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Pedro de Tena

La ausencia de una estrategia es el problema de la España constitucional

Sabemos lo que nos pasa, sabemos quiénes son los enemigos y no tendremos perdón de Dios si no nos ponemos a elaborar y activar la estrategia que conduzca a la España de la reconciliación democrática.

Sabemos lo que nos pasa, sabemos quiénes son los enemigos y no tendremos perdón de Dios si no nos ponemos a elaborar y activar la estrategia que conduzca a la España de la reconciliación democrática.
Europa Press

Cuando escribo están en marcha las elecciones autonómicas en Cataluña, que ya veremos qué sector del soberanismo nacionalista se impone. Ya sabemos que el constitucionalismo español está fuera del juego a pesar de que en 2017, Ciudadanos, uno de los partidos emergentes de ese frente vital, ganó las elecciones, dejando claro que había otra Cataluña, silenciada, humillada, torturada y despreciada con la que habría que contar.

Mientras el PSC, el cementerio de la federación socialista catalana del PSOE, pugnaba por ser más catalanista que Pujol y el PP, cuya plática en catalán en la intimidad, dejaba claro que consideraba a la burguesía catalanista parte de un cuerpo nacional y siempre posible aliada en un futuro incierto, la pequeña burguesía nacionalista se hizo independentista y el PSC, de la mano de Zapatero, contribuyó, sacrificando las raíces y los valores de su electorado, al ataque a la España constitucional.

Florentino Portero, historiador y sesudo analista de las Relaciones Internacionales, compartía cátedra con Emilio Lamo de Espinosa en la Universidad en Internet, dentro del seminario Pensar el siglo XXI, pensar el presente, para analizar el actual conflicto de Gaza. Su explicación luminosa e imponente de ese avispero aparentemente ininteligible, fue acompañada de una sugerencia intelectual. En un momento, Portero recalcó que Irán, con sus cachorros de Hamás y Hezbolá, Rusia y China tenían una estrategia: saben donde van y qué quieren.

Pero no ocurre tal cosa en lo que llamamos Occidente, donde los Estados Unidos de Obama querían largarse del peligro, los de Trump fomentaban los acuerdos de Abraham para que Israel y los países árabes sunníes se dotaran de potencia de guerra contra Irán y sus comandos y los de Biden se van pero no se sabe si vienen o qué. De Europa poco cabe hablar porque no sabe dónde está ni se le espera. Si alguien no sabe qué es y qué representa, ¿merece sobrevivir?

Y, sí, señor, ese es el problema, el de Occidente y, parte de él y no cualquiera, el de España y el de su casta dirigente, que sí , que es una casta vinculada al Estado y al dinero que de él mana hacia los partidos, y vinculada a diferentes grupos de presión cuyo dinero apenas aparece pero que existe. Mientras hay una estrategia perfectamente visible en las izquierdas para demoler la Transición y sus valores de reconciliación (cristianos y demócratas), que ni siquiera ellas saben a qué abismos conduce, no hay una estrategia detectable en los que se dicen partidarios de la Constitución y del proceso de convivencia que inauguró hace casi medio siglo.

El principal de los problemas perceptivos de los demócratas españoles que aún quedan es que admiten ingenuamente que no estamos en guerra. ¿Cómo era aquello de que la guerra era la continuación de la política por otros medios o era al revés, que la política continúa la guerra de otra manera? Tanto da. Muchos creyeron que la Transición democrática era tan perfecta y tan admirable que a partir de ese momento se podría convivir en paz durante un tiempo indeterminado. Un delirio romántico.

Los demócratas españoles, esto es, el conjunto mayoritario de ciudadanos que preferimos un régimen de libertades, con sus defectos y oportunidades, a cualquier régimen tiránico, nunca hemos tenido una estrategia definida para hacer lo que se debe con el fin de defender el modo de vida elegido. El inmenso sacrificio civil de la Guerra de 1936-39 y los años sometidos a la Dictadura inevitable, parecían haber desembocado en un bien nacional: una democracia normal y aceptada, ¿por todos?

Lo que no vieron o no quisimos ver es que aquel majestuoso edificio legal y moral empezó a ser dinamitado desde su mismo comienzo. Ahí está el tema de los fueros, ahí está el ardid nacionalista disfrazándose de autonomista o ahí está el afán socialista de destruir la independencia judicial o la educación libre y crítica. Y ahí estuvo el terrorismo ante el cual nunca hubo una unidad política que compensara el heroísmo de los asesinados, secuestrados o exiliados de su tierra. No habían pasado ni diez años.

Muchos creen que España está perdida, que la nación ha muerto, que la Constitución es un sueño fatal, que la convivencia ha dejado paso a la coexistencia forzada e incluso a la delincuencia política organizada. Y es cierto que estamos en un momento decisivo. Pero hasta ahora los demócratas españoles no habíamos sentido la energía de ser lo que somos y no habíamos sufrido de cerca la amenaza del regreso de la tiranía.

Aunque no lo parezca, Pedro Sánchez, con su invocación a un muro, nos ha permitido ver que sí, que lo hay, que es un muro que separa a los demócratas de los que no lo son y que la España democrática está siendo derrotada por ausencia de una estrategia. Ahora sabemos que estamos en guerra –híbrida si se quiere, pero guerra—, y que toda guerra exige una estrategia. Estamos de enhorabuena. Sabemos lo que nos pasa, sabemos quiénes son los enemigos y no tendremos perdón de Dios, ni de las futuras generaciones, si no nos ponemos a elaborar y activar la estrategia que conduzca a que la España de la reconciliación democrática, que tanto costó, se imponga al oscuro plan totalitario de acabar con ella.

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