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Juan Cermeño

Matar a tu hijo y convertirlo en estrella de Netflix

La codicia llega a unos límites tales que la muerte se convierte en un negocio más.

Tan sencillo de escribir como imposible de vivir. Un día despiertas y él ya no está. Te ha tocado la china del sorteo de fatalidades. Un alma plagada de dobleces se lo ha llevado por delante, y tu vida con él. Tu hijo está muerto. Y como la existencia se convierte en algo absurdo, lo que sigue al crimen y a la muerte no es más que la rutina. Suena ridículo, pero esa rutina es la única que te devolverá lo poco que te queda por vivir. Lo que está parado muere. Y por eso echas a andar, conviviendo con heridas que no cerrarán nunca. Te mueves y, poco a poco, pasas de respirar a existir, de existir a habitar y de habitar, con matices, a vivir.

Pero un buen día, cuando te has acostumbrado a tu nueva vida y hecho las paces con el destino, escuchas algo diferente en esas conversaciones de cafetería y paradas de autobús. Hablan de un crimen macabro: la desaparición de un pequeño y la agonía de unos padres que mantenían la esperanza de encontrarlo; la unión de todo un pueblo y un país en su búsqueda y el retorcido giro final de los acontecimientos, más novelesco que real, donde se descubre que la desaparición ha sido un asesinato a sangre fría y que el asesino se escondía entre los familiares, guardando el más riguroso de los lutos. Cada jueves por la noche, un nuevo capítulo del negro culebrón. Es la serie documental de moda, el último bombazo de Netflix, el enésimo negocio de la muerte. Pero a ti nadie tiene que contarte esa película porque la realidad supera a la ficción: es la historia delasesinato de tu hijo.

Esta semana, Patricia Ramírez, la madre de Gabriel Cruz, el niño asesinado por la entonces pareja de su padre, Ana Julia Quezada, concedía varias entrevistas y subía vídeos a las redes denunciando estas artes legales de baja moralidad. Y es que hay terrenos que las leyes jamás conquistarán porque no se puede legislar el corazón de los hombres. Denunciaba que han rechazado todo tipo de ofertas que les han hecho y manifestado que no quieren participar de documentales ni series con la muerte de su hijo, pero, aun así, "desgraciadamente, en este momento están existiendo irregularidades y personas que se están intentando lucrar de su muerte, dañando no solo su memoria después de habernos arrancado su vida, sino obviando nuestro dolor". La codicia llega a unos límites tales que la muerte se convierte en un negocio más. Uno comulga con la funeraria porque la muerte, mal que nos pese, es papeleo y burocracia, pero lo que no imaginaba es que los crímenes de cuerpos calientes y memorias vivas se convertirían en productos manufacturados a gran escala como las hamburguesas del Burger King.

La muerte siempre tuvo ese morbo del que cruza hacia lo desconocido –tanto el asesinado como el asesino–, pero últimamente tiene una deriva pornográfica. Cuando los guiris empezaron a tirarse desde los balcones mediterráneos el asunto era trágico; ahora es una competición para ver cuándo se inaugura la temporada o si se bate el récord de muertos del verano pasado. Se hacen superproducciones de los crímenes que sucedieron ayer y mientras unos consumimos palomitas frente a la pantalla, a otros les consume lo poco que les queda de vida. La muerte es un tabú espiritual porque queremos ser eternamente jóvenes, pero nunca fue tan manoseada en lo terrenal. La Parca también tiene sus negocios.

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