogiada por Hebe de Bonafini. Ni cambia el terrorismo totalitario ni cambia la propaganda para dignificarlo.

Serrat hace de loco bailando con la momia

Pero la imagen de la Semana Trágica que quedó grabada en la retina de los catalanes de entonces, y, tras la película La ciutat cremada (Antoni Ribas, 1976) de los españoles en la Transición, fue la del loco Ramón Clemente García, uno de los cinco fusilados tras la represión militar y el juicio posterior, que se paseaba por Barcelona bailando con el esqueleto de una monja, arrancado de su tumba junto a otros muchos de los cementerios de los conventos asaltados por los revolucionarios. Y el papel del loco que bailaba con la momia lo representaba orgullosamente Joan Manuel Serrat.

Yo asistí al estreno de la película, presentada por todo lo alto como la primera solamente en catalán desde la guerra civil, y no recuerdo una sola protesta por el sórdido papel de Serrat, que no debería haber sido cosa de risa, como lo fue. La sistemática quema de conventos y la profanación de tumbas de monjas en la Semana Trágica fue sólo la primera de las que se perpetraron desde el comienzo de la II República hasta el final de la guerra. Obedecían a la leyenda del anticlericalismo republicano de los radicales de Lerroux, compartido con los comunistas bakuninianos o anarquistas, según la cual monjas y curas tenían una intensa vida sexual y había muchos niños enterrados con las religiosas. Por eso sacaban sus esqueletos a la puerta de las iglesias para demostrar no se sabía qué, salvo el odio al cristianismo. Treinta años después, en Cataluña, aún más que en el resto de España, se violaba, torturaba y asesinaba a monjas, curas y demás culpables del atroz delito de ir a misa, de ser "missaires". Ocho mil en sólo 15 días, en 1936.

De aquella guerra y de aquellas atrocidades, algunas tan antiguas como culpar a los frailes de envenenar las aguas de Madrid o a los niños con caramelos, nos curamos con la Constitución de 1978. O eso creíamos. El infame Zapatero resucitó el espíritu de la guerra civil con la Ley de Memoria Histórica, que tragaron felices los partidos de oposición, entonces PP y Ciudadanos. La última versión de lo que, ya en aquella Ley totalitaria que pretendía legislar sobre algo tan individual como la memoria y sobre algo tan discutible como los acontecimientos históricos, hemos pasado a la Ley de Memoria Democrática redactada por el partido de la ETA, que borra de la democracia los años de 1977 a 1983, un año después de la llegada de Felipe González al Poder. Pero, como la de Memoria Histórica de Zetapé, es sólo un instrumento para legitimar todos los atropellos del presente en nombre de un continuo resarcimiento de agravios de un pasado imaginario.

El héroe de Cuelgamuros se equivoca de bando

Así, para ocultar los negocios de Begoña, que son los suyos, Sánchez se presentó en el Valle de los Caídos recién aterrizado de su viaje arábigo, en el que se inclinó untuoso ante el príncipe Ibn Salman, al que se achaca el secuestro, tortura, asesinato y descuartizamiento del periodista Kasshoggi, perpetró la habitual propaganda antisemita y anunció el reconocimiento de ese Estado Palestino que nunca han querido reconocer los países árabes. No iba a compensar con un rosario su viaje al Islam, que significa Sumisión, sino a disfrazarse de forense del CSI, junto a una progre del gremio que, como todos, lleva dos meses sin aparecer por allí, porque las obras están legalmente paralizadas; y a fingir piedad ante cráneos y huesos de los que lucharon "por la libertad y la democracia", que en realidad eran de soldados de Franco muertos en el frente o de civiles fusilados por el Frente Popular.

Nuria Richart, buena conocedora de la Basílica y de los frailes, es la que descubrió la prueba más palpable de la retorcida estupidez y la maldad trufada de necedad que impregna toda esta escenografía "antifascista", que no es sino el intento de legitimar con los muertos de ayer los robos de hoy. Las prisas para el fúnebre montaje llevaron a la abracadabrante situación de Sánchez decir ante los huesos de los caídos franquistas que "cayeron por la libertad y la democracia". Por la libertad, seguramente luchaban más los nacionales, pero por la democracia no luchaba ninguno de los dos bandos. Que el mayor embustero de la historia política española se haya retratado homenajeando sin querer a las víctimas de su bando es una joya estética.

Hagámonos a la idea: Sánchez no se irá por las buenas

No nos cansaremos de recordar esta imagen: para tapar el bego.trink, cuyos datos son cada vez peores, Falconetti se fue a la guerra y se equivocó de bando. La inmoralidad se cruzó con la ignorancia y la maldad con la traición. Y todavía hay idiotas que creen que Sánchez se puede ir por las buenas del Poder, por pillarlo saqueando el Presupuesto en beneficio del trinque familiar. A este sólo se lo lleva la Guardia Civil, como a su amigo Rubiales, aunque a este no sabemos todavía si para detenerlo, o, Marlaska mediante, para guardarlo de las garras de los jueces, siempre imprevisibles. A este Doctor Muerte de la democracia española ya sólo le falta sacar del cementerio a la momia de Franco y bailar con ella bajo el balcón de Ayuso.

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