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Cristina Losada

El independentismo que baja hoy, subirá mañana

Sin la voluntad de partidos y dirigentes, los procesos no echan a andar y el ciclo de crecimiento del independentismo tampoco.

Sin la voluntad de partidos y dirigentes, los procesos no echan a andar y el ciclo de crecimiento del independentismo tampoco.
El candidato del PNV a lehendakari, Imanol Pradales, participa en un mitin en Barakaldo este martes. | EFE/Luis Tejido

Una de las alegrías injustificadas que se extraen de los sondeos la produce el dato de que el independentismo está a la baja, y que lo está en sus dos feudos principales, que son Cataluña y el País Vasco. Como en ambas hay elecciones convocadas, la alegría es aún mayor por el hecho de que las campañas no giran obsesivamente sobre el insensato asunto, como sí hicieron otras de las que mejor no acordarse. Lamentablemente, este optimismo pueden sentirlo sólo los que ven únicamente de cerca. Si uno limita su visión a lo más inmediato, puede pensar que los flujos del independentismo obedecen a demandas preexistentes que recogen las encuestas. Puede creer que si no hay una mayoría de ciudadanos a favor del separatismo, los partidos separatistas no van a poner en marcha procesos separatistas. Pero si tiene en cuenta experiencias recientes, verá que se equivoca. En Cataluña no había una gran demanda ciudadana en pro de la independencia hasta que los partidos nacionalistas se pusieron a abonarla.

El independentismo crece cuando se lo hace crecer y disminuye cuando, ya crecido y amenazante, dispuesto a conseguir su propósito último, se estrella contra algún obstáculo que no logra derribar. Al independentismo lo hacen crecer los procesos independentistas. Por eso, en Cataluña en 2010, las encuestas decían que había poca gente favorable a la opción de la independencia y en 2015, mostraban que había mucha gente a favor de la independencia. Cinco años dando la turra con la sentencia del TC, el derecho a decidir, el referéndum, los agravios históricos, el secular maltrato y lo de "España nos roba", produjeron el cambio de opinión. Luego, cuando el independentismo llegó a su máximo, los líderes dieron el golpe y la cosa no salió (de milagro), pasó lo que suele pasar: desilusión, ¡pobres ilusos!, abatimiento, desmovilización y reducción de la demanda independentista.

La idea de que el sentimiento independentista nace solo, como una emanación natural, es una idea nacionalista y es un mito. El miembro raso del movimiento independentista creerá que los protagonistas absolutos de la movida son él y otros como él, y que de sus deseos insaciables de independencia nace todo lo que hacen sus partidos y dirigentes políticos. Pero la realidad es que las dinámicas de este tipo van de arriba abajo mucho más que de abajo arriba. Sin la voluntad de partidos y dirigentes, los procesos no echan a andar y el ciclo de crecimiento del independentismo tampoco. Y a la inversa: si los partidos empiezan a tocar la marcha independentista, la muchedumbre irá detrás. Lo pueden hacer en cualquier momento, a conveniencia. Y quién dice que el País Vasco, con un parlamento copado por PNV y Bildu, no va a ser la primera estación de otro ciclo de subida. En la agenda figura la consecución de un nuevo estatus político. Sánchez firmó con el PNV el reconocimiento como nación. Hay alegrías claramente predestinadas a no durar.

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